En 2009 emigraron oficialmente 102.432 personas de España, muchos de ellos jóvenes bien preparados y dispuestos a correr riesgos para triunfar. ¿Estamos ante una fuga de cerebros? La Vanguardia ha recogido la opinión de J.R. Pin Arboledas, profesor del IESE, y la de Francisco Loscos Arenas, profesor de ESADE.

Los emigrantes españoles del siglo XXI son en su gran mayoría jóvenes con empuje, bien preparados, emprendedores dispuestos a correr riesgos y triunfar. Marchan convencidos de ganarse el futuro porque desafortunadamente el mercado laboral español no puede satisfacer sus deseos laborales. La gran duda es si, a su regreso, seguirán siendo productivos en nuestro país.



"Volví la cara llorando..."

J.R. PIN ARBOLEDAS, profesor del IESE

El título de este artículo es un párrafo de la canción El emigrante (1949) que cantaba Juanito Valderrama. Era un homenaje a una emigración empujada por el hambre o las ideas políticas; emigración de maleta de cartón, ferrocarril o barco; emigración que fue desapareciendo poco a poco. Es más, en los años 70 del siglo XX hubo un reflujo de españoles que volvieron del extranjero; y en los 90 y, sobre todo, en los primeros años del XXI, España se llenó de inmigrantes; hasta el 10% de su población.

Durante estos años venturosos que duraron hasta el 2007, hubo españoles que salieron a otros países. Las razones de esta emigración fueron distintas: aventura, retos y nuevas oportunidades, negocio, aprendizaje de idiomas, posibilidades de estudios o carrera, seguir a una pareja o un matrimonio extranjero, etc. Nos lo muestra periodísticamente el programa Españoles en el mundo. No puede decirse que se pudiera aplicar la frase de la canción a esta emigración selectiva y voluntaria. No lloraron en su marcha. Muchos han triunfado, como científicos, cocineros, artistas, padres o madres, otros no, pero el país siempre está dispuesto a recibirlos de nuevo.

Desde el 2007 hasta ahora el panorama ha cambiado. La emigración española de los últimos tres años no ha sido atraída por las bonanzas del extranjero, sino expulsada por las dificultades de la economía española. En el 2009 emigraron oficialmente 102.432. A esta cifra, hay que sumar los sudamericanos de doble nacionalidad que retornaron a países como Argentina; 33.000 se calculan para los dos últimos años.

La emigración siempre es selectiva. En términos generales son personas con empuje, emprendedores dispuestos a correr riesgos y triunfar. Por eso nunca es bueno para un país desangrarse demográficamente con la emigración. Menos aún una España con una pirámide de población casi invertida. Sólo cuando se realiza el retorno del emigrante en tiempo de capacidad productiva se puede capitalizar lo que se aprendió fuera como ocurrió con emigrantes de los años cincuenta y sesenta del siglo XX a Europa. Pero si no vuelven a tiempo se pierde su potencial humano. Eso nos puede pasar ahora si no se remedia.

En los dos últimos años, a la selección por carácter emprendedor, la emigración añade la formación. Emigran jóvenes universitarios, cerebros se llaman ahora, empujados por los bajos salarios y la precariedad laboral. El desempleo juvenil ronda el 40%, más del 30% del empleo español es temporal y casi el 90% de los contratos de cada año también. España no ofrece un panorama profesional atrayente y eso es lo peor que refleja esta emigración.

Los principales empresarios españoles han creado una fundación con objeto de mejorar la marca España a nivel internacional. Se llama Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC). Son conscientes de que lo que hace cinco años suponía un activo para sus empresas, el origen hispánico, es ahora un inconveniente a nivel internacional. Pues bien, la marca España, desde el punto de vista profesional, tampoco se está vendiendo bien internamente. Nuestros jóvenes la compran para vivir, tener una familia o disfrutar de su ocio, pero no para hacer una carrera. Se dice que tenemos una gran calidad de vida, pero no hay futuro profesional.

