Un estudio de la Fundació Bofill constata que la movilidad socioeconómica catalana ha sido alta en los últimos 50 años, sobre todo gracais al acceso a la educación superior de amplias capas de la población. Desde 1960, el 50% de los hijos de clase obrera se han incorporado a las clases medias. Pero los miembros de las familias más pobres no han ascendido de clase social, según los autores del estudio debido a la escasez de becas de estudios.

Catalunya ha sido en las últimas cinco décadas una tierra de oportunidades, donde el esfuerzo y el talento de los individuos se han visto recompensados con la promoción social. Un extenso estudio de la Fundació Jaume Bofill, presentado ayer, sostiene que casi la mitad de los catalanes se han beneficiado de esa situación, impulsada por el acceso a la educación superior por parte de amplias capas de la población, lo que ha comportado su ascenso en el escalafón social. En esa mejoría han tenido un gran protagonismo las mujeres, al ingresar de forma masiva en el mercado laboral, y la clase obrera. Cerca del 65% de los hijos de esta última han subido desde 1960 algún peldaño del escalafón social; el 50% se ha incorporado, de acuerdo con su poder adquisitivo, a las clases medias, y otro 15% ha llegado a convertirse en profesionales superiores o directivos y empresarios.

El ascensor social ha sufrido un ligero parón entre el 2005 y el 2009, cuando comenzaron a vislumbrarse los contornos de la crisis económica, pero ha seguido funcionando a un ritmo aceptable.

La sociedad meritocrática, la que premia a cada uno de sus integrantes con independencia de su origen social, ha hecho sin embargo una excepción: los individuos de las familias más pobres no han logrado salir de la postración. Los autores del estudio, los sociólogos Xavier Martínez Celorrio y Antoni Marín, lo atribuyen al raquitismo del gasto social, en particular del educativo. Únicamente una cuarta parte de los alumnos de las familias socioeconómicamente más débiles han obtenido una beca para cursar la primaria y la ESO, aseguró Martínez Celorrio. En esas condiciones, tratar de que los jóvenes de los estratos sociales más bajos accedan a la enseñanza posobligatoria no universitaria (bachillerato y formación profesional) se convierte en una tarea inalcanzable.

El trabajo, que se ha alimentado de las encuestas anuales que desde hace una década realiza la Fundació Bofill entrevistando a 4.600 personas de 2.000 hogares, concluye que Catalunya es uno de "los países europeos con mayor movilidad social ascendente", comparable a la que se registra en Suecia, Holanda e Italia entre la población masculina. Por lo que respecta a las mujeres, los índices de movilidad rivalizan con los de Hungría e Israel, los países donde se contabilizan los niveles más altos.


La desigualdad pervive

Las clases sociales no han desaparecido, sino que se mantienen, puntualizan los autores del estudio, aunque su composición se ha renovado. En esa renovación "predominan los trayectos cortos de ascenso y descenso entre clases sociales adyacentes", señalan. "Las desigualdades sociales existen, pero la movilidad proporciona la certidumbre de que es posible escapar de ellas", subrayó Martínez Celorrio.

Junto a las trayectorias ascendentes, el estudio constata que un 20% de los ciudadanos ha sufrido en las últimas décadas una caída de estatus social. Una tendencia que probablemente se ha agudizado desde el 2009, algo en lo que no ha podido adentrarse el trabajo, más allá de incluir unas breves consideraciones sobre los primeros coletazos de la crisis económica actual.

Si la población se divide por edades, se observa que "los nacidos entre los años 1951 y 1960 son los que han experimentado la mayor tasa de ascenso social", el 53% cuando se midió en el 2005, "que puede ser irrepetible para el resto de grupos de edad". Ello se atribuye a que, a pesar de que no es la generación mejor formada, tiene mayoritariamente un origen obrero y protagonizó "el cambio posindustrial y la expansión de la economía de servicios y del Estado del bienestar".


Menos posibilidades

En el otro extremo de la muestra estudiada, los nacidos entre 1971 y 1980 son los más proclives a "conservar o heredar la clase social de origen". Se explica por el hecho de que casi tres cuartas partes parten de una posición privilegiada, de clase media, y por lo tanto su margen de ascenso es menor.

Las primeras manifestaciones de la crisis que han podido evaluarse han llevado a los autores del estudio a la conclusión de que, en el 2009, el riesgo de descender de clase social se haya convertido en algo equiparable en todos los grupos de edad. Y que la rigidez clasista, o sea la permanencia en la clase social de origen, sea mayor entre la población treintañera o que se adentra en la cuarentena.

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