En diez años de euro, la inmigración se ha convertido en un elemento clave de la radiografía laboral. En la época de la burbuja, los inmigrantes aceptaban los trabajos no cualificados a los que los autóctonos renunciaban, y no se ha reducido la precariedad. Pero con la crisis, extranjeros y autóctonos vuelven a competir por los mismos puestos.

España ha vivido una verdadera revolución laboral durante los años de expansión del euro. Al margen de reformas parciales, la inmigración ha emergido como el elemento clave en la radiografía laboral desde principios de la década. La era del crédito barato y la ilusión de riqueza elevaron las expectativas de los trabajadores autóctonos, que fueron abandonando los trabajos menos cualificados para desempeñar otros más reconocidos. Pero ese movimiento no derivó en un auge del valor añadido en la economía. Al contrario, el crecimiento siguió descansando en ocupaciones precarias, lo que hizo necesario recurrir a otros colectivos que las desempeñaran. La elección entre dinero fácil y excelencia estaba hecha. Un camino cuya factura pagamos actualmente en forma de recesión.

Las cifras resultan reveladoras. En enero de 2002, la Seguridad Social contaba con 625.000 extranjeros afiliados, el 4% de los ocupados. Diez años después, el colectivo se ha triplicado en volumen, hasta representar el 10% de la fuerza laboral. La intensidad de este fenómeno, inédita en Europa, resulta muy clara en elementos como la distribución de ocupaciones entre españoles y extranjeros y mucho más difusa en las principales señas de identidad laboral: costes y paro. Las estadísticas y la explotación que han hecho de ellas los expertos apenas permiten concluir que ha habido una flexibilización del mercado regulado. Sí cabe, en cambio, hablar de una desregulación soterrada que escapa al control público y que se localiza principalmente en la economía sumergida.

"Los inmigrantes vinieron a llenar un hueco en la demanda de trabajadores. Ocuparon puestos complementarios, por eso no hubo cambio en salarios, en desempleo... Lo que hicieron fue aliviar las tensiones que se habrían producido de no haber llegado ellos. España estaba decidida a crecer a gran velocidad; si hubiéramos optado por modelos altamente productivos, habría venido otra inmigración, indios matemáticos, por ejemplo. Nuestra situación no es producto de la política migratoria, sino de la política económica", explica Ramón Mahía, experto de la Universidad Autónoma de Madrid.

Con diferentes aproximaciones, los analistas consultados coinciden en ese diagnóstico: durante los años de expansión, españoles y extranjeros no competían por los mismos puestos de trabajo: los primeros ascendieron hacia la economía más cualificada, mientras que los segundos se concentraron en agricultura, empleo doméstico, dependencia y construcción. En este último sector sí ha habido convivencia entre nativos e inmigrantes, pero la demanda de mano de obra era tan elevada que impedía deteriorar la retribución.

Es lo que Comisiones Obreras denomina segregación profesional. Un 73% de los asalariados extranjeros se concentran en 11 de las 88 ramas de actividad que contabiliza el Instituto Nacional de Estadística (INE). Entre ellas destacan la hostelería, que ahora se impone a la construcción, la atención doméstica, la dependencia y la agricultura. Otro estudio de UGT alerta de que el salario de los extranjeros representa poco más de la mitad de la media, y en el caso de las mujeres, el 47%.

Más allá de estos aspectos, ambos sindicatos son muy reacios a hablar de flexibilización laboral como consecuencia del efecto migratorio. "El problema es que están focalizados en sectores cuyas condiciones ya estaban deterioradas. Y ese modelo encontró en la inmigración la horma de su zapato", argumenta Almudena Fontecha, secretaria de igualdad de UGT. Paloma López, responsable de empleo y migraciones de CC OO, añade que no ha habido competencia, sino complementariedad, entre españoles y extranjeros. "El elemento de flexibilidad proviene de la economía sumergida, pero no porque sean inmigrantes, sino porque están en la clandestinidad", alega.

Esa mayor precariedad apenas se refleja en los costes laborales. Desde que el euro comenzó a circular, las cantidades que las empresas destinan a emplear a sus trabajadores (salarios, cotizaciones, indemnizaciones...) han crecido por encima de la inflación, salvo en 2004 y 2005. La tónica solo se ha invertido cuando la crisis se ha vuelto recalcitrante: desde 2010, este indicador avanza menos que los precios e incluso ha llegado a caer, lo que merma el poder adquisitivo de los ocupados. "Ahora sí es posible que españoles y extranjeros se estén ofreciendo a los mismos puestos", concede Sara de la Rica, catedrática de la Universidad del País Vasco. Esta investigadora de la fundación Fedea advierte, sin embargo, de que con la crisis muchos extranjeros se están marchando.

Raquel Carrasco, investigadora de la Universidad Carlos III de Madrid, recoge en un estudio que, según otros expertos, un aumento del 10% en la proporción de extranjeros respecto de los nativos no baja el salario de los autóctonos más del 3%. Respecto al nivel de ocupación, ese mismo aumento de población extranjera deterioraría los niveles de la nacional en un 0,22%. Es decir, efectos muy poco perceptibles.

Más significativo resulta el reparto de la riqueza durante los años del boom. El peso de los salarios sobre el total de la economía ha pasado de representar el 49% con la entrada del euro al 47% ahora. El terreno perdido por trabajadores e impuestos se ha trasladado al beneficio empresarial, que suponía un 41% en 2002, y ahora, en plena crisis, el 44%. Una muestra clara de cómo se distribuyen los esfuerzos tanto en el boom como en el crack.

Existen otros elementos de flexibilidad atribuibles a la concurrencia de extranjeros. José Antonio Herce, socio de Analistas Financieros Internacionales y uno de los grandes expertos laborales del país, está convencido de que la temporalidad no se habría disparado de tal manera de no haber sido por esta oleada de inmigrantes dispuestos a aceptar peores condiciones que los nativos. La temporalidad afecta hoy al 44% de los asalariados extranjeros, el doble que entre los autóctonos.

Herce emplea una metáfora relativa al colesterol para analizar el fenómeno: "El flexiterol puede ser del bueno y del malo. En España hemos conocido el malo, el que deriva del abuso del contrato temporal. El bueno habría sido que los salarios fueran más sensibles a las condiciones de las empresas y se hubiera preservado el empleo". Otro factor de flexibilidad citado por De la Rica se refiere a la movilidad geográfica. En un país donde los trabajadores no suelen emigrar entre comunidades por trabajo (la temporalidad frena esos flujos), los extranjeros sí ofrecen "una mayor respuesta".

Por encima de todas las cifras, el verdadero factor de flexibilidad reside en la economía sumergida, difícil de estimar. La mejor aproximación deriva de un cruce periódico que realiza el INE entre la EPA y la Seguridad Social y que sitúa en más de medio millón de personas la brecha entre los extranjeros que declaran tener un trabajo y los que efectivamente cotizan. "Todos conocemos el caso de las camionetas que se llevan a los trabajadores a la obra y negocian el salario allí mismo, a la baja", apunta José Antonio Moreno, asesor jurídico de CC OO. Aunque ninguno de los expertos consultados aventura datos, todos admiten que la presencia de inmigrantes en la economía sumergida es muy elevada. Y esa zona gris inunda de flexibilidad -precariedad si se eliminan los eufemismos- el mercado laboral.

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