Una parte de la competitividad es la retención y fidelización de ese talento que se nos va de un país con unas empresas que contratan precariamente y sin futuro. El Consejo Empresarial para la Competitividad debe ser consciente de ello; hay que mejorar la marca España fuera, pero también dentro. Para ello deben modificarse las prácticas de dirección de Recursos Humanos en las empresas.

Los empresarios dirán que sus políticas actuales se deben a la legislación laboral, que los políticos y los sindicatos son los culpables por no dejar más libertad al mercado. Es parte de la verdad, pero no toda. Mercadona, con Juan Roig a la cabeza, con la misma legislación laboral tiene unas prácticas laborales que dan seguridad de empleo y desarrollo profesional dentro de la compañía. Mercadona practica con el ejemplo. Su presidente es uno de los empresarios que empujó el Consejo Empresarial para la Competitividad. Si la inmensa mayoría de las empresas españolas tuvieran esa filosofía nuestros jóvenes universitarios se irían menos.

Y ya no lloran, se van con la sonrisa del audaz. Su preparación y cualidades son apetecibles en Centroeuropa. Angela Merkel, la cancillera alemana, vino hace unos meses a ofrecerles esperanza y futuro profesional; sabe que los ingenieros españoles tienen un excelente grado de preparación. En Inglaterra médicos, farmacéuticos y ATS españoles tienen asegurado un puesto de trabajo. No se van tan tristes como decía la canción de Juanito Valderrama. Los que deberían volver la cara llorando son los políticos, los sindicalistas y los empresarios al verlos marchar.




Nuevos escenarios

FRANCISCO LOSCOS ARENAS, profesor de ESADE

Estamos asistiendo a una nueva delimitación de los escenarios que tradicionalmente han configurado el mercado de trabajo. Desde la perspectiva socioeconómica el concepto Mercado Económico Europeo está absolutamente interiorizado; sin embargo, desde la dimensión cultural, la visión es diferente, se percibe una multiplicidad de mercados.

Pero, ¿tiene sentido hablar de migración dentro del mismo espacio? Es cierto que los fenómenos migratorios en busca de oportunidades de trabajo han formado parte de las dinámicas sociolaborales desde hace más de un siglo, pero no es menos cierto que, en estos momentos, coexisten la misma necesidad y la nueva realidad. Una realidad que hace ya algún tiempo determinó un único espacio económico europeo, del que, entre otras cuestiones, se derivaron una moneda única, y más recientemente el espacio europeo de educación superior que surge al amparo de la Declaración de Bolonia.

Gestionar adecuadamente esa coexistencia es una extraordinaria oportunidad, tanto para los estados como para las empresas, y no sólo para corregir las disonancias del mercado de trabajo, sino también para fomentar el desarrollo de la empleabilidad, entendida como una experiencia de integración cultural, es decir, de adaptabilidad.

El anuncio que hizo Angela Merkel solicitando profesionales españoles no es nuevo en el fondo, aunque sí lo es en las formas, con una atrevida y atractiva puesta en escena. Sin embargo, el fondo que Merkel está planteando no es diferente a lo que, por ejemplo, viene postulando desde hace años el mercado sanitario inglés en relación con posiciones en enfermería.

La gestión de la migración no puede plantearse como un acontecimiento estadístico. Es un concepto absolutamente conductista… porque más allá de la trascendencia de los números –que es mucha– está la trascendencia cultural, que al final es el motor de cualquier actuación.

Las cifras nos dicen que el perfil del emigrante por cuestiones laborales es el de profesionales con titulación universitaria, en una franja entre los 25 y los 35 años, sin responsabilidades familiares y que se plantean la migración como una experiencia temporal de dos o tres años y con billete de regreso. Desde esta perspectiva, ¿tiene sentido hablar de 'fuga de cerebros' o mejor refundamos el concepto y lo convertimos en 'oportunidades de crecimiento profesional'?

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