Los jóvenes de EEUU se enfrentan a un futuro incierto con la crisis que empezó en 2008. Con pocas perspectivas laborales, están protagonizando un cambio de mentalidad: mientras esperan a que amaine el temporal, se replantean su carrera o se conforman con trabajos poco interesantes pero que les permitan tener tiempo libre, según cuenta The New York Times.

Cuando Stephanie Kelly, graduada en 2009 por la University of Florida, buscaba trabajo de lo suyo, la publicidad, encontró pocas ofertas y aún a menos interesados en ella. Así que ahora tiene dos trabajos: como “secretaria principal” a tiempo parcial en el Museo de Historia Natural de Florida en Gainesville, y con un trabajillo escribiendo como freelance en Elfster.com, una página web dedicada a los regalos de “amigo invisible”. Pero, ¿acaso está Kelly estresada porque no existan opciones en una carrera para la que se ha estado preparando durante cuatro años? En absoluto. En vez de eso, ha empezado a apreciar su vida. “Puedo cocinar y escribir a mi propio ritmo,” afirma. “Me gusta tener esas cosas en mi vida.”

Del mismo modo, Amy Klein de 26 años, que se graduó en Harvard en 2007 de Literatura Inglesa, no podía encontrar un empleo en el sector editorial. En cierto momento, envió una solicitud para un puesto como asistente editorial en la revista Gourmet. Menos de dos semanas después, Condé Nast cerró dicha revista, con 68 años de historia. Una noche se encontró con un amigo que le propuso formar parte de un grupo de rock, Titus Andronicus, como guitarrista. Antes, esto se hubiera considerado un suicidio profesional. Pero comparada con un aburrido trabajo de día, la música de repente se convirtió en un reclamo considerable. Así que la primavera pasada, Klein realquiló su habitación en el barrio de Brooklyn y se fue de gira por todo el país en una vieja furgoneta Chevy. “Estoy realizando mis sueños artísticos,” cuenta Klein.

Estos son algunos de los que forman lo que podría llamarse la Generación Limbo: veinteañeros con estudios cuyas carreras profesionales están estancadas en trabajos sin futuro y lánguidas perspectivas. Así que esperan: a que la economía mejore, a que se materialicen buenos empleos, a tener un golpe de suerte. Algunos lo hacen con amargura, frustrados de que sus carreras bien planeadas se hayan descarriado. Otros lo hacen con ansiedad, preguntándose cómo van a pagar el alquiler, el crédito de sus estudios, sus costes de vida –y a veces recurriendo a prestaciones del gobierno que antes hubieran sido impensables para ellos.

“Hicimos todo lo que debíamos hacer,” comenta Stephanie Morales, de 23 años, que se graduó en Dartmouth College en 2009 con la esperanza de trabajar en algo relacionado con el arte. En vez de eso acabó sirviendo mesas en un restaurante Chart House en Weehawken, Nueva Jersey, ganando 2,17 dólares la hora más propinas, para pagar su crédito de estudios. “¿Qué sentido tiene haber trabajado tan duro durante 22 años si no había nada ahí afuera?” se pregunta Morales, que ahora también es asistente jurídico y tiene la intención de estudiar Derecho.

Algunos de los compañeros de clase de Morales se han visto obligados a recurrir a la asistencia social. “No te esperas que alguien que acaba de pasar cuatro años en universidades de la Ivy League [una agrupación de ocho universidades privadas del noreste de EEUU que se caracteriza por la excelencia y el elitismo] esté dependiendo de cupones de comida,” afirma Morales, que estima que media docena de sus amigos están en un Programa de Asistencia de Nutrición Suplementaria. Unos pocos incluso están orientando a graduados más jóvenes sobre cómo buscar trabajo. “Les estamos transmitiendo nuestras costumbres sobre cómo vivir en el mundo adulto siendo un trabajador pobre,” cuenta Morales.

Pero también hay personas como Kelly y Klein, que son más laissez-faire. Con un mercado de trabajo todavía débil, su lema podría ser: “¿Sin carrera? ¿Sin futuro? ¡Sin preocupaciones!” (Bueno, por lo menos por ahora). Después de todo, gran parte de la situación en la que se encuentran se escapa de su control, ya que son víctimas de un mal momento. Klein compara sus compañeros de Harvard con los que tuvo su hermana mayor, que se graduó en Harvard siete años antes. Esos graduados de hace unos años, explica, estaban obsesionados con su carrera y, ayudados por una economía fuerte, persiguieron con ímpetu puestos de trabajo de poder justo después de acabar los estudios.

En comparación, Klein dice que sus compañeros de ahora parecen resignados a esperar que cambie el clima económico. “Mucha gente trabaja en librerías o en puestos administrativos sin muchas perspectivas de promoción, aunque tengan una carrera en Harvard,” comenta. “Están pensando más en términos de crearse su propio estilo de vida que les interese y no tanto en seguir una idea convencional de éxito y seguridad laborales.”

