Las jornadas maratonianas perjudican a la salud, los hijos, la pareja y la productividad, mientras que los empleados con horarios más racionales rinden más al vivir mejor. Aguas de Barcelona es un ejemplo de empresa con horario flexible.

Son las 16.30 horas y de las silenciosas oficinas comienza a salir, de golpe, una hilera de trabajadores. Acaba de terminar su jornada laboral. Unos van directos al colegio, a recoger a sus hijos. Otros, a casa, a descansar un poco o a cuidar de algún familiar. Y hay un grupo que aprovecha para ir de compras o hacer deporte. No son unas oficinas de Alemania, Suecia o Dinamarca. Están en Sant Cugat del Vallès, son de una multinacional farmacéutica, Boehringer-Ingelheim, y sus empleados no solo parecen felices, sino que también dicen serlo. Es el caso de Lourdes, Conxita, Úrsula y Evelyne, que han conocido también la otra cara, la de estar hasta las nueve de la noche trabajando.

«Los amigos apenas se lo creen cuando dices que sales antes de las cinco. En otros trabajos te miran mal si sales antes de las siete; aquí es normal. No perdemos dos horas comiendo a mediodía; como mucho, una hora. Y estamos encantadas».

Que una empresa siga llamando la atención por facilitar la conciliación laboral y familiar es la prueba más palpable del desorden horario reinante en gran parte de los trabajos españoles. Un mal de muchos al que hay poner remedio cuanto antes, dicen los expertos. «Una persona que trabaja con un horario racional vive mejor y por tanto rinde más. El problema es que aquí no se va nadie a casa hasta que no lo hace el jefe; hay que hacer acto de presencia. Para salir de la crisis, si queremos ser competitivos, debemos buscar la cultura de la eficiencia y olvidarnos de la cultura del presentismo», asegura Ignacio Buqueras, presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles (Arhoe).

La opinión del dirigente de esta entidad –de la que forman parte nueve ministerios, 14 Gobiernos autonómicos, universidades, empresas y sindicatos– no solo la ratifican otros economistas consultados por este diario. La avalan también numerosos informes con una conclusión tajante: los países con horarios laborales más flexibles tienen una mayor productividad.

España es uno de los países de Europa en los que los empleados pasan más horas en el lugar de trabajo, «que no trabajando», aclara Buqueras. «Según los datos de la oficina de estadísticas de la Unión Europea Eurostat, los españoles trabajamos 1.815,8 horas al año, 161,6 más que la media de la UE de los Quince –añade el presidente de la Arhoe–. Sin embargo, los empleados de aquí ofrecen una rendimiento menor que los de Francia, Alemania, Holanda...» Curiosamente (o no), estados para los que diferentes indicadores internacionales vaticinan una recuperación económica mucho más pronta que para España.

PAPEL CLAVE DE LA MUJER / La racionalización de horarios y, por ende, la conciliación laboral y familiar, sigue siendo una quimera en muchas compañías españolas, y eso que la situación ha empezado a cambiar gracias a la incorporación masiva de la mujer al mundo del empleo. La generación actual de mujeres (que efectúan un enorme sobreesfuerzo porque las tareas domésticas siguen recayendo mayoritariamente en ellas) es la que más presión ha ejercido para poner fin al desorden horario. Un objetivo de cuyos beneficios disfrutan ya las pocas empresas que se han sumado al cambio. Un caso paradigmático es el de Iberdrola, recuerda Consuelo León, investigadora del Centro Internacional Trabajo y Familia del IESE y autora junto con Nuria Chinchilla del estudio Experiencias en organización del tiempo de trabajo en las empresas de Catalunya. En esa compañía eléctrica se generalizó un horario de 7.30 a 15.30 horas y los resultados han sido extraordinarios: la productividad ha crecido por encima incluso de las previsiones, la empresa ha experimentado un notable ahorro energético en las oficinas y la satisfacción de los empleados es mayoritaria.

GRAVES PERJUICIOS / Justo lo contrario de quienes se pasan el día en el trabajo y dedican dos horas a comer, una de las causas principales de este desbarajuste organizativo que acarrea una larga lista de perjuicios. El primero, los problemas familiares, que pueden originar desde el fracaso escolar de los hijos por la falta de atención hasta la ruptura de pareja. El segundo, los problemas de salud (estrés, depresión...), que acaban repercutiendo en el tercero, la siniestralidad laboral, y en el cuarto, la baja productividad y la falta de implicación con el empleo.

El mejor antídoto para evitar estos males, coinciden Buqueras y León, es finiquitar la jornada laboral typical spanish y apostar por la flexibilidad y la eficiencia. La que demuestran a diario Lourdes, Conxita, Ursula y Evelyne en la sede vallesana de Boehringer-Ingelheim. Seguro que los antidepresivos que fabrica esta farmacéutica son mucho más necesarios en otras empresas.


Menos de una hora para la comida, y a las seis, fuera

Cuando Mikel Irizar aterrizó desde Estados Unidos en la sede barcelonesa de NTR Global, una multinacional de la informática instalada en Diagonal Mar, «la gente comía de dos a cuatro, como en casi todos los sitios». Mucho ha cambiado la situación desde entonces, tanto para el propio director de márketing como para los 100 trabajadores. «Aquí trabaja gente de muchos países diferentes y entre todos hemos aportado cambios, sobre todo en el horario».

