En EEUU un movimiento optimista busca motivos para creer en un futuro de abundancia y bienestar. Ahí la crisis parece que empieza a remitir, y ha bajado la tasa de desempleo mientras la economía comienza a crecer. Psicólogos y expertos propugnan un optimismo activo que motive a esforzarse.

¿Un mundo donde la democracia avanza imparable? ¿Más pacífico que nunca? ¿Con la pobreza en descenso y la esperanza de vida en aumento?

En tiempos de recesión y malestar, cuando buena parte de los países desarrollados sufren todavía una de las peores crisis de las últimas décadas, los derechos humanos se violan a diario en Siria y otros puntos del planeta y el espectro del terrorismo vuelve a asomarse a Europa occidental, esta visión puede parecer obscena.

En Estados Unidos, sumidos en una guerra de incierto desenlace en Afganistán, más de veinte millones de personas están en paro o subempleadas. También aquí existe la sensación de que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, las generaciones más jóvenes vivirán peor que sus padres. En el país que tiene el optimismo en sus genes, la crisis financiera –y las fracasadas aventuras bélicas de esta década, y la irrupción de China– refuerzan el temor del declive.

Pero algunos, como el semanario británico The Economist, ya hablan de fatiga del apocalipsis. Como decía hace unos meses, en una charla en Washington, John Podhoretz, director de la revista neoconservadora Commentary, ahora somos incapaces de imaginar la salida del túnel, pero lo mismo ocurría hace unos años. En pleno boom, muchos eran incapaces de imaginarse un mundo en el que el crecimiento no fuera irreversible.

Hay signos alentadores en Estados Unidos. El paro baja y la economía crece. Un sondeo de Gallup, publicado en febrero, revelaba que el 44% de los estadounidenses cree que en un año la economía habrá mejorado. Parecen pocos, pero en enero sólo eran un 34% y en diciembre, un 28%.

Estos brotes coinciden en Estados Unidos con la emergencia, en las universidades, los laboratorios de ideas, en Silicon Valley, de una especie de partido del optimismo. Sus militantes reclaman, primero, fijarse en lo que en inglés se denomina el big picture, o la perspectiva amplia: nunca la humanidad había vivido tan bien ni tanto como ahora. Al mismo tiempo, albergan la creencia –a veces casi religiosa– de que nos aguarda un futuro de bienestar y abundancia.

Abundance (Abundancia) es el título de un ensayo que se ha encaramado a las lista de superventas y en el que sus autores –el filántropo Peter Diamandis y el periodista Steven Kotler– argumentan que el desarrollo exponencial de la tecnología puede salvar a la humanidad.

Desde la educación hasta la sanidad, pasando por el acceso al agua potable y a la energía, son problemas solubles con una combinación de filántropos al estilo Bill Gates, técnicas que permiten a individuos innovar por su cuenta como antes sólo lo hacían las grandes compañías o gobierno y el ascenso de los más pobres, “los mil millones de abajo que finalmente se están conectando a la economía global y están destinados a convertirse en los mil millones emergentes”.

“Imaginen un mundo de nueve mil millones de habitantes con agua limpia, comida nutritiva, vivienda accesible, educación personalizada, cuidados médicos de primer nivel y energía no contaminante y ubicua”, escriben. Y sostiene que esta visión no es una utopía. En los próximos 20 o 25 años, explica Kotler en una conversación telefónica, “es posible levantar de manera significativa los niveles de vida globales”.

Y pone ejemplos. “El coste de la comunicación se ha derrumbado”, dice. “Ahora un guerrero masái en Kenia, con un teléfono móvil, dispone de un mejor acceso a la comunicación que el presidente Bill Clinton hace 15 años”.

“En los últimos 50 años la pobreza ha bajado más en el mundo que en los 500 anteriores”, dice. “Y en Estados Unidos, quienes ahora viven por debajo del umbral de la pobreza tienen acceso a televisión, a coche, a aire acondicionado, a fontanería, a un teléfono móvil, a una serie de lujos con los que que, hace cien años, los más ricos ni podían soñar”.

Kotler recuerda que en el siglo XX la esperanza de vida se ha doblado y la mortalidad infantil ha caído un 90% y los alimentos son 13 veces más baratos.

Algunos argumentos de Kotler coinciden con los del profesor de Harvard Steven Pinker en The better angels of our nature. Why violence has declined (Los mejores ángeles de nuestra naturaleza. Por qué la violencia ha declinado). Pinker da noticia de “lo que quizá sea lo más importante que ha ocurrido en la historia de la humanidad”. “Lo crean o no –anuncia al inicio del libro–, la violencia ha caído durante largos periodos de tiempo, y es posible que hoy vivamos en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie”.

