Los elementos para decidir situar la sede de una empresa en el centro de las ciudades o en su periferia han cambiado en los últimos tiempos. Si hace medio siglo la tendencia era dejar la ciudad y llevar a la organización hasta entornos más tranquilos y económicos, actualmente hay empresas que regresan para volver a conectar con las clases creativas urbanas, con sus valores y con su creatividad. The Economist analiza las ventajas e inconvenientes de un fenómeno circunscrito, por ahora, a ciudades como San Francisco, Chicago o Boston.

 

Hace cincuenta años las compañías americanas empezaron a trasladar sus sedes lejos del centro de la ciudad hacia la periferia. Algunos criticaron ese éxodo como una ‘huída blanca’, en la medida que muchos otros negocios seguían a los empleados lejos de unas ciudades que se hacían cada vez más peligrosas. Las propias empresas lo atribuyeron a un tema de responsabilidad corporativa. Ofrecían oficinas en barrios seguros y cerca de buenas escuelas. Un académico, Louise Mozingo, de la University of California, Berkeley, lo denomina ‘capitalismo pastoral’. Sea cual fuere la razón, se creó así un nuevo tipo de sede corporativa: ya no se trataba de una torre de oficinas en el corazón de una metrópolis, sino de unas instalaciones arboladas en medio de la nada.

Ahora, sin embargo, un número creciente de compañías se están mudando de vuelta a la ciudad. El ejemplo más notorio es el de General Electric, que se fue de la ciudad de Nueva York en 1974 para irse a unas instalaciones de más de 27 hectáreas  en Fairfield (Connecticut), y ahora se está trasladando desde esa bucólica ubicación para situarse en una serie almacenes en el frente marítimo de Boston. Y existen muchísimos más ejemplos. El centro de Chicago ha atraído a un impresionante número de sedes empresariales, tanto de la periferia de la ciudad como de mucho más lejos, entre las que están McDonald’s, Kraft Heinz, Motorola Solutions, Boeing, y Archer Daniels Midland, un gigante del sector agroalimentario. Zappos, un distribuidor minorista online, se ha trasladado de un parque de oficinas de las afueras de Las Vegas hasta el centro histórico de la ciudad. Biogen se trasladó de Cambridge, Massachusetts, a la periferia de Boston en 2011, para acabar volviendo solamente un año más tarde. Muchas compañías tecnológicas ya nacieron en la ciudad y no podrían estar en ningún otro lugar. Twitter y Salesforce están en el centro de San Francisco y Jeff Bezos está construyendo una gran sede para Amazon en el centro de Seattle.

Los adeptos a la ciudad están encantados. “Esto es mejor que albergar las Olimpiadas,” afirma Shirley Leung, una columnista del Boston Globe, al hablar del traslado de GE. Los ejecutivos hablan como como si fueran estudiantes universitarios tras haber leído por primera vez The Rise of Creative Class (“La clase creativa: La transformación de la cultura, del trabajo y del ocio en el siglo XXI”) de Richard Florida, un intelectual urbanófilo. Jeff Immelt, Director Ejecutivo de GE, declara que “queremos ser el centro de un ecosistema que comparta nuestras aspiraciones,” y remarca que Boston atrae “una fuerza de trabajo diversa y tecnológicamente desenvuelta.” Ann Klee, que está ayudando a supervisar el traslado de GE a Boston, explica que la nueva sede no tendrá un aparcamiento para coches, para de ese modo animar a los empleados a usar el transporte público. Prescindirán de accesos de seguridad y quieren que el público pueda entrar. Greg Brown, el CEO de Motorola Solutions, recomienda el centro de Chicago por su “energía, vitalidad y diversidad.”