Ahora, la mayoría de los empleados salen a comer en torno a las 13.00 horas, y se limitan a tomar algún plato ligero. En menos de una hora ya están de vuelta a la mesa, al despacho, al ordenador, para terminar sobre las seis y nunca más tarde de las siete de la tarde. En general, entre las 9.00 y las 19.00 horas, cada trabajador puede comenzar y acabar cuando le apetezca, cumpliendo el mínimo de horas. Aunque, según admite Irizar, «aún hay una barrera psicológica y salir antes de las cinco parece imposible»


Una empresa catalana con horario variable a la europea

El horario que permite conciliar trabajo y familia es mucho más habitual entre las empresas multinacionales instaladas en España que en las firmas autóctonas. En aquellas, mandan y trabajan personas acostumbradas a terminar la jornada laboral en su país a las cinco o, como mucho, a las seis de la tarde. Una de las excepciones se localiza en la torre Agbar, donde los trabajadores de oficinas de Aguas de Barcelona (otros departamentos tienen que prestar servicio las 24 horas) disponen de horarios internacionales.

De lunes a jueves, la jornada comienza entre 7.45 y 9.00 horas, luego hay una hora para comer, y la salida se produce entre las 17.00 y 18.30 horas. Los viernes y los tres meses de verano, el horario es intensivo y nadie sale después de las cuatro de la tarde. Además, al igual que en las otras empresas mencionadas, Agbar aplica otras medidas de conciliación, como la ampliación de permisos de lactancia o atención a familiares con dependencia.


Cinco horas y media son fijas, y el resto de la jornada, a la carta

Puede ser que el origen y la propiedad familiar de la empresa –las dinastías alemanas Boehringer e Ingelheim siguen llevando esta multinacional farmacéutica– lleve a pensar mucho en casa, lo que permite que la mayoría de los 200 trabajadores de administración salgan sobre las 16.30 horas de las oficinas de Sant Cugat del Vallès. «La conciliación siempre se ha tenido en cuenta, sobre todo porque la central en Alemania también funciona así», dice Santiago Culi, el director de comunicación de la firma.

Las reglas son claras: hay que estar en el puesto de trabajo de 9.00 a 13.00 y de 15.00 a 16.30 horas. Y para completar la jornada, se puede llegar antes, o comer más rápido –nunca en menos de 45 minutos: hay que desconectar un poco–. Muchos entran a las siete y media, comen en tres cuartos de hora y salen a las cuatro y media. «Es fantástico, y si tienes niños, más –dice Culi–. Yo estoy en casa a la seis, mientras que mi vecino nunca llega antes de las ocho».


La confianza en el empleado permite el trabajo en casa

«El trabajador tiene que ser responsable». Si, por alguna razón, no puede ir a la oficina y asegura que ese día ya sacará adelante el trabajo desde casa, sus superiores deben estar seguros de que realmente lo hará. Esa confianza, dice Rocío Ruiz, directora de recursos humanos de DSM Neoresins en Parets de Vallès, es fundamental a la hora de conciliar trabajo y familia. «Los jefes deben ser exigentes a la hora de exigir resultados», añade.

La flexibilización funciona bien entre los 98 empleados de administración de la multinacional holandesa (no se incluye la producción, donde se trabaja en turnos, ya que la planta química funciona los 365 días del año, las 24 horas del día). Además, hay otros incentivos. «A quien aporta una buena idea se le premia con dos horas de libranza.» Y, por supuesto, no se planifican reuniones más allá de las tres o las cuatro de la tarde, lo que permite a todos, tanto jefes como subordinados, no salir más tarde de las seis.


Las jornadas de los padres crean 'niños llavero '
JORDI CASABELLA

las prolongadas jornadas laborales de los padres tienen unos efectos especialmente indeseables sobre los hijos en edad escolar. Los centros educativos mantienen los mismos horarios de hace un siglo, pero las sociedades urbanas modernas poco tienen en común con la organización social para la que fueron concebidos. Entre las manifestaciones de ese desencuentro sobresale la proliferación de niños llavero, un término acuñado para referirse a los que llevan consigo un juego de llaves a edades impropias porque cuando salen de la escuela no hay nadie en casa. A su lado son legión los sobrecargados de actividades extraescolares, que compiten con sus padres a la hora de alargar al máximo la jornada.

Las aulas acostumbran a echar el cierre a las cinco de la tarde, una hora en que raramente una jornada laboral convencional ha concluido. Es entonces cuando nadie está en casa para ayudar o controlar a los alumnos en sus tareas académicas, una circunstancia que los expertos mantienen que no es ajena a los elevados índices de fracaso escolar. A veces los niños no están solos, sino acompañados de abuelos o familiares, pero nadie les presta la atención o el apoyo requerido. Los resultados de una macroencuesta realizada por la Fundación SM y la Universidad Pontificia de Comillas atestiguaron en el 2008 que uno de cada cuatro alumnos españoles de entre 6 y 14 años (cerca de un millón) se sentía solo al llegar a casa después del colegio. De ellos, 150.000 se encontraban sin compañía al entrar en su domicilio.

ESTACIONAR A LOS CHICOS / Los enseñantes defienden los horarios escolares argumentando que los centros no han de convertirse en párkings donde poder estacionar a los hijos, y que, al igual que ocurre con los adultos, la ampliación de la jornada resulta contraproducente, en este caso porque va en detrimento del rendimiento académico. La incompatibilidad entre jornadas también se halla detrás de la escasa participación de los padres en los órganos de gestión de los centros educativos. Aunque el desinterés no se puede atribuir en exclusiva a este factor, a menudo los horarios en que se convocan las reuniones ( inmediatamente después de que el profesorado finalice su jornada a las cinco de la tarde) dan alas al absentismo. Claro que si se convocan a las nueve de la noche, los padres, exhaustos, tampoco acuden.

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