Las cifras no son alentadoras. Cerca del 14% de los que terminaron la universidad entre 2006 y 2010 están buscando un trabajo a jornada completa, ya sea porque son desempleados o porque solo tienen un empleo a tiempo parcial, según una encuesta a 571 recién graduados publicada el pasado mes de mayo por el Heldrich Center en Rutgers. Y luego está el colectivo de graduados que trabajan en precario, usando su título universitario en puestos de trabajo que no lo precisan o simplemente desechándolo, trabajando en call centers, bares o papelerías. “Son la generación pospuesta,” según Cliff Zukin, uno de los autores del estudio del Heldrich Center. Zukin llegó a la conclusión de que presumiblemente los recién graduados vivían más tiempo con sus padres y les costaba más tiempo ser estables económicamente. El viaje por el camino de la vida, para muchos, se ha estancado. La encuesta también destacó que la parte de los graduados que percibían su primer empleo como parte de su “carrera profesional” cayó del 30%, si habían terminado los estudios antes de la crisis de 2008 (en 2006 y 2007), hasta un 22%, si habían acabado después de empezar la crisis (entre 2009 y 2010).

Desafortunadamente, esas cifras no mejoran para segundos trabajos, añade Zukin, y sugiere que los recién graduados van cambiando de campo sin rumbo fijo. De hecho, Till Marco von Watcher, un Profesor de Economía en la Columbia University que ha estudiado el impacto de las crisis entre los trabajadores jóvenes, afirma que las consecuencias sobre los salarios tardarán cerca de una década en desaparecer.

Mientras tanto, un trabajo modesto significa una vida modesta. Benjamin Shore, de 23 años, se graduó en la University of Maryland el año pasado de Empresariales y planeaba dedicarse a la consultoría. En vez de eso, volvió a casa de sus padres en Cherry Hill, Nueva Jersey, y pasaba sus días buscando trabajo en Internet.  Pero cuando sus padres empezaron a cobrarle un alquiler de 500 dólares mensuales, se trasladó a una habitación sin ventanas en una casa adosada de Baltimore y aceptó un trabajo a 12 dólares la hora en un call center, llamando en nombre de una universidad para convencer a personas de que retomen sus estudios. “No tiene sentido ser diplomático: es horrible,” cuenta Shore. “Tengo estudios universitarios y siento que estoy perdiendo el tiempo estando ahí,” añade. “Se supone que tengo que hacer algo interesante, algo con mi cerebro.” Durante un tiempo, Shore dirigió LongevityDrugstore.com, una tienda online de fármacos que él mismo fundó, pero no funcionó. Para estirar su sueldo, cocinaba judías y arroz en casa y conducía despacio para ahorrar gasolina. Al final lo dejó, consiguió un trabajo como mozo de carga y se está planteando ser doctor.

Seguramente no es ninguna sorpresa que el voluntariado se haya convertido en una salida popular para una generación que quiere un trabajo que signifique algo. Sarah Weinstein, de 25 años y graduada desde 2008 por la Boston University, lleva un bar en Austin porque no ha podido encontrar un trabajo en publicidad. En su tiempo libre, es voluntaria y se encarga de la relación con los medios en Austin Pets Alive, un refugio de animales. “Estaría bien ganar más dinero,” dice Weinstein, pero “lo prefiero así porque tengo tiempo libre para dedicarme al voluntariado y a otras cosas.” Ser voluntario, sin embargo, tiene sus limitaciones. Tras tres años sin un empleo en publicidad, ahora se ha inscrito en una escuela de postgrado para reciclar su currículum.

Mientras, personas que han sido expulsadas de esta feroz carrera de la vida moderna están reevaluando sus valores y buscando la satisfacción en otros sitios. “Tienen que replantearse su idea sobre lo que quieren,” afirma Kenneth Jedding, autor de Higher Education: On Life, Landing a Job, and Everything Else They Didn’t Teach You in College (“Educación superior: Sobre la vida, conseguir un trabajo y todo lo que no te enseñaron en la universidad”).

Para Geo Wyeth, de 27 años y que se graduó en Yale en 2007, eso significa adoptar un enfoque do it yourself (“hágaselo usted mismo”) para su carrera. Tras la universidad, trabajó en una tienda Apple de Nueva York como dependiente y formador, mientras que desarrollaba su carrera musical con una banda de rock experimental. Afirma que ha observado un cambio entre sus colegas que se alejan del camino corporativo y se mueven hacia una mentalidad más artística. “Tienes que crearte tú mismo las oportunidades, y creo que muchos de mis compañeros de clase no pensaban antes de ese modo,” dice. “Es el equivalente a montarte tu propio puesto de limonada.”

 


* Lee, Jennifer. “Generation Limbo: Waiting It Out”. The New York Times, 31/08/2011 (Artículo consultado on line el 07/09/2011).


Acceso a la noticia: http://www.nytimes.com/2011/09/01/fashion/recent-college-graduates-wait-for-their-real-careers-to-begin.html?_r=1&pagewanted=1&emc=eta1

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