¿Necesitan los directivos su propio juramento hipocrático? The Economist se hace eco de la opinión de dos expertos de Harvard que, ante la crisis, se plantean la influencia que ha tenido la falta de profesionalidad de los líderes empresariales.

¿Necesitan los directivos su propio juramento hipocrático? Ya se ha visto que a los directivos de muchas grandes empresas financieras les hacía bastante falta. Ahora, al ralentizarse toda la economía, el centro de atención se desplazará hacia los líderes de las organizaciones no financieras para ver si ellos están mejor preparados para la tormenta destinada a llegar, más tarde o más temprano.

No será ninguna sorpresa si las galopantes quiebras actuales demuestran que la gestión del riesgo por parte de los directivos fue simplemente inepta y que solamente se preocuparon por maximizar las ganancias a corto plazo (además de sus propios paquetes retributivos), sin pararse un momento a pensar en lo que sucedería cuando los buenos tiempos terminasen.

¿Por qué este fracaso es tan poco sorprendente? En un nuevo artículo de la Harvard Business Review, Rakesh Khurana y Nitin Nohria, profesores en la Harvard Business School, explican que el problema ha sido literalmente la falta de profesionalidad. Comparando la profesión directiva en la empresa con la de médicos o abogados, los autores encabezan su artículo con el título: It’s Time to Make Management a True Profession (“Es hora de hacer del management una verdadera profesión”).

Como destacan, “a diferencia de médicos y abogados, los directivos no necesitan una educación formal y mucho menos una licencia para poder practicar. Tampoco tienen que adherirse a ningún código de conducta universal y aplicable.” Incluso aunque una empresa individual escriba y aplique unos códigos corporativos o una declaración de principios, “no existe ningún conjunto de valores profesionales universalmente aceptados, ni tampoco respaldados por un organismo gubernamental que tuviera el poder para censurar a aquellos líderes que no los cumplieran.”

En toda esta argumentación hay una profunda crítica implícita hacia los MBA, una titulación que los propios Khurana y Nohria imparten y que ostentan muchos de los directivos protagonistas de la crisis actual. Es más, ya empezó a haber rumores sobre el fracaso de los MBA, que todo “lo mejorcito” de Wall Street estudió antes de ascender de categoría en el mundo financiero, después de la quiebra de Enron en 2001 (Jeffrey Skilling, presidente de Enron, había cursado también su MBA en Harvard).

Sin embargo, como los dos autores afirman, el deseo de hacer del management una profesión como Derecho o Medicina, ya era un asunto importante para la Harvard Business School durante las primeras décadas de existencia de esta institución con 100 años de vida. Un comienzo podría ser que la formación en management “adoptara un conocimiento más riguroso y unos estándares competenciales requeridos por otras profesiones verdaderas,” explican. Por ejemplo, la Association to Advance Collegiate Schools of Business (una asociación internacional de escuelas de negocio colegiadas dedicada a la promoción de la formación directiva) “podría idear y gestionar un examen que tendrían que pasar todos los graduados MBA antes de poder ejercer”. A los directivos también se les podría obligar a realizar cursos de reciclaje para retener esa licencia.

Una cuestión básica que surge, reconocen ambos expertos, es cómo conocer la naturaleza esencial de la educación en management –de hecho, el éxito de iconoclastas como Bill Gates podría sugerirnos que una falta de formación reglada fue una ventaja segura para convertirse en un empresario de éxito. La Medicina y el Derecho, en cambio, tienen muy pocos ejemplos de grandes profesionales que hayan triunfado fuera de una formación reglada -a pesar de la popularidad de algunos curanderos o de “héroes legales” como Erin Brockovich. Khurana y Nohria proponen que los puestos de dirección se clasifiquen según la cantidad de formación profesional requerida para desempeñarlos, permitiendo de ese modo que el mercado haga evidente el valor de dicha formación. De todos modos sigue resultando difícil imaginarse que pase de moda el tradicional emprendedor educado en la “universidad de la vida”.

Quizás más importante que un estándar en formación sea lograr un acuerdo general sobre los elementos que constituyen un estándar profesional de comportamiento. Para este fin, los dos profesores proponen una versión directiva del Juramento Hipocrático que todos los líderes deberían realizar. “Estos códigos crean y sostienen un sentimiento de comunidad y de obligación mutua que los miembros tienen los unos hacia los otros y hacia la profesión,” afirman.

El ‘Juramento Directivo’ que proponen incluye asuntos como el egoísmo (“Prometo que las consideraciones de beneficio personal nunca reemplazarán a los intereses de la empresa que me ha sido encomendada dirigir”) o la transparencia (“Juro presentar los resultados de mi compañía de manera rigurosa y transparente a todas las partes interesadas”).

Estos ejemplos carecen de la claridad simple del “Primero, no hacer daño” del juramento médico, en gran parte porque es excesivamente difícil juzgar si un directivo está haciendo bien un trabajo hasta que ha pasado un tiempo desde su realización, e incluso entonces. Los dos profesores esperan que los directivos prometan “servir al interés público aumentando el valor que su empresa crea para la sociedad.” Pero este es otro estándar difícil de juzgar; los demás directivos y el público en general tienden a centrar la evaluación del resultado en lo que pueden ver más fácilmente: los beneficios.

En los negocios, el beneficio puede subir durante años incluso aunque un líder esté gestionando actividades que no maximizan el valor a largo plazo de la compañía ni son de ayuda para la sociedad. Con la excepción de personajes tipo Hugh Laurie, el brillante pero misántropo doctor House, ir contra las normas de la profesión no suele ser el camino del éxito en carreras como la médica.

Pero, a medida que público y políticos echan cada vez más la culpa a las empresas por los problemas de la economía, vemos que esta llamada a la profesionalidad no podría haber llegado en mejor momento. Si son sabios, los actuales líderes empresariales y sus formadores, se darán cuenta de que va en su propio interés ponerse como objetivo prioritario la profesionalización y, de ese modo, comenzar a recuperar la confianza de la sociedad.

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/business/displaystory.cfm?story_id=12371968

Acceso a la Association to Advance Collegiate Schools of Business: http://www.aacsb.edu

* “First, do no harm”. The Economist, 07/10/2008. (Artículo consultado on line: 08/10/2008)

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