La alarma por la gripe A y el paro causan un temor colectivo. En la confortable sociedad actual la adversidad se tolera peor y produce miedo. El pánico colectivo origina estrés, reduce la motivación y baja la productividad.

El temor al otoño flota en el ambiente cuando todavía no han caído las hojas ni ha llegado el frío. Desempleo y gripe A se han convertido en las dos grandes amenazas en la vuelta a la actividad tras el paréntesis del verano. Su combinación origina un sentimiento colectivo de miedo al otoño, en el que se espera que la pandemia tenga mayor efecto en España y se recrudezca el proceso de destrucción de empleo. El temor al paro resulta más justificado que el temor a la gripe A, aunque este quizá sea más potente por su carácter de riesgo indefinido y su amplificación mediática. Ambos causan estrés y desmotivación laboral. Los expertos recomiendan tratar de racionalizar la sensación de riesgo.

"Somos mucho más sensibles al miedo que antes. En una sociedad más consumista como la nuestra toleramos menos los inconvenientes y el miedo aumenta. Reaccionamos peor ante los inconvenientes", afirma el psiquiatra Enrique González Duro, autor del libro Biografía del miedo.En la "sociedad líquida" que describe el sociólogo Zygmunt Bauman los vínculos sociales se han debilitado y los temores se hacen más intensos. González Duro asegura que "al poder le interesa tener a la gente acobardada, asustada, pues así no va a ninguna parte". Pero rechaza la hipótesis de una mente malévola que elabore planes para atemorizar a la humanidad. A su juicio hay "una serie de procesos que se potencian unos a otros yque generan la histeria colectiva".

Pero en el caso concreto del temor a la gripe A es posible señalar los beneficiarios, las empresas farmacéuticas fabricantes de las vacunas y los antivirales. "Cada vez sabemos más del marketing de estas corporaciones y de la utilización que hacen de los medios para sus estrategias, a fin de levantar alarma. No es algo errático. Y si hay organización, debe existir algún cerebro detrás", opina Carlos ÁlvarezDardet, catedrático de Medicina Preventiva y de Salud Pública de la Universidad de Alicante.

Sea fruto de campañas orquestadas o por procesos aleatorios, los temores colectivos se alimentan de la disposición humana a atemorizarse porque, como apunta la psicóloga Xaro Sánchez, "nuestro cerebro se queda con lo que le puede generar más problemas". Explica que "el miedo se contagia como sucede con todas las emociones, a través de las neuronas espejo". Xaro Sánchez distingue entre el exagerado temor a la gripe A y el más realista miedo al desempleo, pesea que en las últimas semanas el Gobierno lanzase el mensaje de que lo peor de la crisis ya pasó.

El fantasma del desempleo reapareció ayer en las pantallas de la televisión, tras el incremento del paro registrado en agosto en España, después de tres meses de descenso. Durante el verano, tanto los agentes sociales como distintas consultoras ya habían alertado de un nuevo aumento que se podría cebar con los trabajadores con contrato indefinido y los autónomos.

"Naturalmente que existe ese miedo colectivo a la gripe y al paro", dice Miquel Porret, catedrático de Organización de Empresas de la Universitat de Barcelona, quien explica que "se espera una oleada de desempleo para septiembre y octubre en la industria y los servicios". Apunta que el temor a perder el trabajo ha supuesto un descenso del absentismo laboral por bajas de corta duración y una caída de las reclamaciones para reducir la jornada o aumentar las vacaciones. "Tanto el miedo al desempleo como el de la gripe crean estrés y ello comporta una desmotivación que perjudica a la calidad y al volumen de la producción", concluye Porret.

El desempleo vuelve a aparecer como una amenaza real, aunque no lo sea para toda la población que percibe ese riesgo. Por ejemplo, en una ciudad de funcionarios como Santiago de Compostela se percibe desde comienzos de año ese temor en parte infundado, fruto de una sugestión colectiva. La exageración resulta muy evidente en el caso de la gripe A. "¿Qué sucedería si los medios retransmitieran las muertes por gripe común como hacen con la otra?", se pregunta Andreu Segura, presidente de la Sociedad Española de Salud Pública, quien sostiene que la alarma es excesiva, según demuestra la experiencia de la evolución de la pandemia durante el invierno en el hemisferio sur.

José María Martín, catedrático de Salud Pública de la Universidad de Valencia, afirma que "hay que estar alerta, pero eso no justifica la alarma ni el pánico. Ya decía Hitchcock que lo importante no es lo que ocurre, sino lo que la gente cree que puede llegar a ocurrir".

La retransmisión en directo de la pandemia aparece como el principal elemento amplificador, según señala Fernando Rodríguez Artalejo, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, quien incide en la incertidumbre existente en el conocimiento científico del virus, lo que contribuye a elevar la sensación de riesgo. Los expertos en Salud Pública hablan ya de una "epidemia de miedo" en el caso de la gripe A, que puede provocar una saturación injustificada de los servicios sanitarios.

