En la competitiva economía digital de hoy, el desafío de innovar se vuelve casi obligatorio. Los cambios tecnológicos y empresariales prácticamente obligan a las organizaciones a innovar, pero además lo hacen cada vez más bajo un nuevo paradigma: la transparencia.

Vivimos una actualidad cambiante en la que todas las compañías –sin importar su tamaño– se esfuerzan por adaptarse continuamente. Para muchos líderes de negocios, esto significa asegurarse que su empresa esté siempre equipada con la mejor tecnología y con los recursos humanos capacitados para manejarla.

Aunque nadie negaría que lo anterior es fundamental, la clave de la innovación corporativa descansa más en cuestiones de actitud y estrategia. Poder “tomar la fotografía correcta” del paisaje corporativo que nos rodea es, sin duda, el primer paso para innovar, pues nadie puede pretender transformar su negocio sin conocer acabadamente su punto de partida. Esa “fotografía” no sólo incluye conocer nuestro mercado y a nuestros competidores, sino también detectar a tiempo las cambiantes pautas de los consumidores.

Ahora bien, si todos estamos de acuerdo en la necesidad y el valor de la innovación, la pregunta es ¿cómo hacerlo? En principio, identificando su obstáculo fundamental: la complacencia. El experimentado consultor Kevin McFarthing escribía hace poco sobre este pecado capital que suelen cometer las empresas consolidadas.

Al margen de mencionar el emblemático caso de Kodak, McFarthing sostiene que no hay nada peor que una empresa que se vuelve “prisionera de su pasado”. Por eso, dice el autor, cobra sentido aquel viejo refrán según el cuál cuando se trata de negocios “sólo los paranoicos sobreviven”. En la práctica, esto puede traducirse en dos actitudes fundamentales. La primera es evitar la tentación de creer que nuestro mercado será “eterno”. En segundo lugar, monitorear de cerca la evolución de nuestros competidores, tanto los reales como los potenciales.


Innovación y transparencia

Ahora bien, ¿qué significa exactamente “innovar” en esta era de transformaciones vertiginosas? ¿Qué esquemas de negocios facilitan la conformación –y mantenimiento– de organizaciones flexibles y propensas al cambio? La respuesta puede englobarse en la palabra “transparencia” y podemos describirla brevemente en los siguientes puntos:

- Visibilidad digital: tal como apuntábamos un par de semanas atrás, la gestión de una presencia exitosa nos obliga a tener “menos secretos” con los consumidores.

- Relación con los clientes: en el “hiperconectado” siglo XXI la comunicación con los clientes –reales y potenciales- se establece bajo nuevos parámetros.

- En la nube: la computación en nube facilita la adopción de esquemas de trabajo flexibles. Al no tener limitaciones territoriales, se pueden armar equipos basados en el talento y no en otros factores.

- Aprendizaje continuo: el valor del conocimiento en la era digital no está puesto en discusión. Por eso, la motivación a los recursos humanos de cualquier compañía del siglo XXI no puede descuidarse. Para innovar, necesitamos sujetos entusiastas.

Si la capacidad de innovación siempre fue un mérito valioso para las empresas, hoy se ha tornado prácticamente imprescindible. Una mirada rápida al ranking de las compañías más innovadoras en 2011 según la revista Fast Company lo confirma de modo contundente: 8 de las 10 empresas que encabezan la lista ni siquiera existían hace más de diez años.

Lejos de amedrentar a los líderes de negocios, este dato puede leerse como un termómetro perfecto de la economía digital y de las habilidades que necesitamos para hacernos un lugar en ella.

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