Walter Laqueur, asesor del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington: "¿Por qué hemos de estar peor que la generación de nuestros padres? ¿Por qué habríamos de cargar con el fardo de la responsabilidad de las deudas en que ha incurrido una generación anterior? Las sociedades occidentales se basaban en un contrato social no escrito entre jóvenes y mayores. Acecha el peligro de que este contrato llegue a su fin."

El paro entre los jóvenes, sobre todo entre los varones, ha constituido un problema político y económico durante largo tiempo. No obstante, se ha abordado con mayor intensidad si cabe en el último año y ha constituido el tema principal de innumerables conferencias y de un extenso informe de la Organización Internacional del Trabajo. El paro juvenil ha sido siempre más elevado, pero en periodos recientes ha aumentado a más del doble del nivel del paro en general. Uno de cada cinco jóvenes europeos busca trabajo y una proporción mayor sólo encuentra trabajos de corta duración o a tiempo parcial.

La situación puede ser incluso peor de lo que indican las estadísticas, pues millones de jóvenes pueden haber sido marginados del mercado de trabajo al no encontrar ningún puesto de trabajo y haber dejado de buscar uno. Aunque en ciertos países europeos, como Alemania y Austria, el índice de paro es aún bajo (menos del 5%), en otros países, especialmente en el sur y este de Europa como en España, Grecia y Eslovaquia, el paro supera el 20% e incluso alcanza el 50%. Hace una década, el paro juvenil en Estados Unidos no llegaba al 5% y era inferior al de Europa; en la actualidad, cada segundo un estudiante universitario puede estar buscando un empleo para cuando obtenga su licenciatura.

Hasta cierto punto, cabe explicar sin dificultad el empeoramiento de la situación: la tendencia dio comienzo con la aparición de la crisis económica en el 2008, que equivale a decir con el aumento del paro en general. Ahora bien, ciertos aspectos de esta tragedia revisten un matiz paradójico. ¿Cómo es que coinciden un terrible aumento del paro juvenil y una caída del índice de natalidad en toda Europa? Como es bien sabido, todos los países de Europa experimentan un proceso de envejecimiento y, al mismo tiempo, cada vez hay menos jóvenes que puedan llevar sobre sus hombros la carga de financiar las pensiones de jubilación, los costes de la sanidad y cuestiones similares. Hace una generación, cuatro jóvenes (entendiendo los comprendidos entre 16 y 25 años) habían de atender tal coste; en breve la proporción será de dos a uno.

¿Y cómo explicar que incluso en una época de paro juvenil a gran escala en Europa continúe fluyendo la entrada de jóvenes procedentes de África y Oriente Medio a suelo europeo? Aunque el paro juvenil en Oriente Medio es aún mayor que en Europa y buena parte de estos inmigrantes –legales e ilegales– están dispuestos a trabajar en empleos que no quieren para sí los licenciados europeos, subsiste un enigma de no fácil respuesta. Incluso en Asia, en los países de desarrollo económico más rápido, la proporción de paro juvenil duplica o triplica la cifra global.

Ciertos expertos han razonado que los nuevos sectores laborales como los relacionados con la informática, por ejemplo, sólo proporcionan trabajo a unos pocos. Otros echan las culpas a la globalización, queriendo dar a entender con ello que se genera nuevo empleo en países en vías de desarrollo donde los salarios son bajos, pero no en Europa ni en Estados Unidos. Y añaden que, en su opinión, demasiados jóvenes estudian durante demasiados años. Sin embargo, a esta razón puede deberse, precisamente, que no encuentren trabajo. En general, los años de formación propician mejores oportunidades de encontrar trabajo que la ausencia de formación.

Desgraciadamente, todos los expertos coinciden en un punto: en que la situación no mejorará durante los próximos tres o cuatro años. Y nadie sabe qué sucederá a partir de entonces.

¿Qué cabe hacer para evitar esta tragedia? Naturalmente, la situación mejorará cuando mejore la economía. Sin embargo, no se espera una mejoría a corto plazo y aun en tal caso puede precisarse la adopción de medidas especiales para abordar la situación concreta de los jóvenes. Algunos advierten que sería menester emplear un esfuerzo mucho mayor en la formación de los jóvenes con especial atención al empleo en el mundo real en lugar de limitarse a la formación de carácter general y otros creen que debería desregularse el mercado en el sector de la población joven. Sin embargo, otros analistas aducen el ejemplo de España, donde la desregulación no tuvo efectos positivos cuando empeoró la situación económica general.

El debate prosigue, pero no queda mucho tiempo para encontrar soluciones. La historia europea del siglo XX conoce de sobra lo que pasa cuando las jóvenes generaciones pierden la esperanza... Si las cosas no han ido por el buen camino en el mundo árabe y en el norte de África –y las perspectivas sobre la primavera árabe, al fin y al cabo, no son tan buenas como cabía esperar–, se debe en buena medida a la existencia de tantos jóvenes en paro que no vislumbran solución a su propio futuro. El fascismo de los años treinta en Europa fue un movimiento de los jóvenes y cabe añadir que resulta improbable que Hitler hubiera accedido al poder de no haber sido por la existencia de seis millones de parados en Alemania en 1932.

Hasta ahora, la reacción política de la generación joven en Europa ha discurrido por cauces moderados. Los verdes (ecologistas) han prosperado sobre todo en países menos aquejados de paro juvenil y que tienen otras preocupaciones. En cualquier caso, los verdes fueron un fenómeno de las últimas décadas del siglo pasado; ahora envejecen y en muchos casos han entrado a formar parte del establishment político. Al Partido Pirata le interesan más las cuestiones relacionadas con los derechos de su denominación que las que guardan relación con el paro y, por lo demás, sólo les ha ido bien en países relativamente prósperos como Suecia y Alemania.

No les han gustado los partidos políticos existentes y tal sentimiento adoptará probablemente en el futuro formas más radicales, incluso contra la democracia y en pos de falsos profetas que prometan soluciones mágicas. Nadie sabe si esta reacción política pondrá proa hacia la derecha o hacia la izquierda. Es posible que una lucha entre generaciones sustituya a la lucha de clases.

¿Por qué –estarán preguntándose algunos de ustedes– hemos de estar peor que la generación de nuestros padres? ¿Por qué habríamos de cargar con el fardo de la responsabilidad de las deudas en que ha incurrido una generación anterior? Las sociedades occidentales se basaban en un contrato social no escrito entre jóvenes y mayores. Acecha el peligro de que este contrato llegue a su fin.

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