Miquel Molina, periodista: "Da igual que los estudiantes de hoy sean los más auditados de la historia de la educación –¿qué pruebas de nivel pasaban los esforzados bachilleres de los 40 o los 50, idealizada imagen del estudiante abnegado y proyecto de hombre de bien?–; el caso es que el suspenso en cultura del trabajo se le supone de entrada."

No hay reivindicación más recurrente que la de la cultura del esfuerzo. El presidente de Mercadona, Juan Roig, volvió a ponerla de actualidad hace unas semanas cuando la asoció a las largas jornadas de trabajo de los bazares chinos. Pero el debate que propició fue anecdótico. Cuando la expresión cobra de verdad todo su sentido crítico es cuando se utiliza para argumentar las carencias de los jóvenes de hoy, ya sea las asociadas a los pobres resultados académicos, a las escandalosas cifras del paro juvenil o a los episodios de violencia urbana. Detrás de cada una de estas calamidades, nos dicen, siempre hay un joven disperso a quien sus tolerantes padres no han sabido inculcar los valores del sufrimiento y el tesón, por no hablar de los profesores contaminados por el progresismo buenista de unos gobiernos de izquierdas que actúan, en el momento de legislar, narcotizados por los efluvios de las flores del 68. Da igual que los estudiantes de hoy sean los más auditados de la historia de la educación –¿qué pruebas de nivel pasaban los esforzados bachilleres de los 40 o los 50, idealizada imagen del estudiante abnegado y proyecto de hombre de bien?–; el caso es que el suspenso en cultura del trabajo se le supone de entrada. Sin remedio.

La idea de que la educación nacida en democracia ha estropeado la actitud de los jóvenes se filtra, subliminalmente, con el objetivo de rehabilitar la disciplina de tiempos pretéritos. Lo que no queda claro, en este contexto, es a quién hay que atribuir la culpa de las carencias educativas de personas públicas que no podemos calificar precisamente como jóvenes. Es decir, a modo de ejemplo: el lamentable hecho de que Mariano Rajoy y sus antecesor hayan llegado al cargo sin saber defenderse en inglés, habiendo desperdiciado en los dos casos los largos años previos de preparativos para el asalto a la Moncloa, ¿cabe atribuirlo a su paso por un sistema educativo obsoleto o también se debe a un déficit de la cultura del esfuerzo derivado del malísimo influjo del buenismo?

La imagen acaso landista de los presidentes españoles chapurreando el inglés en cumbres mundiales donde nos jugamos la vida daría para otro debate. Pero, respecto a los estudiantes actuales, ¿no será que lo que les falla no es la capacidad de esforzarse, sino la de concentrarse, sumidos como están en un mundo multipantalla que parece diseñado –y no precisamente por ellos– para fomentar la dispersión? ¿Son ellos los responsables de un estallido tecnológico que ofrece tantas ventajas como desconcierto?

No, seguramente no. Pero seguirán en el punto de mira. Sobre todo si desoyen el consejo de salir en masa del país en busca de un lugar de trabajo, como hicieron sus abuelos en los sesenta. A nadie parece importarle que estos viajaran a países que, como Alemania, tenían entonces pleno empleo, mientras que sus nietos están condenados a buscarse la vida ahora en la Europa del miniempleo.

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