La exigencia de ser feliz en el propio puesto es un movimiento imparable que tiene que ver con una nueva relación de los empleados con sus empresas, en un escenario sociolaboral en el que todo cambia a ojos vista. El caso francés –uno de los países con la mayor tasa de suicidios– es un ejemplo de cómo las compañías y el Estado se esfuerzan por implantar soluciones a un drama cotidiano.

Son nuestros vecinos puerta con puerta, pero tienen más dinero, menos paro, cobran más, disfrutan de mejores condiciones laborales, son más productivos, y, además, trabajan menos horas. Sin embargo, están entre los mayores consumidores de antidepresivos en el mundo. Francia es uno de los países europeos con la tasa de suicidios más elevada –entre 10.500 y 15.000, según los expertos–, la mayoría de ellos ligados al estrés profesional.

"El trabajo es un valor muy importante para el francés, que vive el éxito o el fracaso profesional de manera muy personal", apunta Hervé Lanouziere, consejero de la Dirección General del Trabajo. Para la psiquiatra Marie Pezé, a esta predisposición al estrés del asalariado galo se unen factores externos. "Nos equivocamos al pensar que son los franceses los que tienen el problema. No son las personas, sino el trabajo, el que está enfermo", apunta. Pezé lo sabe bien. Desde hace unos años se dedica a ayudar a los que, como ella, han padecido los "riesgos psicosociales": exceso de carga profesional, falta de reconocimiento y de autonomía, incompatibilidad entre vida laboral y personal y la sensación de no saber por qué se trabaja ni qué sentido tiene.Pocos son los franceses que no sufren alguno de estos síntomas. Según datos oficiales, uno de cada dos trabaja contrareloj, uno de cada tres recibe órdenes contradictorias de sus superiores y un tercio asegura vivir a diario situaciones de tensión. "Los inspectores de trabajo están cada vez más solicitados en relación con el estrés y con casos de acoso laboral", asegura Lanouziere.

El caso de los suicidios en France Telecom, donde más de 60 empleados se quitaron la vida entre 2008 y 2011, hizo saltar las alarmas en el país vecino. En otoño de 2009 la empresa vivió su pico más dramático. "La compañía ha sufrido una fuerte crisis social que se explica en los cambios derivados del proceso de privatización. Los empleados, la mayoría ex funcionarios, se han tenido que adaptar de manera abrupta a los cambios, sin paños calientes", explica Sebastien Audra, portavoz de France Telecom.

Aunque sea el más conocido, el de la operadora no es un caso aislado. Otras grandes empresas galas han vivido en los últimos años crisis sociales similares. En la Poste, el servicio de correos francés recientemente privatizado, 70 personas se han quitado la vida en los últimos tres años, según los sindicatos. Renault tiene varias denuncias por muertes voluntarias en sus filas, y el pasado mes de mayo la Justicia reconoció la culpa de la empresa en una de estas bajas.

"En los últimos años ha habido una lucha de las compañías por adaptarse a la globalización y por ser competitivas. Muchas se han reorganizado para ser más productivas, y en este proceso no se han medido los riesgos que representaban los cambios para la salud de los trabajadores", explica Herve Lanouziere. Los suicidios sólo son la parte visible del gran iceberg del problema. El médico Phillipe Rondet se muestra alarmado por los infartos y enfermedades derivadas del estrés laboral en las empresas en las que hay altas tasas de suicidios. Además del coste humano, esta lacra le cuesta al Estado entre 3 y 4 puntos del PIB.



Manos a la obra

El drama humano vivido en la teleoperadora colmó la paciencia del Gobierno francés, que en 2009 sentó las bases de un plan de lucha contra el estrés laboral. El primer paso fue poner en marcha una serie de medidas de urgencia para frenar la sangría laboral. El pasado año este boceto se perfeccionó y fue renovado por cuatro años más.

Con un presupuesto de 30 millones de euros, el plan de ataque 2010-2014 se sustenta sobre en cuatro pilares, aunque el muro de contención es la prevención. "Por ley el empresario tiene la obligación de preservar la salud psíquica y física de su plantilla", explica Lanouziere, que advierte que esta prevención se centra sobre todo en el acoso moral.

"Hay una degradación creciente de las relaciones laborales. En algunos casos las organizaciones no permiten expresarse a los asalariados, pero hay otras en las que el acoso está organizado. Existe un management organizado y orientado a hacer daño al trabajador", explica.

A través de encuestas periódicas, las empresas deben evaluar la carga del trabajo en su plantilla, su adaptación a los cambios y el apoyo social con que cuentan sus asalariados. El déficit de este último elemento es uno de los factores que más erosiona la moral de quienes padecen en silencio. "Lo peor es la sensación de soledad y aislamiento. Los efectos del sálvese quien pueda hacen más daño que los derivados de una mala política empresarial", confiesa Laurence, trabajadora en la empresa Thalys y de baja por depresión desde hace nueve meses.

La familia es un sostén importante para quien no se encuentra cómodo en la oficina. Por eso, el Gobierno incentiva a las empresas que ayudan a sus trabajadores a conciliar. Pero los franceses se llevan el trabajo a casa. "Los límites entre vida profesional y personal se ha difuminado. ¿Quién no contesta a mails de trabajo los fines de semana?, se pregunta el funcionario ministerial".

Otro de los elementos en números rojos es la palmadita en la espalda. En Francia hay un déficit en el reconocimiento del trabajo bien hecho. "Los empleados encuestados tras la crisis de 2009 respondían que su principal problema era que no sabían qué sentido tenía lo que hacían", dice Sebastian Audra, de France Telecom. "La gente se siente mal si no puede hacer una labor de calidad. Y la empresa exige al trabajador cosas distintas a las que éste entiende como buen trabajo", añade Lanouziere.

