El retorno de la industria a EEUU es un debate que la crisis económica ha puesto encima de la mesa. Pero competir con los tigres asiáticos es inviable, así que es necesario buscar nuevas fórmulas más competitivas apoyadas en la tecnología, según este artículo de The Economist que forma parte de un amplio especial sobre industria e innovación.

Durante más de 100 años EEUU fue el mayor fabricante del mundo, pero ahora está codo con codo con China. En la década pasada la cantidad de empleos en el sector manufacturero en EEUU cayó cerca de un tercio. El auge del outsourcing y la deslocalización y el aumento de sofisticadas cadenas de producción han permitido a empresas de todo el mundo usar China, India y otros países con salarios más bajos como fábricas. Pero con la crisis global, algunos legisladores occidentales ahora creen que sus países deben volver a fabricar para crear empleo y evitar exportar más capacidad industrial. Esto implica dos cosas: que la industria es importante para un país y su economía, y que estas nuevas formas de producción crearán nuevos empleos.

Está demostrado que la industria es buena para las economías, pero en los últimos años algunos economistas han argumentado que fabricar no tiene nada de especial y que el sector servicios puede ser igual de productivo e innovador. Son las personas y las compañías, y no los países, las que diseñan, fabrican y venden productos, y hay buenos y malos empleos tanto en la industria como en los servicios. Pero en general los trabajadores de la industria ganan más, según un estudio de Susan Helper de la Case Western Reserve University para Brookings Institution, un think-tank de Washington. Las empresas industriales también tienen más probabilidades que otras de introducir productos nuevos e innovadores. La industria sólo supone el 11% del PIB norteamericano, pero es responsable de un 68% de la inversión en investigación y desarrollo. Según Helper, ofrece empleos mejor pagados, generalmente, que los del sector de servicios, es una fuente de innovación, ayuda a reducir los déficits comerciales y genera oportunidades en la creciente economía “limpia”, como el reciclaje y la energía verde. Todas ellas son buenas razones para que un país se lance a la industria.

A pesar del rápido crecimiento de China, EEUU sigue manteniendo un poder de producción formidable. Su producción industrial en dólares ahora es equivalente a la de China, pero lo consigue con sólo un 10% de la mano de obra que se usa en el país asiático, afirma Susan Hockfield, Presidenta del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y Co-presidenta del Advanced Manufacturing Partnership del presidente Obama, una iniciativa conjunta reciente entre empresas y universidades para crear empleo y fomentar la competitividad. El Hammering Man [“El hombre del martillo”, una serie de esculturas de Jonathan Borofsky instaladas en varias ciudades del mundo] recoge la nostalgia de ese empleo industrial que en los países desarrollados ya no existe. Las plantas fabriles ahora están desiertas, mientras que los bloques de oficinas que las rodean están llenos de diseñadores, informáticos, contables, expertos en logística, personal de marketing, profesionales de atención al cliente, cocineros y personal de limpieza, y todos ellos contribuyen de alguna forma a la industria. Y fuera de sus instalaciones muchas más personas tienen un empleo con el que contribuyen a proveerla. La definición de empleo industrial es cada vez menos clara.

Pero los avances de EEUU en productividad generan dudas sobre cuántos empleos industriales, sobre todo de su variedad de oficina, se crearán. Y algunos de los adelantos en la industria que ahora se están llevando a cabo reducirán todavía más la cantidad de personas que se necesitarán. “Es cierto que si miramos el despliegue de tecnologías industriales que están saliendo del MIT, muchas de ellas no precisan personas para funcionar, o precisan muy pocas,” explica Hockfield. “Pero ese no es motivo para no querer este tipo de industria en EEUU, porque los procesos industriales sin empleo suponen crear gran cadena de suministros en los que sí hay muchos empleos y grandes beneficios económicos.”

