La crisis arrastra a miles de personas que nunca antes pasaron dificultades. No quieren salir en la foto. La mayoría siente vergüenza. No habían previsto esta situación. Hace tan solo dos años les hubiera parecido un chiste plantearse que esto les pudiera pasar a ellos.

Pero existen y cada vez son más: miles de personas que han sido apeadas de la clase media por el vendaval de la crisis. De lo que el común de los mortales considera clase media. Las entidades sociales detectaron hace tiempo su irrupción en la creciente bolsa de la pobreza. Gente que vivía de forma desahogada, que viajaba al extranjero en vacaciones, que contaba con nóminas cuantiosas, incluso gente adinerada, que ahora conoce qué es no poder asumir pagos rutinarios, qué es un desahucio o consumirse en el paro. Los afectados sufren una inesperada caída económica que les cambia la vida, probablemente para siempre, a la vista de la situación general. No se han convertido aún en usuarios de los servicios sociales, con algunas excepciones. Están solo un peldaño por encima. Al borde.

Xavier Orteu, director de Insercoop, entidad que se dedica a la inserción laboral, conoce de cerca a este colectivo, el de los «nuevos pobres» o «trabajadores empobrecidos». Insercoop se centra en intentar prevenir, en evitar que toquen fondo: «Se trata de parar la caída. De convencerles de que son capaces de cambiar su situación, su futuro. El nuevo pobre está en estado de choque por lo que le ha pasado. Nuestro mensaje es que saldrán adelante y con ellos como protagonistas. Se trata de personas que todavía no han bajado los brazos. El objetivo es que no lleguen a identificarse como pobres».

En estos casos, el objetivo no es tanto la formación. Ese no suele ser el problema. «Es gente con el orgullo tocado. No solo es que no tengan dinero. Se sienten humillados, ante su mujer o su esposo, ante sus hijos». El ambiente general influye: «Peor que quedarse sin trabajo es pensar que no volverás a tenerlo nunca».

Insercoop desarrolla el programa Acciona't, con un presupuesto de 150.000 euros, que aporta la Generalitat. Hace menos de un año que está vigente, lo que según Orteu impide todavía extraer conclusiones, e incluye a 180 personas. Consta de varios talleres en los que se enseñan fórmulas de ahorro, a enfocar otro tipo de consumo, a descubrir trucos para pasar con menos. Es formación pero, como subraya Orteu, el núcleo del asunto es otro: «Necesitan gente que los escuche». Y de vez en cuando algo más: la entidad ha ayudado a alguno de los afectados a retrasar el desahucio de su piso. Orteu subraya que a diferencia de hace tres o cuatro años, el entorno de los caídos de la clase media está debilitado. Eso desteje a marchas forzadas la red familiar que antes permitía a una persona contar con un colchón. La velocidad a la que uno puede pasar de perder el trabajo a encontrarse en la calle se cuenta por semanas.

Y eso no es fácil: las personas que ya conocían la pobreza están mucho más preparadas para la adversidad que quienes provienen de un entorno con capacidad económica. Los nuevos pobres no tienen la menor idea de cuál es el circuito en el que pueden encontrar comida o cama.

DIVERSIDAD EN LA POBREZA / El de los trabajadores empobrecidos no es el único colectivo al que la adversidad alcanzó sin aviso previo. Hay otro que guarda similitudes, aunque también una gran diferencia: sí subsiste gracias a los subsidios. Son los nuevos beneficiarios de la RMI, la Renta Social Mínima, a los que se conoce como «ocupacionales», para diferenciarlos de los tradicionales, los «sociales». Sergi Pascual, responsable de los servicios de inserción laboral en Catalunya de la Fundación IRES, recuerda cómo a partir del 2008 empezaron a llegar a la órbita de la RMI personas que habían perdido su trabajo y luego, consumido el subsidio de paro. Gente que siempre había podido trabajar. Si los nuevos pobres no llegarán a ser beneficiarios de la RMI es precisamente porque la irrupción del colectivo de desempleados sin subsidio decidió a la Generalitat dejar a este colectivo sin esta prestación ante la constatación de que no podía afrontar el coste. Pascual constata cómo los beneficiarios de la RMI «sociales» están cada vez más empobrecidos, y los «ocupacionales» van ingresando en el grupo de los «sociales».

