En lo que va de año ya son 439 las personas en Cataluña que han denunciado situaciones de acoso en sus empresas, seis veces más que hace dos años. Inspección de Trabajo sólo ha podido actuar en 44 de los 439 casos y la mayoría de situaciones acaba con la salida del trabajador de la compañía.


Las denuncias por acoso laboral se han disparado un 60% en lo que llevamos de año, según datos de la Inspección de Trabajo de Cataluña. La entidad registró el año pasado 275 casos de empleados que consideraban que se había vulnerado su derecho a la intimidad y a la dignidad. En lo que va del año, los denunciantes ya ascienden a 439, seis veces más que hace dos años.

La crisis económica ha enrarecido el ambiente en muchos centros de trabajo, afirman sindicatos y asociaciones. La tensión creciente ante un posible despido sacó lo peor de algunos y empujó a otros a aguantar y callar. Pero desde 2013, la cifra de empleados que se quitan la mordaza crece. Como Ernesto Tejeda, un repartidor de un franquiciado de una multinacional de paquetería que ha denunciado a la empresa por intentar “asfixiarlo” quitándole faena para que renuncie.

Tejeda conduce su furgoneta de lunes a viernes hasta su centro de trabajo y se queda sentado fuera de 9.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00, horas en las que debería comenzar y acabar su jornada laboral. Lo hace desde el pasado mes de abril, cuando reclamó que le pagaran lo que le debían y que dejaran de reducirle los pedidos, ya que gana de acuerdo a cuántos reparta. Asegura que desde entonces, sus compañeros tienen prohibido hablarle y en la compañía no le abren la puerta ni para dejarle usar el lavabo. Él exige a sus empleadores que le despidan para “poder respirar”. Ellos, que dimita.

El presidente de la Asociación de Víctimas de Acoso Laboral de Cataluña (Avalc), Joaquim Vilar, afirma que la situación más común de quienes tocan su puerta es aquella en la que se busca la renuncia del trabajador. “El acosador siempre tiene un fin: la baja o someter a alguien. Y con la crisis, hay muchos casos que a veces no constituyen acoso tal y como lo entiende la jurisdicción, que es injusta. Pero sí, situaciones de hostigamiento”, asegura.

Menos reparto

Tejeda trabajó cinco años en negro para l empresa recién llegado de Cuba porque no tenía permiso de trabajo. Cuando por fin regularizó su situación, le realizaron un contrato, “aunque me hicieron firmar una baja voluntaria sin fecha que no sé por qué no han usado”. Pero continuó cobrando en b la mayor parte del sueldo. Hasta que empezaron a reducirle los pedidos. “Pasé de ganar 3.000 euros a 859. Me han cortado la luz y el agua varias veces y quieren desahuciarme junto a mi mujer y mi hija de cuatro años”, lamenta. A esto se suman una denuncia al dueño del franquiciado por agredirle y otra por robo en su furgoneta, que al día siguiente de una discusión apareció con las lunas rotas, sin GPS y con un ramo de flores al lado de la puerta.

La secretaria de Salud Laboral del sindicato CC OO, Loly Fernández, considera que el aumento de las denuncias ante Trabajo se debe en parte a que el repunte del empleo de los últimos dos años ha hecho que la gente comience a perder el miedo al despido. “Durante la crisis muchos trabajadores ni siquiera pedían la baja cuando estaban enfermos. Si no se atrevían a esto, menos aún a protestar ante un acoso”, asegura Loly Fernández, de CC OO.

Eva Gajardo, de UGT, apunta como motivo para el repunte de las denuncias por acoso a “la mayor sensibilización” sobre el problema. Ambas sindicalistas coinciden en una cosa: la gente suele denunciar cuando ya está fuera de la empresa o cuando la situación ya es insostenible.

La mayoría de situaciones de acoso acaba con la salida del trabajador de la empresa. Conseguir pruebas es muy difícil y testigos, más. De las 439 denuncias recibidas por los inspectores este año, solo se ha podido actuar en 44.

Zara tiene 23 años y prefiere no revelar su verdadero nombre por miedo a las amenazas que todavía recibe. Trabajó para los dueños de un restaurante de tapas durante más de un año, soportando el acoso sexual del director. “Al principio eran insinuaciones, miradas y comentarios obscenos que nos hacía a todas”, recuerda. Luego pasó a peticiones explícitas y tocamientos. “Decía que yo no era nadie y que tenía que agradecerle por ascenderme a encargada”, afirma.

Cuando su superior por fin hizo caso a sus quejas, la alejó del acosador, pero la colocó en un ambiente en el que los nuevos compañeros la insultaban y maltrataban. Un mes después, la despidieron y solo le pagaron después de las protestas que organizó CGT para denunciar su caso.

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