Casi una de cada dos italianas no trabaja debido a resistencias culturales y a las rigideces del mercado laboral, que les impiden ascender en la escala social. Se extiende la sensación de que Italia es un país parado, anclado en el pasado y sin empuje, y uno de los síntomas de ello es la escasa presencia de mujeres en el mercado laboral y especialmente en cargos directivos.

Son mejores estudiantes. Acaban antes y con notas más altas. Y son el colectivo más numeroso. Pero la mitad de ellas no trabaja. Las italianas están excluidas. La tasa de ocupación femenina en Italia apenas supera el 46%. Es la más baja de la eurozona y es la última de la UE, después de Malta.

Giovanni Maria Fara, presidente de Eurispes, Instituto de Estudios Económicos Políticos y Sociales, alega varias razones. "Mi experiencia dice que las mujeres tienen grandes capacidades. Pero en Italia persiste una mentalidad antigua. Hay un retraso cultural y social, sobre todo en el sur del país, que asigna a la mujer el papel exclusivo de madre de familia". Pero también hay un problema de oferta. "Mientras en el norte hay empleos en industria y servicios, en el sur la oportunidad laboral se limita al sector público". Y si hay trabajo, por lo general es para el hombre.

La realidad demuestra que las italianas tienen mucho camino para recorrer. Los presuntos festines de Berlusconi no ayudan a mejorar los prejuicios sobre el presunto sexo débil. Vanessa Incontrada, actriz italiana nacida en Barcelona, declaró en una entrevista que "Italia es mucho más machista que España". "Allí, especialmente en la televisión, la mujer siempre está vista como objeto". El Gender Gap Index del Foro Económico de Davos, que mide las desigualdades entre los dos sexos, sitúa Italia en el puesto 77. º sobre un total de 134 países, por detrás incluso de Botsuana.

No sólo es difícil el acceso, sino el ascenso en la escala social. Se objetará que la presidenta de la patronal, Emma Marcegaglia, y la líder del mayor sindicato, Susanna Camusso, son dos ejemplos de que la mujer puede llegar a las altas esferas. Pero son casos aislados. De acuerdo con la Comisión Europea, Italia está en el lugar 29. º de 33 por presencia de mujeres en los consejos de administración. Entre los 466 cargos directivos de las firmas que cotizaban el año pasado en Milán, las mujeres sólo ocupaban once.

Y hay más: según se desprende de un reciente estudio de la Consob, la Comisión Nacional de Bolsa, las que acceden a consejos de administración o son familiares de los accionistas de control o bien trabajan en multinacionales extranjeras. Es decir, que en Italia su acceso al poder económico tiene lugar únicamente gracias a la familia. Ysi no, hay que aspirar a trabajar en una firma extranjera. En cuanto a las mujeres empresarias, sólo son el 17% del total. La mitad que en Francia y un tercio de las del Reino Unido. En política tampoco tienen mucha visibilidad. Las parlamentarias son el 20%. Según el ranking de Inter-Parliamentary Union, Italia ocupa el lugar 56. º del mundo y está en la cola de la UE.

En la carta de 15 páginas enviada esta semana a Bruselas se dedica a este problema una línea y en términos genéricos. No parece que el problema centre el debate actual. Emma Bonino, ex comisaria europea, dijo que "ni las mujeres hablan de las mujeres". "Tenemos a más de seis millones de mujeres fuera del mercado de trabajo y no pasa nada", lamentó.

Pero según una investigación de Goldman Sachs, reducir el desfase ocupacional con los hombres - la llamada Womenomics - dispararía el PIB de Italia un 22%. Este capital humano queda totalmente desaprovechado.

La excusa de que las mujeres no trabajan porque se ocupan de la familia es válida hasta cierto punto. La tasa de natalidad en Italia está bajo mínimos. Las italianas más jóvenes no forman familia ni encuentran un empleo.

Mauro Sylos Labini es profesor de la Universidad de Pisa y estudioso del mercado laboral: "Está demostrado que donde nacen más hijos, las mujeres trabajan más. Invertir en guarderías u otro tipo de medidas conciliadoras acabaría equiparando la ocupación femenina a la masculina y generaría riqueza", asegura. Pero Italia dedica a la maternidad el 0,15% de su PIB. Una cifra insuficiente que produce un fenómeno inquietante: el 15% de las mujeres abandona el trabajo después de tener un hijo. Según la profesora Daniela del Boca, de la Universidad de Turín, en la mitad de los casos "no se produce a raíz de una libre decisión". Se ven obligadas a tirar la toalla.

Cuando se habla del paro juvenil, tampoco los hombres se encuentran en una situación para tirar cohetes. Sylos Labini denuncia que "habría que cambiar las reglas de contratación e introducir una sana competencia para premiar a los mejores". Pero las relaciones personales pesan más que otros factores. Como consecuencia de estas rigideces, el porcentaje de jóvenes que ni estudia ni trabaja ha superado a España y roza el 20%. Ante el estancamiento, los que pueden, mujeres u hombres, emigran. Giovanni Maria Fara hace un análisis muy duro. "Estamos derrochando nuestro futuro. Antes exportábamos brazos, ahora cerebros. Es un daño gravísimo, porque empobrecemos a nuestro país y enriquecemos a otro. Nos falta un proyecto, una idea alrededor de la cual sumar energías e ilusiones. Pero, cuando se habla de mujeres, este país parece más interesado en saber con quién ha pasado la noche Berlusconi".

