Bruno Cassiman y Pankaj Ghemawat, profesores del IESE: "El PIB per capita, la medida más utilizada del bienestar de un país, consta de dos componentes: el valor añadido por empleado -la productividad- y la tasa de empleo. Fijarse en solo uno de estos componentes puede tener importantes consecuencias negativas."

Una pregunta nada trivial: ¿en qué indicador macroeconómico ha superado España al resto de economías avanzadas desde que empezó la crisis en 2008? ¡En el crecimiento de la productividad laboral! No, no se trata de un error del texto: observemos el gráfico adjunto. Una pregunta que se deriva de ello: ¿representa esto para los españoles algo de lo que alegrarse? Pues en realidad, no. El crecimiento de la productividad laboral se ha alcanzado a base de recortes salvajes en empleo, que ha caído todavía más rápido que la producción, lo cual ha llevado a una tasa de desempleo oficial que supera el 21%. Historias parecidas son aplicables a algunos de los compañeros que España tiene en los primeros puestos del ranking de crecimiento de la productividad: Islandia, Portugal y Grecia han tenido un rendimiento "por encima de la media" en este parámetro.

Estos datos hacen saltar las alarmas sobre la tendencia, cada día más común, a tratar la productividad o su crecimiento como condición sine qua non del diseño de políticas económicas -tal como ha sugerido, entre otros, la Comisión Europea-. Esta tendencia habitual es conceptualmente errónea porque el PIB per capita, la medida más utilizada del bienestar de un país, consta en realidad de dos componentes: el valor añadido por empleado -la productividad- y la tasa de empleo. Fijarse en solo uno de estos componentes puede tener importantes consecuencias negativas por motivos que podemos ilustrar mediante un ejemplo del mundo de los negocios. Sabemos que una empresa que se centrara solo en el margen de beneficio produciría demasiado poco para el nivel de maximización de las ganancias totales. Un problema similar es aplicable a los países que se centran en la productividad en vez de hacerlo en el producto interior bruto total.

El problema se agrava cuando se aplica a los países en lugar de a los negocios, porque ciertos aspectos de la relación laboral convierten el trabajo en algo más que un simple factor de producción. Por un lado, a los trabajadores despedidos los tiene que mantener el Estado. Por el otro, para la mayoría de personas, un puesto de trabajo representa mucho más que una fuente de ingresos. Así, estudios recientes indican que la pérdida de empleo tiene un impacto mucho más perjudicial en la felicidad declarada del ciudadano de lo que la reducción de ingresos que implica nos llevaría a pensar, e incluso que incrementa significativamente las tasas de discapacidad y de suicidio. Y luego están, por supuesto, las consideraciones políticas asociadas a un alto desempleo... consideraciones que pueden tener importantes derivaciones sociales y económicas en cuanto a malestar, proteccionismo y similares.

Poner en práctica la atención en promover la productividad y el empleo requiere, en especial si tenemos en cuenta el lamentable estado de las finanzas públicas, fijarse en las empresas que nos pueden llevar por este camino. Observemos los cambios en empleo y productividad en grandes empresas españolas en el periodo de 2002 a 2007.

La conclusión más amplia que se deriva de esta tabla es que es importante no confundir los aumentos (descensos) en productividad con los aumentos (descensos) en empleo: asumir que los dos van de la mano equivale a ignorar la mayor parte de empleo creado y la mayor parte de empleo destruido en la economía española entre los años 2002 a 2007. Adviértase que la mayoría de cambios no figuraban en las celdas sombreadas de la tabla.

Más concretamente, las empresas españolas que en 2002 representaban un 60% del empleo aumentaron la productividad entre 2002 y 2007. Pero de estas empresas, solo el 47% convirtió el crecimiento de la productividad en crecimiento del empleo, creando un total de 690.919 puestos nuevos de trabajo. Estas son las empresas más saludables de la economía -las "atléticas", las que crean musculatura-, puesto que son las que tienden a crear un empleo y un crecimiento más sostenibles. Un 53% de las empresas que aumentaron la productividad en realidad destruyeron empleo, 501.296 puestos de trabajo.

Estas empresas "a dieta" se mantuvieron en forma a base de eliminar empleo.

Lo que más sorprende es que la mayor parte de la creación de empleo provino de empresas que en realidad experimentaron descensos en productividad en ese periodo de crecimiento prolongado en la economía española. Un 62% de las empresas que redujeron la productividad en ese periodo aumentaron el empleo en 882.035 empleados. Estos "glotones" se atiborraron de empleo durante los años de abundancia... pero entre 2007 y 2009 eliminaron trabajadores a un ritmo de más del doble que las "atléticas" y que los que estaban "a dieta". Y las empresas que se consumieron en el periodo 2002-2007 a base de reducir tanto la productividad como el empleo (raquíticas) experimentaron una tasa todavía mayor de pérdida de trabajo entre 2007 y 2009.

Estos datos plantean la cuestión crítica de cómo asegurarnos que las empresas más productivas creen puestos de trabajo en España. La recuperación dependerá de nuestra capacidad de cuidar a los futuros atletas, siguiendo las acciones que ellos emprendieron en las etapas tempranas de su desarrollo y creando políticas para reforzar su creación. "Aunque una economía no puede evitar contar con unas cuantas empresas de otro tipo, las atléticas son las empresas que hacen avanzar ambos indicadores -productividad y empleo- en la dirección adecuada".

Bruno Cassiman y Pankaj Ghemawat son profesores del IESE, Universidad de Navarra.


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