Ante el miedo colectivo, la vacuna se halla en la racionalidad, en intentar situar los riesgos en su justa medida. La psicóloga Xaro Sánchez recomienda que en el caso de la gripe "se escuche lo que dicen los expertos. El problema es que el efecto de la información objetiva dura hasta que llegamos a la puerta del vecino". Y sobre el desempleo aconseja que quien ve su puesto de trabajo amenazado, lo asuma y busque alternativas, mientras que quien no se halle en esa situación "esté tranquilo y haga una vida normal, huyendo de la angustia".

Miquel Porret considera que para conjurar los temores infundados y evitar la propagación de rumores y bulos que generan un mal clima laboral, las empresas deben apostar por "una información adecuada".

Por su parte, entre los expertos en Salud Público existe consenso en recomendar que se tomen medidas de prevención, como lavarse bien las manos, pero sin caer en el alarmismo ni en la psicosis colectiva que llenaría las calles de mascarillas. "En este caso el Gobierno lo está haciendo bien", opina Carlos ÁlvarezDardet. "Sólo hay que tenerle miedo al miedo", dijo Franklin Delano Roosevelt, el presidente de EE. UU. que ganó la Segunda Guerra Mundial.


Los inmigrantes, los más vulnerables

De los 4,1 millones de parados que hay en España según la Encuesta de Población Activa, un millón son inmigrantes. Y entre los veintiún muertos que hubo hasta ahora por gripe, al menos cuatro eran personas de origen extranjero. Tanto en el caso del desempleo como en la pandemia el impacto sobre los inmigrantes es mayor que su peso demográfico, ya que según el último padrón son 5,6 millones de personas que representan el 12% del total, de acuerdo con los datos del INE.

"Lo previsible es que la gripe A alcance a los inmigrantes en la misma proporción que al conjunto de la población, pero es probable que en ellos se presenten más complicaciones", explica el catedrático de Salud Pública Carlos ÁlvarezDardet. Señala que esas mayores complicaciones se dan en el conjunto de clase trabajadora, a la que por lo general pertenecen los inmigrantes, debido a la presencia de hábitos menos saludables, una peor alimentación o un menor control por parte de los médicos. En cuanto al desempleo, la mayor incidencia entre los inmigrantes se explica por su presencia en los sectores más afectados por la crisis, como la construcción, y por el tipo de actividad que desarrollan.

Sin embargo, como explica el sociólogo Lorenzo Cachón, se trata de un colectivo "más endurecido" y más acostumbrado a buscar soluciones que buena parte de la sociedad española, a menudo sin una experiencia previa en el desempleo. Cachón señala que la crisis está originando un cambio en las características de la inmigración en España que las estadísticas oficiales todavía no detectan.


¿Cómo superar la angustia por el futuro?
FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ - Director de la Cátedra Ethos de Universitat Ramon Llull

El más célebre ensayo sobre la angustia es obra del filósofo danés Søren Kierkegaard. Lo publicó en el año 1844 y ha sido abundantemente citado y referido a lo largo del siglo XX. En El concepto de la angustia aborda este estado anímico complejo y doloroso llamado angustia, que irrumpe en la vida humana y exige una terapéutica. Si uno lo lee atentamente, no hallará en él una curación clara ni fáciles recetas para salir del atolladero. Es posible, y no lo digo con segundas, que se angustie todavía más.

La angustia ni es la simple ansiedad ni el miedo; es el temor de no poder, es la asfixia vital, la sensación de que no hay salida. Se relaciona directamente con la capacidad de anticipar. Cuando uno, en virtud de su imaginación, anticipa males que pueden sucederle en el futuro, pero que aún no ha padecido, se angustia.

En contextos de crisis, de recesión económica y de malos presagios sociales, la angustia vital crece, se extiende como un virus, como también el desaliento, el escepticismo existencial, o, para decirlo con palabras de José Ortega y Gasset, la pesadumbre de existir. En tales situaciones se hace pesado vivir, llegar a final de mes, hacer frente a la vida cotidiana. Las noticias que irradian los medios de comunicación social todavía acrecientan más esta sensación de angustia vital.

Muchas personas experimentan esa vivencia al empezar este nuevo curso, pues temen que durante este otoño va a suceder lo peor. No existen recetas fáciles para combatir tal estado anímico. Muy frecuentemente la única salida que a uno se le ocurre es la salvación por medio del fármaco. Sin negar su valor efectivo, se puede recurrir a otras estrategias menos agresivas para el cuerpo, como el control del flujo mental y emocional.

Frente a la anticipación negativa se impone la necesidad de controlar la imaginación y limitar el pensamiento a los hechos reales y no hipotéticos. El futuro es incierto. No es algo preescrito ni definido a priori. En él hay espacio para lo imprevisto y para lo nuevo. Frente a la desesperación resulta esencial estimular la confianza en uno mismo, en las propias posibilidades, para vencer las contrariedades. En situaciones de adversidad, uno descubre recursos en su ser que estaban ahí, aletargados, a la espera. Ahí donde el pensamiento negativo sólo ve carencias y problemas, el pensamiento positivo detecta posibilidades y recursos.

En contextos de angustia colectiva se debe vencer la tendencia individualista a resolver los problemas por uno mismo, sin contar lo más mínimo con los otros. La ayuda mutua, la complicidad, las estrategias compartidas son siempre buenos antídotos a los males que derivan de la crisis.

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