Las compañías también son optimistas ante una resurrección de la industria. “Estamos ante una potencial revolución en la industria,” dice Michael Idelchik, Responsable de Nuevas Tecnologías en GE Global Research, la rama de I+D de una de las mayores manufactureras del mundo, General Electric. Las ideas que lo harán posible pueden venir desde cualquier parte, y por ello su laboratorio, con sede en Nueva York, también tiene centros en Bangalore, Munich, Rio de Janeiro y Shanghai. Con respecto a los empleos que se pueden crear, Idelchik cree que la gente tiene una visión miope del empleo industrial: “Si te fijas en todas las personas que contribuyen, estamos hablando de mucha ocupación.”

El alma de la máquina
Muchos de los empleos que pervivan en la fábrica requerirán un nivel alto de capacidades, según Smith, el Responsable industrial de Rolls-Royce. “Si la industria es  importante, tenemos que asegurarnos de que se sientan las bases necesarias en el sistema educativo.” Su preocupación se extiende a los proveedores de la empresa, porque muchas compañías en varios países han reducido gastos en la formación durante la crisis económica. Para conseguir a las personas que busca, Rolls-Royce ha abierto una nueva Apprentice Academy [“Academia de Aprendices”] para doblar el número de personas que puede formar cada año, y llegar a 400.

En EEUU las empresas han recortado en formación de forma tan salvaje que “la figura del aprendiz puede haber muerto,” afirma Suzanne Berger, una de las responsables de un nuevo proyecto de investigación del MIT, Production in the Innovation Economy [“Producción en la economía de la innovación”], que está investigando cómo compiten las compañías. Muchas empresas creen que no vale la pena formar a las personas si luego se irán a trabajar a otra parte. Berger y sus colegas opinan que una alternativa prometedora al aprendiz es una colaboración entre las universidades y las empresas locales para desarrollar programas de formación. A veces las compañías donan equipamiento industrial a las universidades.

La digitalización de la industria facilitará la formación. Las empresas no pueden detener equipos industriales que quizás funcionen 24 horas al día para que los aprendices puedan jugar un rato. Pero los ordenadores pueden simular sistemas de producción en un entorno virtual, y también productos. En la Warwick University de Reino Unido, se utiliza una sala con enormes pantallas de alta resolución como cámara de realidad virtual para simular productos en desarrollo, como coches, en tres dimensiones. Un nuevo vehículo se suele dibujar en forma de “prototipo digital” en tres dimensiones mucho antes de que se produzca de verdad. Se puede ver desde fuera y desde dentro, conducirlo con un simulador o colocarlo en una fábrica virtual para determinar cómo fabricarlo. Y el mismo software lo pueden usar otros departamentos de la compañía, como el equipo de publicidad para darlo a conocer al mercado. Las imágenes generadas de prototipos digitales ahora son tan buenas que a menudo se usan para hacer folletos o anuncios televisivos antes de fabricar un nuevo coche, cuenta Grant Rochelle, manager en Autodesk, una empresa de software de Silicon Valley.

Muchas personas que trabajan en fábricas están ofreciendo servicios que son cruciales para la industria. “En el futuro se venderán más productos en base al servicio,” opina Kumar Bhattacharyya, Consejero del Warwick Manufacturing Group en la Warwick University. “Si vendes un coche con una garantía de diez años debes asegurarte de que durará diez años y de que cuentas con los servicios para ello.” A pesar del alto desempleo, algunas empresas industriales dicen que demasiadas pocas personas eligen carreras industriales y de ingeniería, pero las nuevas tecnologías como las impresiones en 3D ayudarán, predice Bhattacharyya. “Si puedes construir algo, la gente se anima para hacerlo también. Y luego van y hasta montan empresas.”

Estar cerca
Una de las incubadoras de más éxito para las nuevas empresas son los clusters industriales, de los que Silicon Valley es el ejemplo más conocido e imitado. Las empresas se unen en clusters por muchas razones: las habilidades disponibles en un área particular, la concentración de servicios especializados y la posibilidad de reunir el capital riesgo de inversores con conocimiento del sector. Normalmente hay universidades y laboratorios de investigación cerca, con lo que el proceso de obtener nuevas ideas y los medios para convertir esas ideas en productos están directamente relacionados. Esta relación ha de volverse aún más íntima con las nuevas tecnologías industriales. “Actualmente tenemos tecnologías que sólo podemos explotar si tenemos capacidad industrial en las proximidades de esas innovaciones,” comenta Berger. No hay que ir muy lejos de su oficina para encontrar ejemplos.

