China es actualmente la segunda potencia económica mundial y sus tasas de crecimiento durante las dos últimas décadas han sido espectaculares. Pero, ¿está preparada para dejar de ser vista como el taller de explotación laboral mundial y ocupar también los primeros puestos de la carrera hacia la innovación y la tecnología? The Economist señala que los niveles de productividad del gigante asiático son inferiores a la media y que para progresar necesita una mejor comprensión de los entresijos de la gestión empresarial.

 

Los líderes empresariales chinos se reunirán el 26 de junio en Tianjin, una ciudad industrial sin demasiado encanto cerca de Beijing, para una conferencia anual, su “Davos de verano”. Este encuentro para mandamases, organizada por el Foro Económico Mundial, contará con debates interminables sobre la cuarta revolución industrial, paneles de expertos sobre el Internet de las cosas y sesiones informativas sobre otros temas tecnológicos que ocupan las mentes de los líderes empresariales de todo el mundo. Los líderes chinos lo acogerán con entusiasmo. El país quiere alejarse de su posicionamiento como taller de explotación laboral mundial para convertirse en centro neurálgico de la creatividad y de la innovación. La prioridad actual de los líderes corporativos, recorriendo a la cantinela de moda, debe ser la adopción de la innovación y de tecnologías pioneras. En realidad, una apuesta mucho más segura para los chinos sería conocer mejor los entresijos de la gestión empresarial.

China necesita pasar de usar la fuerza física al cerebro, pero las empresas chinas no se van a convertir en Google o en Apple de la noche a la mañana. La mayoría de ellas, especialmente las controladas por el Estado, seguirán arrastrándose lentamente en industrias poco atractivas, tales como el acero o el cemento, durante algún tiempo todavía. Para este séquito de empresas el problema principal no es la falta de pensamiento en el futuro o de una innovación transformadora, sino en cómo ser mejores en lo que hacen.

Muchas están luchando simplemente para salir adelante, según un informe publicado el 23 de junio por el think-tank McKinsey Global Institute (MGI). Se calcula que más de las cuatro quintas partes de los “beneficios económicos” (los que tienen en cuenta el coste del capital) generados en China provienen de una sola industria: el sector financiero. Y no son resultado de la brillantez de los banqueros chinos, sino más bien de los bancos estatales que tienen garantizadas ganancias por el sistema regulatorio chino. Del mismo modo, casi la mitad de las 20 industrias más importantes del país registran pérdidas.

Todo ello parece apuntar al secreto mejor guardado de las corporaciones chinas. Fuera del país, sus empresas a menudo son retratadas como poderosas compañías preparadas para conquistar el mundo. Las mejores empresas de China son, de hecho, imbatibles (piensa en Huawei, el gigante de las telecomunicaciones, o en Haier, un innovador Goliat de los electrodomésticos). Los fabricantes orientados a la exportación (casi todos ellos privados) han crecido exponencialmente. Principalmente gracias a los esfuerzos de dichas compañías, la productividad en China aumentó considerablemente entre 1990 y 2010, superando a muchos otros países.

Pero esta tasa de crecimiento no debería distraernos de los niveles absolutos de productividad, que son todavía muy bajos. Contemplando una gran variedad de industrias, en el sector servicios o industrial, la productividad laboral china todavía es sólo el 15-30% de la media de la OCDE, a pesar de las dos décadas de mejora antes mencionadas. Esto no es sólo porque la economía padece de un sesgo hacía la industria pesada y está dominada por farragosas empresas de propiedad estatal que invierten en exceso y rinden poco. La productividad se queda estrepitosamente atrás en firmas de todos los sectores económicos.

Los expertos del MGI analizaron el desempeño financiero de 10.000 empresas chinas y estadounidenses establecidas en el país. Encontraron que tres cuartas partes de la diferencia de beneficios entre los dos grupos se explica por el desempeño de determinadas empresas chinas, no meramente por la mezcla de negocios en la economía china. Si esas empresas locales pudieran mejorar el rendimiento lo suficiente como para que coincidiera con la media de retorno sobre el capital de las compañías norteamericanas, ello impulsaría el retorno del capital global invertido en China del 7,4% al 10,2%.

¿Cómo podría eso suceder? Hay algunas cosas que sólo puede hacer el Gobierno. Dejar que las peores empresas quebraran sería la reforma más potente de todas. Por el momento, ninguna gran empresa, pública o privada, puede quebrar en China. Las subvenciones oficiales, los préstamos baratos y los inevitables rescates por parte de las autoridades locales, preocupadas por el empleo y la agitación social, aseguran su supervivencia. Otro modo de aumentar la productividad sería facilitar la competencia en la mayor parte de la economía (energía, telecomunicaciones, banca, aerolíneas) dirigida actualmente por el oligopolio del Estado.

Sin embargo, más que esperar a reformas liberales que nunca llegarán, los directivos en China deben llevar a cabo sus propios esfuerzos en productividad. El país cuenta con algunas fábricas extraordinariamente eficientes dirigidas por contratistas como Foxconn en Taiwan y la norteamericana Flex (antes Flextronics). Pero tiene un número mucho mayor de empresas con bajo rendimiento. Faltan por desarrollar técnicas de gestión mundialmente probadas como el Six Sigma, un planteamiento de orientación hacia los datos, o la producción lean – que elimine el despilfarro-. Es hora de tomárselas en serio.

La tecnología no necesita estar en la vanguardia para ayudar a los líderes corporativos a hacer mejor las cosas básicas. Una mayor automatización aumentaría la productividad. Aunque China es el mayor comprador mundial de robots industriales, todavía tiene solo 36 por cada 10.000 trabajadores del sector industrial, la mitad que la media mundial y menos de una décima parte que la media de Corea del Sur. La tecnología digital es otro camino hacia la productividad. Por ejemplo, la industria de la logística en China es un caos fragmentado, sobreregulado y plagado de corrupción. Las plataformas digitales que coordinan horarios, almacenaje y entregas podrían impulsar los esfuerzos de las 700.000 firmas chinas en este sector.

Los consejos de administración también pueden jugar un papel importante, realineando los incentivos de los directivos para recompensarles por la productividad a largo plazo. Actualmente, la mayoría de las empresas paga a sus ejecutivos un salario y un bono que vienen determinados por el desempeño a corto plazo. Un estudio de las empresas que cotizan en las bolsas de valores de China, realizado por la consultora BCG, no encontró correlación alguna entre la remuneración de los ejecutivos y el desempeño de dichas compañías.

Ser normal

Finalmente, lo más importante que los managers chinos necesitan cambiar es su perspectiva. Tras un largo período de crecimientos anuales de dos dígitos, muchas empresas todavía siguen un rumbo expansionista. Pero con una economía que ahora está frenando, los jefes deben alejarse de la estrategia del crecimiento a cualquier precio y dirigirse hacia un enfoque que enfatice cosas aburridas como, por ejemplo: recortes en los costes, reestructuración y eficiencias operacionales. Como afirma Jonathan Woetzel del MGI, las empresas en China deben llevar a cabo un trabajo menos lucido y más cotidiano. Este tipo de discurso quizá no impresione en Davos, pero las ganancias resultantes en productividad es mucho más probable que provoquen la próxima revolución industrial en China antes que las grandes frases que se puedan oír en Tianjin.


* “Sleepy giant”. The Economist, 25/06/2016 (Artículo consultado on line el 30/06/2016).

 Acceso a la noticia: http://www.economist.com/news/business/21701151-china-inc-needs-better-management-become-more-productive-sleepy-giant

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