Para premiar a los aplicados y castigar a los rebeldes, el Gobierno ha publicado una lista de los alumnos buenos y malos en materia de lucha contra los riesgos psicosociales. Un total de 1.500 empresas figuran en el ranking gubernamental.

Pero lo peor está por llegar. Los expertos advierten que la crisis dañará aún más la moral del trabajador francés y pronostican un pico de suicidios el año próximo. Según la teoría de Phillipe Rodet, médico y consejero de empresas, "una crisis entraña un verdadero sufrimiento que alcanza su punto crítico tres años después. Tras el Crack de 1929 observamos picos de suicidios en 1932", ha señalado este experto durante unas jornadas celebradas por SOS Amitié en París. También añade que Francia va a vivir un fenómeno dramático con la confluencia de dos crisis, pues el país se va a encontrar, por un lado, con las víctimas de la debacle de 2008, a las que se unirán las de la crisis de 2011. "El punto culminante está delante de nosotros y va a requerir una vigilancia particular", advierte Rodet.

Todavía más apocalíptico, Jean Claude Delgènes, director del gabinete de Tecnología, que ha vivido de cerca la tragedia en France Telecom, apunta a la existencia de suicidios "casi militantes" y cree que Francia va hacia las muertes voluntarias en grupo. "Los franceses invierten mucho en el trabajo y éste es cada vez más maltratador", señala el experto. Por eso hay quien dice que con el plan gubernamental no basta. Algunos abogan por la creación de un observatorio de suicidios que se encargue de luchar contra los riesgos psicosociales y de perseguir las malas prácticas en las empresas.



Un plan contra el suicidio

En otoño de 2009 France Telecom, principal operador de telecomunicaciones francés con más de 100.000 asalariados, vivió el momento más grave en su cadena de suicidios con la muerte de uno de sus trabajadores, el número 60. Con el cambio en la presidencia de la compañía, ésta inició un plan encaminado a restaurar el clima social. El primer paso fue la puesta en marcha de una serie de medidas de urgencia. Se acabó con la movilidad forzosa, uno de los factores identificados por los trabajadores como causa de estrés. Después comenzaron las reuniones de la refundación social, en las que se dio la palabra a los empleados para conocer qué fallaba. "Había falta de motivación. La gente no sabía cuál era el sentido de su trabajo", explica Sebastien Audra, portavoz de la operadora. Los empleados se consideraban víctimas de una organización centralizada que les impedía tomar decisiones y, tras las reuniones, sindicatos y empresa pusieron en marcha un nuevo contrato social, un plan con 158 medidas que preveía la contratación de 10.000 personas en tres años, la creación de lugares de convivencia y la modernización de los sistemas informáticos anticuados que entorpecían el trabajo. De manera paralela se creó una red de ayuda psicológica al trabajador estresado. Un responsable de recursos humanos de proximidad y un equipo de psicólogos forman parte de esta unidad de mediación, encargada de tratar las situaciones más complejas. Dos años después de la puesta en marcha la empresa empieza a ver los frutos: "Cuando se toman medidas inteligentes uno se da cuenta de que la productividad no está reñida con la humanidad", señala Audra. Pero no todo está ganado: "En una plantilla de 100.000 personas no se puede decir que no haya algún suicidio".



Cómo llegar a amar un empleo que odio

Mucha gente vive cada día una pesadilla en su trabajo. El Gallup Healthways Well Being Index asegura que los trabajadores que están desconectados emocionalmente de su trabajo tienen una percepción de sus vidas mucho más pobre y pesimista incluso que aquellos que están en el paro. Pero existe una forma de afrontar un trabajo que se aborrece:

  • - Para encontrar un sentido a nuestro trabajo debemos pensar que lo que hacemos ayuda a los demás.
  • - Diseccionar las tareas, los momentos y a las personas con las que nos relacionamos lleva a encontrar algo positivo.
  • - Distinguir entre nosotros mismos, nuestra empresa, nuestro trabajo y nuestro jefe... Debemos tener claro lo que de verdad odiamos, porque podemos estar proyectando lo que no nos gusta sobre el resto.
  • - Hay que pensar en determinadas habilidades y competencias que ese trabajo odioso potencia en nosotros. Analizar cómo enriquecer esa actividad que aborrecemos.
  • - Si segmentamos nuestro trabajo podemos encontrar que algunas tareas nos resultan difícilmente motivadoras y otras están en una zona de no insatisfacción.



Claves de un puesto que no haga daño

Las empresas deben tener en cuenta algunos factores para no ‘engañar’ a los candidatos y evitar que el elegido se queme en su trabajo:

  • - Lo importante es alinear la posición con el perfil, el reto profesional y la motivación. No se debe engañar al posible candidato si se sabe que hay dificultades en el empleo que se debe cubrir. Hacer ver los retos, las presiones, el estrés, o los objetivos y demandas complicadas.
  • - Las personas aguantan más de lo que parece, pero no de forma indefinida. Se debe ver seguridad y determinación cuando se trata de tomar decisiones.
  • - Lo primero es que la gente se crea lo que ve y que se comprometa con la empresa. Hay que tener muy clara la descripción del puesto. No se puede destacar sólo lo positivo.
  • - Para que el candidato quiera pertenecer a la cultura de la empresa los valores deben ser verdad y las funciones deben estar bien planteadas.
  • - En ocasiones, las organizaciones no están preparadas para asumir perfiles capaces de llevar a cabo tareas desagradables. En estos casos la persona mejor preparada técnicamente puede no ser la más adecuada.

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