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Smart. Internet(s): la investigaciónEl sociólogo francés y autor prolífico Frédéric Martel nos presenta una exhaustiva investigación sobre los usos de Internet en más de cincuenta países diferentes. Después de Cultura Mainstream y Global Gay, ahora se propone mostrarnos una visión de Internet alejada de los tópicos y las teorías apocalípticas. Su apuesta es clara: Internet no nos hace a todos más iguales, sino que permite a cada país reafirmarse en su cultura y sus particularidades.

 

La expansión de Internet en todo el mundo ha conducido a muchos países a llevar a cabo diversas formas de control. La hegemonía digital de los Estados Unidos, la libre circulación de contenidos y la expansión de valores más allá de las fronteras, revelan un miedo compartido por muchos países: el miedo a la homogeneización. El fenómeno del Gangnam Style que cerca de mil millones de personas han visto por YouTube, las descargas masivas del último vídeo de Lady Gaga o activistas y hackers como Julian Assange y Bradley Manning, han hecho evidente que lo que circula por la Red nos puede afectar a todos y a todas. Aun así, según Fréderic Martel, sociólogo y autor de Smart, dichos fenómenos son superficiales y cuantitativamente limitados. La tesis de Smart nos dice que a pesar de su imagen global uniforme, Internet es diferente en todas partes.

En este libro Martel nos expone una investigación cualitativa sobre la transición digital a escala internacional. Un ensayo que pone fin a la trilogía que empezó con Cultura Mainstream (2010) y que siguió con Global Gay (2013). Se trata de un viaje por una cincuentena de países para sumergirse en las realidades digitales de cada uno de ellos. Un camino exhaustivo para decirnos que no tenemos que tener miedo, Internet no homogeneíza, sino que sus usos diferentes enfatizan todavía más las particularidades locales.

Martel nos pone como ejemplo el caso paradigmático de China. Un país que para tener el control de Internet ha prohibido y plagiado todas las redes sociales masivas como por ejemplo Facebook, Twitter, Youtube, Amazon, etc., y ha creado unas propias. La contradicción más grande se encuentra en el hecho de que a pesar de que existen disidentes, la gran mayoría de los chinos no se rebelan contra esa censura. La conclusión controvertida de Martel es que si no hay resistencia es porque la mayoría de chinos ya tiene bastante con el Internet local.

Otro ejemplo claro y cercano de la territorialización de Internet es Facebook. Martel nos hace ver que a pesar de que es posible conectar con cualquier usuario de la red social, es extraño tener contactos extranjeros y, si es así, en la mayoría de los casos se debe a algún vínculo fuera de la Red. Al mismo tiempo, las conversaciones, los grupos, las páginas y los idiomas que se usan son diferentes en cada país. Facebook es un buen ejemplo de lo que es Internet por la mayoría de personas: a pesar de que tiene un alcance global, se hace un uso localizado y territorial.

Martel se muestra optimista ante la posibilidad de que Internet construya sociedades mejores. En ese sentido nos pone algunos ejemplos de cómo se ha convertido en una herramienta emancipadora en algunos países. Es el caso del gueto de Kibera (Nairobi), que gracias a Internet y a la participación masiva de sus habitantes ha conseguido tener una presencia geográfica en la web Kibera Map (ya que en Google Maps no aparecen).

El autor defiende que Internet no es un fenómeno neutro pero que, simplemente, no es ni bueno ni malo. En este punto sin embargo surge una contradicción. Algunos de los ejemplos que nos pone el autor, sobre todo en países pobres como por ejemplo Kenia o la India, nos hacen plantear si la emoción por la llegada de Internet alrededor del mundo puede haber llevado a un olvido de las condiciones de pobreza y desigualdad propias de cada país. ¿No podría ser que la fantasía de Internet estuviera debilitando luchas por unas condiciones más dignas? El autor no se detiene mucho sobre esta cuestión.

Aún así, Martel acierta de lleno al darnos la receta de las smart cities. Tal y como él mismo escribe: "Ser smart es ser digital y estar territorializado". Lo primero que hay que hacer para crear un Silicon Valley local es no querer copiar el modelo californiano, sino que hay que tener en cuenta todas las variantes concretas del país en cuestión para crear un proyecto coherente y cercano a sus habitantes. Al mismo tiempo es importante que dentro de lo posible esté impulsado por ellos mismos, por sus propias ideas. La clave se encuentra en la geolocalización.

Con Smart, Frédéric Martel pone punto y final a su trilogía sobre la globalización en la cual nos explica que los países en "fuerte crecimiento" no sólo emergen con su economía globalizada y su demografía, sino que también emergen con su cultura (tesis de Cultura Mainstream), sus valores (idea de Global Gay) y con su Internet (tesis de Smart).

A pesar de la densidad de datos y nombres que aparecen, Smart está escrito con un estilo muy narrativo, casi como si se tratara de un diario de viajes. Una mezcla de rigor y buena escritura que hace que conceptos complejos parezcan simples. Además, en la página web del autor se pueden encontrar todos los datos cuantitativos que ha utilizado para Smart y que va actualizando periódicamente a medida que aparecen otros nuevos. Una investigación que no se acaba en el libro, sino que sigue en Internet y donde todo el mundo está invitado a colaborar.

 

Anna Molas Closas
factorhuma.org


ISBN: 978-84-30616-96-1

Libro en castellano.

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