Entrevista de "La Contra" de La Vanguardia a Robert Castel, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, París: "Es necesario poner en marcha límites, reglamentaciones, leyes, para controlar el mercado."

Tengo 76 años. Vivo en París. Enviudé y me volví a casar: dos hijos y dos nietas. Hoy jubilado, pero sigo participando en la universidad y escribiendo. De izquierdas y ateo. He participado en el congreso Treball i Ciutadania organizado por Entitats Catalanes d´Acció Social (ECAS)

A mí lo que me interesa es el cambio, su dinámica.

Pues ahora estamos inmersos en uno.

Hace 30 años, en países como Francia, las condiciones de trabajo eran estables. Alguien que trabajaba obtenía un salario correcto, protección social, derechos como el retiro, invalidez…

¿Se acabó?

El mundo del trabajo ha cambiado radicalmente: hay paro de masas, se desarrollan unas fórmulas de trabajo muy precarias, muy intermitentes. El resultado es que hoy volvemos a lo que ya se había erradicado.

¿De qué se trata?

De gente que trabaja y sigue siendo pobre, no tienen suficientes ingresos para asegurar sus necesidades y las de su familia. ¿Qué ha pasado en estos 30 años que pueda explicar esta gran transformación?

¿Qué ha pasado?

Hacen falta horas para responder.

Vayamos a lo esencial profesor.

Antes había un cierto equilibrio entre las exigencias del mercado y la competitividad empresarial, y contrapartidas fuertes para los trabajadores. Trabajar implicaba cierta seguridad, ingresos y derechos.

Ahora no, ¿y?

El equilibrio relativo se ha fragilizado, hemos entrado en una forma de capitalismo más salvaje basado en la competencia exacerbada. Las contrapartidas al trabajo no han desaparecido pero han disminuido, sobre todo, para el trabajador pobre, ese que se está multiplicando, de nuevo gente que vive al día, que no tiene protección social asegurada.

Pero ese capitalismo exacerbado está entrando en crisis.

Si continuamos en esta dinámica que consiste en dar todas las ventajas al mercado y a las empresas y, en particular, al capital financiero, llegaremos a una desregulación de la sociedad.

¿Y a dónde nos va a conducir?

Hacia una sociedad enteramente mercantilizada, donde habrá vencedores y vencidos, donde los ricos serán más ricos y los pobres más pobres.

Ya estamos en ello, profesor.

Por eso hablo en términos de proceso: en Francia y en España se dan todavía protecciones sociales fuertes, pero se están debilitando y corremos el riesgo, aunque hoy parezca impensable, de que desaparezcan.

El trabajo es más que sobrevivir.

Sí, es también lo que nos otorga derechos y un reconocimiento social, es fundamental en la integración y el reconocimiento del individuo en la sociedad.

Pues dicen que vamos a entrar en un índice de paro de un 30% crónico.

Multiplicará lo que he definido como "individuos por carencia". La gente en paro está degradada, no puede conducir su vida con un mínimo de independencia.

Es decir, les define más lo que no tienen que lo que tienen.

Ese 30% de individuos van a ser condenados a una especie de subvida, serán excluidos de una participación en el conjunto de las relaciones sociales, de los intercambios. El resultado será una sociedad dual.

Los integrados y los descolgados.

Habrá una parte de la población reconocida como ciudadanos totales, y otra parte excluida y marginada que vivirá una vida de subciudadano, lo cual es muy peligroso para la democracia. Una sociedad democrática es una sociedad en la que todo el mundo es igual y tiene un mínimo de recursos y derechos para hacer sociedad.

Parece que los políticos se alejan de los ciudadanos y más gente deja de votar.

Sí, hay un número creciente de personas que piensa que la política no puede hacer nada por ellos, tiene la impresión de estar abandonada y, en particular, la gente de medios populares cree que Europa se construye, pero por encima de sus cabezas. Según mi punto de vista están equivocados.

Pues sonaba muy real.

Se instalan en una pasividad de la cual son las primeras víctimas. Yo continúo creyendo que existe una izquierda y una derecha.

Ya tenemos licenciados entre los sin techo, ¿cuál es su propuesta?

Hay que domesticar el mercado. Es necesario poner en marcha límites, reglamentaciones, leyes, para controlar el mercado.

Ya, pero eso es una evidencia.

Sí, pero si escondemos la cabeza en la arena, es una evidencia que no afrontamos: el mercado no funciona, su propia dinámica no permite construir una sociedad verdaderamente humana en la que exista un mínimo de solidaridad y justicia. Debemos inventar nuevas formas de intervención.

¿Qué es lo que le sorprende de la dinámica humana?

Hegel decía que todo lo que es real es racional, es decir, que no hay nada sorprendente, únicamente cuestiones difíciles de analizar.

Pues analíceme el ser humano...

Tenemos malos tragos que pasar porque el mundo social es duro y nuestra historia está hecha de mucha violencia, dificultades y penas. Para mí, un ser humano es alguien que ha comprendido eso.

¿Que la vida es dura?

Sí, y que la libertad no cae del cielo. Aun así, uno intenta dominar su vida en este mundo lleno de conflictos y constantes pruebas, y eso es la dignidad, que no viene dada, hay que conquistarla, es el resultado de cómo cada ser humano asume la vida conflictiva.


Lo sorprendente

Es el gran gurú francés de los movimientos sociales, considerado un analista riguroso y brillante. Lo de riguroso posiblemente sea cierto. Pero siempre me ha asombrado de ciertos intelectuales (que es como él se define) que le den categoría de profunda reflexión a algo que para todos es obvio. En esa dinámica transcurre esta entrevista, sus afirmaciones son las que oímos a diario a la panadera, al taxista, al conserje, a la joven universitaria..., pero argumentadas, en el caso del sociólogo, de forma más solemne y con menos humor. Quizá la lección sea dejar de hacer de espectador del propio fracaso como sociedad y darle a los sociólogos material para creer en lo sorprendente.

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