Entrevista de El Periódico a Olga Bosch, Coordinadora de proyecto de atención confidencial a enfermeras con problemas psíquicos o adicciones: "Temen represalias. Tienen miedo a ser descubiertas, en especial las que sufren alguna adicción."

Coordina un proyecto que ofrece atención confidencial a enfermeras con problemas psíquicos o adicción a drogas o alcohol. Prefiere proteger antes que penalizar.

¿Trabajar cerca del dolor y la muerte quema a las enfermeras?

Nosotras tenemos el riesgo potencial de enfermar, porque estamos en contacto con el sufrimiento y la vulnerabilidad humanos, pero no creo que sea eso lo que quema profesionalmente a la enfermera. Está comprobado que las destinadas a unidades de cuidados paliativos --enfermos en situación terminal-- son las que sufren menos born out.

¿Por qué?

Porque esas unidades, igual que las de oncología, a veces son una excepción, tienen un modelo distinto. Entienden la sanidad y a las personas desde un punto de vista holístico, más global. Y hay más enfermeras por paciente que en otros servicios.

¿Qué es lo que las estresa?

Las condiciones en las que trabajamos; la organización. La imposibilidad de hacerte un plan y desarrollarlo. Tú te planificas la mañana y al momento te llama un enfermo o un médico y has de deshacer lo que tenías previsto. Se nos ve como un servicio, como un elemento más.

¿Y eso no es su profesión?

Se podría organizar todo de otra manera. Cuesta que la enfermera tenga una carrera profesional, que se la destine a la unidad que le gusta y en la que llega a ser una experta. La realidad es que, por más experiencia que tenga una enfermera en salud mental, en oncología o en lo que sea, si la necesitan para cubrir una baja, esa especialización no se tendrá en cuenta. Te llevan de acá para allá. Te gusta pediatría y te envían a trauma. A la enfermera que despunta la ahoga la estructura. Todo eso quema. Eso es lo que deprime.

¿Quienes le piden ayuda?

El perfil mayoritario es una enfermera de 45 a 50 años, mujer --somos un 90% de mujeres--, que sufre el síndrome ansioso-depresivo. Dos de cada diez sufren adicciones, la mayoría al alcohol.

¿Alcohol en el trabajo, o fuera?

Es muy difícil que una enfermera esté embriagada en el trabajo. Las mujeres alcohólicas beben en soledad, cuando llegan a casa. Si piden ayuda, no es porque la bebida les esté afectando en el trabajo.

¿Cómo llegan hasta ustedes?

A través de alguna compañera que se lo sugiere, o por el médico con el que trabaja, al que de vez en cuando le pide un antidepresivo... Telefonean a un número confidencial.

Confidencial.

Sí. Esa confidencialidad es el eje vertebrador del servicio. Salvaguardamos el anonimato con diferentes estructuras y protocolos, muy difíciles de violar. Existe un teléfono de acogida en el Col·legi d’Infermeria de Barcelona, que no pasa por centralita, al que solo yo tengo acceso. Todo va con códigos. No hay nombres reales. Siempre teniendo presente ese sentido de protección y sostén. Muy al estilo de la enfermera.

No hay datos personales.

Les adjudicamos un nombre ficticio. Su identidad queda guardada. Cuando están recuperadas, las ayudamos a reincorporarse al trabajo.

¿Es necesario tanto secreto?

Gracias a eso, vienen. Esto funciona así desde hace 10 años, y, aunque no acuden todas las que lo necesitan, se van acercando, porque se sienten protegidas y seguras. Antes de que existiera este servicio, las enfermeras con problemas de salud mental, o adicciones, evitaban ir al médico.

¿Qué temen?

Represalias. Tienen mucho miedo a ser descubiertas, en especial las que sufren alguna adicción. Temen que les toque tratarse en el mismo centro donde trabajan: podrían encontrarse en la sala de espera con sus propios pacientes. Tal vez son cosas culturales, pero el hecho es que antes evitaban cuidarse y tratarse.

¿Se las separa del servicio?

A muy pocas. De las 120 que atendemos cada año, un 25% están de baja temporalmente y un 3% cesa. Nuestra filosofía es proteger, no castigar. En Gran Bretaña, a la enfermera que sufre una adicción le dan dos avisos y, al tercero, va a la calle.

¿La actitud violenta de algunos pacientes empeora el problema?

Muy, muy esporádicamente. La enfermera no se desestabiliza por la agresividad de los pacientes.

¿Se sienten valoradas por ellos?

Sí. Los usuarios nos valoran. Son la razón de ser de nuestro trabajo. Nunca he visto una queja explícita de enfermería contra los pacientes. Las quejas son contra la estructura, la institución, el correturnos --horario de mañana, tarde o noche--, la imposibilidad de crecer profesionalmente... Siempre me dicen: «¡Suerte que cuando cierro la puerta de la consulta, y tengo delante al enfermo, todo adquiere sentido!» Eso las sostiene.

A usted le gusta cuidarlas.

Cuidar encaja en mis inquietudes. Un día, me di cuenta de que las enfermeras arriesgan su salud, pero no siempre se protegen. Pensé que es importante ayudarlas. Y decidí cuidar a mis compañeras.

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