La necesidad de investigar revela una mala salud interna de la organización, pero es una práctica empresarial muy habitual y que ha existido siempre. Esta vigilancia no es éticamente correcta y se aprovecha de las diferencias entre jefe y trabajador.

El espionaje a cuatro directivos del Barça habría sido un juego de niños para Lisbeth Salander, en el caso improbable de que la heroína de la serie Millennium, de Stieg Larsson, aceptase el encargo. Salander escruta las vidas de fiscales, empresarios o periodistas gracias a sus mágicos poderes informáticos. Es una justiciera que actúa según una peculiar escala de valores, que le permite traspasar las barreras morales para lograr sus fines. Como Salander, aunque con motivaciones más espurias, las empresas que espían a sus empleados o ejecutivos rompen las reglas de la ética y abusan de su posición de poder, especialmente en los casos de investigaciones preventivas. No obstante, entre los expertos hay opiniones divergentes sobre si las indagaciones pueden resultar lícitas ante una deslealtad manifiesta del trabajador.

Los juegos de los agentes de la Guerra Fría suenan ya a algo remoto, pero el espionaje sigue de moda, no sólo por Lisbeth Salander o el éxito de películas como La vida de los otros. En España, el primer partido de la oposición denunció este verano, sin prueba alguna, que era objeto de escuchas. En Portugal, el presidente de la República salió en televisión para denunciar que el primer ministro podía fisgonear en su correo electrónico. En Italia hubo un gran escándalo en 2006 por una red que vigilaba a empresarios y que había empezado controlando a empleados de Italia Telecom y Pirelli.

Aunque el Barça no sea propiamente una empresa y para la Agencia de Protección de Datos el espionaje a directivos deba ser tratado en principio como un caso entre particulares, este escándalo permite reflexionar sobre unas prácticas de gran antigüedad dentro de las organizaciones pero para las que hay nuevas oportunidades en la era de la sociedad de la información.

"Hay más posibilidades de espiar, pero el dilema es el mismo de siempre, pues deriva de la diferente posición de los trabajadores y el empresario, que tiene ventaja", señala David Murillo, profesor de Sociología de Esade. Considera que hay que poner límites a las empresas, para que éstas no se valgan de la excusa de la necesidad de información. "Si persiste el dilema ético, propongo preguntarle al trabajador, que lógicamente va a decir que no quiere ser espiado", concluye Murillo.

Hay consenso de que en términos generales no es ético espiar a un trabajador o a un directivo. Ángel Pes, director de responsabilidad corporativo de una caja de ahorros, señala que el único punto en el que una empresa puede tener un motivo justificado para hacer averiguaciones sobre un empleado surge "cuando se tengan sospechas de que actúa de forma desleal, abusando de su situación, por ejemplo con una baja simulada o utilizando información en beneficio propio. Incluso en este caso, las investigaciones deben tener un procedimiento determinado y ajustarse a unos sistemas de trabajo adecuados y transparentes".

En cambio, Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universitat de Barcelona, sostiene que "ningún supuesto autoriza éticamente el espionaje. Si hay pruebas o indicios de un delito o una simple práctica incorrecta, demándese al sospechoso o acúdase a la policía".

Bilbeny considera que "espionaje y ética son antitéticos siempre. Espiar, que es excusable desde otros intereses, no lo es desde el punto de vista moral, que exige la validez universal de la acción". Estima que la necesidad de hacer investigaciones en secreto revela la pérdida de la confianza interna en la empresa: "Indica también que se es incompetente para mantener ese clima fundamental. Espía y espiado participan del mismo fracaso, aunque el responsable es el primero". Frente a ello, recomienda afianzar la comunicación interna y los valores compartidos.

En épocas de crisis como la actual se le parece prestar más atención a las investigaciones dentro de las empresas pero, como señala Miquel Porret, profesor de Recursos Humanos de la Universitat de Barcelona, esta tendencia "ha existido siempre y con más frecuencia de lo que nos pensamos". Explica que algunas organizaciones mercantiles acostumbran a contratar los servicios de de las agencias de detectives cuando existen sospechas de espionaje industrial, por otras compañías, así como al contratar a un nuevo empleado para puestos de responsabilidad y también a fin de efectuar comprobaciones sobre las bajas por enfermedad.

"Es más excepcional que estos servicios se utilicen cuando aparentemente no hay motivos, puesto que si se utilizan de forma preventiva, parece más un deseo de hurgar en la vida privada que otra cosa. En este caso, es abusivo y no es ético", afirma Porret, para quien el espionaje sólo está justificado en los supuestos de defensa de los intereses legítimos de la empresa. El caso de los directivos del Barça, con sus especificidades, encajaría dentro del supuesto de espionaje preventivo, que no se ajustaría a las condiciones en las que algunos expertos admiten como lícito el espionaje dentro de la empresa.


Escándalos en empresas alemanas

Alemania ha sido en los últimos años el principal escenario de los escándalos por casos de espionaje dentro de la empresa, asunto que ha tenido un gran eco, quizá como reflejo de las experiencias pasadas de vulneración de los derechos fundamentales de la ciudadanía. La cadena de supermercados Lidl fue multada en el 2008 con 1,5 millones de euros por las autoridades alemanas por espiar a sus empleados con microcámaras que se instalaban en las tiendas supuestamente para prevenir robos pero que se utilizaban para hacer informes sobre los trabajadores.

La empresa de ferrocarriles Deutsche Bahn reconoció hace unos meses que realizó en el último decenio diversas operaciones de vigilancia de sus empleados, incluidos sus directivos. También hubo escándalos por prácticas de esta índole en otras grandes compañías alemanas como Deustche Telekom.

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