El cluster de biotecnología de Boston consiste en grandes y pequeñas compañías farmacéuticas, atraídas en gran parte por la investigación que se lleva a cabo en los hospitales y universidades de la región. En las ciencias biológicas el desarrollo de capacidades industriales está íntimamente vinculado al del producto, según Phillip Sharp, ganador del Premio Nobel y Cofundador de Biogen Idec, una empresa de biotecnología de Massachusetts con unos ingresos anuales de 5.000 millones de dólares. Lo que actualmente mueve la industria, según Sharp, es la nanotecnología. Su nombre proviene de la palabra con la que se denomina una milmillonésima de metro. Cuando los materiales se miden a nanoescala, a menudo tienen propiedades únicas, algunas de las cuales pueden usarse para fines beneficiosos.

La nanotecnología hace posible producir, a escala diminuta, nuevas sustancias terapéuticas que contienen información en la superficie que puede usarse específicamente en determinadas células del cuerpo. Los fármacos que se obtienen de estas sustancias podrían ser valiosos para tratar enfermedades como el cáncer. Se están produciendo en pequeñas cantidades por el momento, dice Sharp; el reto será escalar estos procesos una vez concluidos los ensayos clínicos. Y esto, añade, dependerá tanto del producto como de la innovación industrial.

Producir fármacos para la mayoría sigue siendo un proceso anticuado de fabricación en serie. Incluye ensamblar ingredientes, a menudo de diferentes países, procesarlos en una planta química para formar un lote de sustancia química, luego convertir esa sustancia en pastillas, líquidos o cremas en otra fábrica, que incluso también puede estar en otro país. Todo esto supone mucho movimiento de bidones y contenedores, y que muchas existencias estén detenidas en algún almacén. Todo ello consume mucho tiempo y dinero.

Pero en un laboratorio en Cambridge (Massachusetts) se está desarrollando otra forma de producir fármacos. Los materiales en bruto se colocan en una máquina llena de tubos, ruedas, correas y electrónica, y al final de la máquina van saliendo pastillas. Este piloto de línea de producción, una empresa conjunta del MIT y la gran farmacéutica suiza Novartis, es pionera en un proceso continuo de producción para la industria del sector. Está produciendo una copia de un fármaco de Novartis, aunque aún no para el uso porque al sistema todavía le quedan de 5 a 10 años para poder ser comercializado. Se basa en una combinación entre química e ingeniería, acelerando algunos procesos y ralentizando otros con tal de que puedan realizarse al mismo tiempo.

Los resultados son muy positivos, según Stephen Sofen, el Director del Proyecto. El número de operaciones que forman parte del proceso de producción del fármaco se ha reducido de 22 a 13; el tiempo del proceso (incluso si se excluyen los tiempos de traslado de los materiales) ha disminuido de 300 horas a 40. Y en lugar de testar cada lote de producción, cada pastilla producida se monitoriza para asegurar que cumple con las especificaciones necesarias.

La fabricación continua podría transformar la industria farmacéutica. “En lugar de una planta gigante pensada para una sola parte del proceso para proveer al mercado global, hay que imaginarse plantas locales más pequeñas,” explica Sofen. Estas fábricas podrían responder mucho más rápido a la demanda local, especialmente si se produjera una pandemia. La línea piloto hecha en Cambridge cabe en un contenedor para barcos, así que puede transportarse a cualquier parte. Puede producir 10 millones de pastillas al año si funciona todo el tiempo. También podría usarse para fabricar dosis customizadas para determinados pacientes. La fabricación continua puede hacer posibles más tratamientos distintos y comercialmente viables.


* “Back to making stuff”. The Economist, 21/04/2012 (Artículo consultado on line el 26/04/2012).

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/node/21552899

Acceso al especial de The Economist, A third industrial revolution: http://www.economist.com/printedition/specialreports?year[value][year]=2012&category=76984

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