Ramon Aymerich: "La prejubilación que tan frecuente ha sido en las últimas décadas parece quedar a un segundo plano. El actual panorama económico hace que cada vez sea más común ver a personas de más de 60 años trabajando en la hostelería, por ejemplo."

Es una de esas cenas empresariales con mucho público. Los discursos han acabado justo al límite de lo razonable, cuando algunos asistentes empiezan ya a bostezar... Llega entonces ese momento único de la noche, en el que decenas de camareros, todos vestidos de negro, irrumpen en la sala, las bandejas por encima de las cabezas de los comensales, el andar rápido de funambulista entre el laberinto de mesas. En una de esas mesas, el ejecutivo de una multinacional suiza de seguros susurra a su mujer: "¿Has visto al camarero?". Ella se encoge de hombros, no, no lo ha visto. El ejecutivo ahoga un grito: "¡Parece tu padre!". Es verdad, piensa ella, ¿y qué? "No deberían dejar trabajar a gente tan mayor, mira cómo le tiemblan las manos…", insiste nervioso el ejecutivo. En la misma mesa, el propietario de una pequeña empresa ha escuchado sin querer la conversación. Observa al camarero. No le tiemblan las manos, pero es verdad, aparenta tener más de sesenta años. Y no es el único. Hay otros dos o tres camareros de la misma edad entre los que atienden las mesas... ¿Contratar a un hombre de esa edad, contratar a un viejo?, ¿por qué no?

A mediados de los ochenta, la periodista Maruja Torres publicó un reportaje sobre la reconversión. Carlos Solchaga, ministro de Industria, completaba el desmantelamiento de la gran (y obsoleta) industria de cabecera del norte español, la de los astilleros y los altos hornos. En el reportaje, la periodista visitaba una localidad industrial del País Vasco y se dejaba caer por un parque infantil lleno de niños, madres y abuelos. "¡Qué guapos y fuertes son los abuelos aquí!", exclamaba la periodista. Y llevaba razón. Eran abuelos guapos y fuertes porque tampoco eran exactamente viejos: eran en su mayor parte cincuentañeros, el primer contingente de prejubilados de la economía española, un concepto que iba a extenderse después a otros sectores. Por ejemplo, a la banca, que durante la primera fase de concentración de finales de los ochenta y principios de los noventa fue también generosa - eso sí, muchas veces con cargo al erario público - en la prejubilación de miles de sus empleados.

La prejubilación puede muy bien acabar siendo otro de los rasgos definitorios de la economía de la burbuja. Durante todo este periodo, el que no se jubilaba antes de los 65 años maldecía su suerte. Pasaba por tonto. Quizá por ello extrañe tanto volver a ver a gente mayor trabajando. Pero ya están ahí. Porque la coyuntura es la que es. Muchos de ellos proceden de la industria, pero se les ve ya en la hostelería, ocupando espacios que uno imaginaba no hace tanto en manos de inmigrantes y, algo menos - y ahí está la grieta por la que se está colando toda esa gente mayor -, en manos de jóvenes. Los titulares hablarán durante muchos años de los jóvenes, de la generación perdida. Hablarán poco de los mayores. Pero ya están ahí. Han vuelto para quedarse.

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