¿Es el nuevo urbanismo tan bueno como parece? Es fácil encontrar tendencias divergentes, dado el tamaño y la diversidad de EEUU: muchos CEOs siguen viendo un futuro en las periferias del Sur y Suroeste del país. ExxonMobil está construyendo una sede para 10.000 personas a las afueras de Houston. Toyota está trasladando su sede norteamericana de Torrance, California, a los suburbios de Dallas. También entran en juego las ventajas fiscales: durante las décadas pasadas, las zonas periféricas se han vuelto complacientes a nivel de impuestos y los centros se han hecho más gravosos. El afecto que sentía GE por su viejo hogar en Connecticut se debilitó sin duda en 2015 tras la decisión del gobierno estatal de subir los impuestos a las empresas en 750 millones de dólares. Boston, en cambio, ofrecía unos 145 millones de dólares en incentivos fiscales a las empresas para asegurar el trato.

Aun así, algo está cambiando claramente en las ciudades más antiguas de EEUU. Tienen unos índices de criminalidad mucho menores que antes, gracias a una combinación de mejores políticas y de cambio demográfico. La tasa de homicidios bajó un 16% entre 2000 y 2010 en las grandes ciudades. Ahora dichos centros urbanos son imanes para unos jóvenes universitarios millennials con pocas responsabilidades. Los profesionales jóvenes están reconquistando antiguas áreas que antes se evitaban y desplazando el problema del deterioro urbano hacia las periferias. Contratar a este tipo de personas en Boston, piensan en GE, ayudará a cambiar su foco del hardware al software y de vender cosas a ofrecer servicios por Internet.

De todos modos, las nuevas filiales del centro son muy diferentes de las antiguas, y no solamente porque sean diáfanas y estén a la moda. Son mucho más pequeñas. A menudo, las empresas trasladan a la ciudad a sus altos directivos junto con unos pocos centenares de trabajadores digitales. Volver al centro de Chicago ha implicado muchas veces hacerse más pequeño: el cuartel general de Motorola Solutions se encogió de 2.900 a 1.100 empleados, y Archer Daniels Midland de 4.400 a 70. Muchas compañías están deconstruyendo sus sedes y esparciendo sus distintas unidades y funciones por distintos lugares del territorio, dejando a la mayoría de mandos intermedios en los edificios antiguos, o trasladándolos a sitios más baratos en los estados del Sur. Aaron Renn del Manhattan Institute, un think-tank, es de la opinión que las sedes centrales se están dividiendo entre dos clases: las sedes enormes y anticuadas de la zona Sur y Suroeste del país, y las ‘sedes ejecutivas’ de nuevo estilo con la alta dirección y empleados de perfil digital en ciudades de élite como San Francisco, Chicago y Boston.

Todo esto sugiere que no se volverá a la prosperidad urbana de amplia base de la Edad de Oro en los EEUU. San Francisco podría ser el modelo para el futuro. Su centro está dividido entre jóvenes acomodados que frecuentan cafeterías veganas y vagabundos que fuman crack y orinan en las calles. La gente de San Francisco de toda la vida está molesta por la manera en que los profesionales urbanos han hecho subir el precio de las propiedades. A su vez, esos trabajadores jóvenes pueden acabar desencantándose con el centro de la ciudad cuando tengan hijos y empiecen a preocuparse por la calidad de las escuelas y por la seguridad en las calles.

Hacia la cima de la pirámide

El mejor libro para entender los patrones de la migración corporativa americana no es el del señor Florida, sino un estudio más reciente llamado The Big Sort (“La gran clasificación”) de Bill Bishop. En dicha obra defiende que los norteamericanos cada vez se agrupan más en áreas diferentes según sus trabajos y valores sociales. La revolución de las sedes corporativas es, de hecho, otro ejemplo más del proceso de clasificación que describe el libro, dado que las compañías sitúan a los empleos de élite en las ciudades y a los trabajos rutinarios en las provincias. La disgregación corporativa supone, sin duda, un uso prudente de los recursos. Pero también vendrá a añadirse a las tensiones que dividen al país, en la medida que muchos jefes eligen trabajar en mundos muy diferentes de los de la gran mayoría de estadounidenses, y en eso se incluyen sus propios empleados.

 

* “Leaving for the city”. The Economist, 03/09/2016 (Artículo consultado online el 29/09/2016).

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/news/business/21706285-lots-prominent-american-companies-are-moving-downtown-leaving-city

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