 


CONSECUENCIAS DEL COLAPSO ECONÓMICO | JOSÉ MANUEL RUIZ, 36 AÑOS / EXDUEÑO DE UN BAR, CAMARERO, DOS AÑOS EN PARO
«Nunca me faltó dinero»


José Manuel Ruiz vivió el jueves pasado la jornada más especial de los últimos dos años. Como se verá al final, no era para menos. Ruiz, camarero desde los 17 años, nunca estuvo sin trabajo hasta hace dos, con 34, cuando se quedó en paro. «Era de los últimos que habían contratado y me echaron. Lo comprendí». Ha trabajado en tres bares, uno de ellos suyo, con un socio. Lo cerraron por desavenencias. Hace dos años trabajaba por cuenta ajena, cobraba 1.500 euros y vivía con su novia. «Nunca me había faltado dinero. Lo que me ha pasado me ha servido para valorar mucho las cosas». Al perder el trabajo se quedó sin piso y sin novia: ella también estaba en paro y las dificultades contribuyeron a la ruptura.

Una semana después de ser despedido tuvo un accidente de moto y se rompió la cadera y un brazo. Tenía un año de subsidio de paro y se lo pasó entero de baja. Después cobró durante seis meses la ayuda para quienes terminan el paro, que se agotó hace ya ocho meses. Se fue a vivir con su madre, que también se quedó sin dinero. En septiembre fueron desahuciados: ella fue a una residencia y él, a casa de un amigo. Hace una semana le comunicaron que le denegaban la RMI. «Precisamente por ser un desempleado de larga duración».

Pero no todo es drama. El jueves encontró un trabajo de camarero. Ni siquiera tenía claro cuánto cobraría, qué horario tendría, qué contrato. Estaba muy contento.


S. G. L., 44 AÑOS / PERIODISTA EN PARO | historias del tobogán socioeconómico
«Soy positiva, tendré trabajo»


S,G,L, de 44 años, se declara una mujer positiva. «No quiero ir de víctima». Pide que no se cite su nombre, que no se la pueda identificar: «Me conoce mucha gente». Ella tiene formación superior y 15 años de experiencia laboral: es licenciada en Periodismo, tiene estudios de Historia y un posgrado en gestión cultural. Habla inglés, francés y tiene un nivel medio de alemán. Era interina en la Diputación de Barcelona: «Tenía un sueldazo». No logró la plaza y tuvo que recurrir a empleos peor pagados. Hasta que se quedó sin nada. El mes que viene dejará de cobrar el paro. Percibe unos 1.000 euros y paga 725 de hipoteca por el piso de 50 metros cuadrados que se compró en Sants cuando todo le iba bien y que acabará de pagar en el 2038. «¿El mes que viene? El mes que viene no sé qué haré, pero estoy en ello», afirma.

Ahora colabora sin cobrar con un museo, e insiste en declararse optimista. Sostiene que ya no tiene el gran salario que tenía, pero tampoco el estrés de su trabajo. «Prefiero un empleo con menos responsabilidad aunque esté peor pagado. Ahora tengo algún día bajo, pero mucho ánimo. Soy positiva, creo que encontraré trabajo».

S. G. L. cuenta con la ayuda de sus padres y tiene un compañero, con el que no convive. Tampoco excluye que la situación la obligue a mudarse, pero si pasa, dice, no será para siempre: «Yo no me quiero ir a Alemania definitivamente. Si lo hago será por una temporada».


MAGDA RUBIO, 63 AÑOS / EXPROPIETARIA DE UN RESTAURANTE
«No se me caen los anillos»


«No estoy triste por dejar la clase media». Magda Rubio tiene 63 años y es plenamente consciente de que ha perdido gran parte de la capacidad económica que tuvo tiempo atrás. Dice que empezó a perder comba cuando se separó y renunció a exigir una pensión acorde con el nivel adquisitivo de su marido. Después incluso renunció a la pensión, aunque más tarde la realidad la obligó a reclamar y recuperar algo de dinero. Hasta diciembre pasado, era propietaria de un restaurante en el que llegó a tener cuatro empleados: «Al final, perdía dinero y no pude más».

Traspasó el negocio, lo que le dará algo de dinero hasta dentro de un par de años. Se prejubiló, con una pensión de casi 600 euros de los que ahora le descuentan una parte porque encontró trabajo en la Universitat Autònoma de Barcelona, en una biblioteca, un contrato que acaba en junio: «Coloco libros de 9 a 12». Cobra 530 euros al mes, 10 menos de los que ella paga por el piso que compró en Sabadell. «Nunca había tenido tan poco y a la vez tanto». A Rubio su caída económica le ha servido para relajar su vida en todos los sentidos. Es abuela y repite una frase también empleada por la periodista S. G. L.: «No se me caen los anillos por hacer un trabajo peor».

Magda asegura que adaptarse a su nueva vida, al margen de ser obligatorio, le ha servido para sacarse de encima problemas. No añora, asegura, los tiempos en los que su economía era boyante.

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