En casi 700 páginas y con un alud de datos, Pinker intenta demostrar que ahora hay menos guerras, menos violencia, menos homicidios (entre 10 y 15 veces menos en el siglo XX que en la edad media).

Entre otras explicaciones, apunta a la extensión del comercio y de los estados sólidos, así como el poder creciente de las mujeres (“porque la violencia es en gran parte un pasatiempo masculino”, escribe).

El autor incluye entre los ejemplos de la mejora de la civilización humana el respeto a los derechos de los animales, y en el capítulo dedicado a esta cuestión menciona la prohibición de los toros en Catalunya.

Robert Kagan, uno de los analistas de política internacional más influyentes en Washington, contrarresta en el recién publicado The world America made (El mundo que hizo América) las visiones apocalípticas sobre el imperio americano.


¿Por qué somos pesimistas?

Steven Kotler, coautor de Abundancia, apunta al papel central de la amígdala cerebral. Vendría a ser como un sistema de alerta rápida que nos permite sobrevivir ante un peligro inminente. “Hoy la mayoría de los peligros que afrontamos son probabilísticos. La economía podría hundirse, un terrorista podría atacarle...”, dice. “El problema es que la amígdala no puede distinguir entre un problema inmediato y otro que es probable”.


Tensión permanente: Información

El bombardeo de malas noticias, que se ha multiplicado en la red, contribuye al pesimismo, según Kotler, así como la tendencia a ignorar informaciones que nieguen las creencias de uno.

 


Elogio de la esperanza
MARÍA-PAZ LÓPEZ

Ser optimista en plena crisis puede convertirse en una apuesta personal de progreso –e incluso de supervivencia– cuando la atmósfera general es de desánimo, pero ese optimismo debe ser activo, llenarse de contenido y de proyectos para llegar a buen puerto. Así lo ven muchos expertos en psicología, ética y sentido común. Si la esperanza es, según la Real Academia, un “estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”, trabajarla podría ser un buen ejercicio anticrisis.

“El optimismo alude a la capacidad de anticipar que la expectativa de futuro va a traer cosas mejores; en realidad, no es algo racional que esté basado en el cálculo de probabilidades –argumenta la psicóloga María Dolores Avia, autora junto a Carmelo Vázquez del libro Optimismo inteligente (ed. Alianza)–. Eso tiene una repercusión importante porque te anima a persistir en el esfuerzo, y te lleva a una actitud de reto, una motivación para hacer cosas incluso en ausencia de resultados inmediatos”. Pero, alerta Avia: “Hay que huir del optimismo ingenuo, el que cree que las cosas van a ir bien porque sí, y no hace nada por provocarlas”. Conclusión: se precisa un optimismo activo, que genere movimiento y realidades.

“El optimismo es la versión moderna y laica de creer en la Providencia; antes se decía: ‘y que Dios haga más que nosotros’, y ahora debemos ser resilientes, confiar en nosotros mismos, en que todo irá a mejor –tercia Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universitat de Barcelona (UB)–. Pero hay un optimismo bueno, el inteligente, y otro malo, el tontorrón”. El primero, según Bilbeny, exige acción, mientras que “el segundo es una esperanza falsa o sin base, y es reactivo. No piensa en hacer, se agota en el sentir”.

Pero no es cosa fácil mantener arriba los corazones. Según María Dolores Avia, políticos y medios de comunicación abusan tanto del concepto de crisis que “están generando desánimo a nivel social”, cuando estudios psicológicos no relacionados con contextos de crisis económica, pero relativos a situaciones personales traumáticas o de estrés, indican que una actitud positiva contribuye a que aflore lo mejor de uno mismo. “Serenidad siempre, relativizar, y no culpabilizarse ni culpabilizar a otros, pues ambos son obsesionantes, distorsionan la realidad y minan nuestras fuerzas”, recalca Bilbeny. Sus recetas son: para el individuo medio que ha visto reducido su sueldo y capacidad adquisitiva pero conserva el trabajo, “mostrar y mostrarse que sabe administrar la dificultad y hallar lo esencial”; y para el que está en paro, “moverse, buscar, aprovechar cualquier oportunidad, continuar aprendiendo”.

También hay que relativizar el momento histórico. “El pasado fue siempre peor, y no hay duda de que el futuro será mejor” es el mensaje que quiere transmitir Eduard Punset en su nuevo libro Viaje al optimismo (ed. Destino). En el libro, Punset sostiene que la crisis no es planetaria, reclama la obligación de redistribuir el trabajo, y recuerda que en las sociedades occidentales la esperanza de vida aumenta dos años y medio cada decenio. Ahora, sostiene Punset, “la manada reclama el liderazgo de los jóvenes”, se necesita como nunca “aprender a desaprender”, y la gestión de las emociones es prioritaria. El optimismo está ahí.

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