 


Las reformas que nadie quiere hacer

Irene Tinagli - Univ. Carlos III

Pese a los chistes, las meteduras de pata y los escándalos de Berlusconi, hasta hace poco tiempo Italia se veía como un país pese a todo sólido, capaz de garantizar una buena estabilidad económica. Muchas señales parecían confirmar esta sensación: un paro por debajo del 8%, déficit contenido, bancos bien capitalizados y un made in Italy todavía muy fuerte en el mundo. Sin embargo, estos días Italia parece ser la preocupación principal de Europa, como si pudiera convertirse en un nuevo caso griego. ¿Qué es lo que despierta tanta inquietud? ¿Qué es lo que ha cambiado? No, no ha habido ningún cambio en los datos económicos de base. Muchas pymes aguantan, así como los ahorros de las familias, y el paro no ha estallado. ¿Entonces? El verdadero problema es que Italia es un país parado, sin empuje. Y sin crecimiento, el endeudamiento está destinado a crecer sin límite, obligando a recortes cada vez más duros, con medidas depresivas que corren el riesgo de dar lugar a un mecanismo peligroso. Esto es lo que da más miedo, porque no estamos ante un estancamiento relacionado con la crisis, sino con problemas que Italia arrastra de antes. Basta con pensar que desde la segunda mitad de los años noventa, cuando España crecía a un ritmo del 4% anual, y otros países cerca del 2,5%-3%, a Italia le costaba superar el 1,5%.

No es sólo una cuestión de rigidez del mercado laboral, sino de rigidez económica y social a 360 º . Italia es un país bloqueado por castas, reglas, pequeñas y grandes jaulas pensadas para proteger a los que están dentro, pero que han acabado atrapando a todo el país. En cada actividad económica, Italia está bajo el dictamen de colegios profesionales, licencias y otras formas burocráticas que limitan el acceso y que definen las reglas de funcionamiento: desde los abogados hasta los taxistas, pasando por los ingenieros o arquitectos. Por ejemplo, un joven abogado que hoy quisiera hacerse un hueco aplicando tarifas más bajas o haciéndose publicidad no puede hacerlo: los honorarios están fijados por el colegio y la publicidad está prohibida. Un joven farmacéutico que quiera montar su negocio lo tendrá difícil: las licencias son pocas y caras y suelen transmitirse a los hijos. Lo mismo para los taxis u otras actividades. En Italia el 44% de los arquitectos son hijos de arquitectos, el 39% de los ingenieros son hijos de ingenieros, el 42% de los licenciados en derecho son hijos de licenciados en derecho, etcétera. Estas son las reformas que Europa pide a Italia pero que nadie quiere hacer. Sólo hace unos meses, cuando el Gobierno intentó liberalizar la profesión de abogado, hubo una insurrección entre los diputados en el Parlamento, en su mayoría abogados. La norma se eliminó. Hace cinco años, el intento de aumentar las licencias de taxi bloqueó Roma durante semanas.

Luego está el tema de los jubilados. Europa espera en este asunto medidas que este gobierno no es capaz de dar. El problema no sólo es la edad de jubilación. Todavía está en vigor en Italia una norma que permite a las personas jubilarse después de cierto número de años trabajados, sin tener en cuenta la edad. De esta manera, durante décadas se jubilaron personas de 40-45 años o incluso más jóvenes. Se ha estimado que estos baby jubilados cuestan a Italia, si se consideran los menores ingresos y los mayores gastos, 163,5 millones de euros, según Confartigianato. Sin embargo, es imposible tocarlos. un joven abogado que hoy quisiera hacerse un hueco aplicando tarifas más bajas o haciéndose publicidad no puede hacerlo: los honorarios están fijados por el colegio y la publicidad está prohibida. Un joven farmacéutico que quiera montar su negocio lo tendrá difícil: las licencias son pocas y caras y suelen transmitirse a los hijos. Lo mismo para los taxis u otras actividades. En Italia el 44% de los arquitectos son hijos de arquitectos, el 39% de los ingenieros son hijos de ingenieros, el 42% de los licenciados en derecho son hijos de licenciados en derecho, etcétera. Estas son las reformas que Europa pide a Italia Los sindicatos se oponen (el 55% de sus miembros son jubilados) y también la Liga Norte, el aliado más fiel de Berlusconi.

En conclusión, Italia está paralizada por una alianza transversal que suma a grupos de derecha y de izquierda, que se movilizan cada vez que hay algo que puede poner en riesgo sus derechos adquiridos y sus posiciones de privilegio. Pero fuera de este denso sistema de jaulas y proteccionismos, existe otra Italia. Una Italia formada por jóvenes, mujeres y parados ocasionales que no están enmarcados en ningún contrato de categoría, que no están protegidos por ningún amortiguador social. Casi una de cada dos mujeres no trabaja, cerca del 28% de los jóvenes italianos está en el paro. Muchos de ellos han dejado de buscar empleo. Es un pedazo de Italia que podría aportar energía, competencia, innovación, pero que es ignorado no sólo por la política, sino por el resto de la sociedad civil, unos ciudadanos que están dispuestos a sumarse a sus movimientos de protesta pero que no quieren cambiar ni un ápice del sistema que les ha protegido hasta ahora, por el miedo a perder algo. Cada individuo quiere salir de la crisis, cuando el reto debería ser la construcción colectiva del país de mañana.

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