La fusión de patronales no tiene éxito. Foment del Treball tira la toalla, por la presión que los cargos intermedios han ejercido sobre su presidente, Joan Rosell, para olvidar el pacto firmado anteriormente con Pimec.

Lunes en Foment, día de reuniones de la cúpula. Lo saben las secretarias, que desvían convenientemente las llamadas, y también quienes preparan los temas a discutir. Se celebran siempre después de comer, lo que da pie a mañanas preparatorias. Pero ese día, además, circula por los pasillos un aire más trascendental. De hecho, hay visitantes inusuales, técnicos, secretarios y directivos de patronales territoriales catalanas que están federadas en la centenaria organización de la Via Laietana. Sus idas y venidas son premonitorias: hay que frenar la integración de Foment del Treball y Pimec. Las reuniones de los técnicos son el prolegómeno de lo que después se vivirá en el encuentro de los mayores: el comité ejecutivo de Foment, convocado extraordinariamente con el monográfico tema de la fusión y con la coartada, siempre socorrida, de la crisis económica. Las asociaciones de empresarios de Girona, Tarragona, Mataró, Tortosa… se niegan a integrarse en Pimec, tal y como habían decidido Juan Rosell y Josep González con un apretón de manos en un caluroso día de julio. En el fondo subyacen dos temores: cómo se suman dos organizaciones tan diferentes y qué pierde cada una en el viaje común. Del primero de los temores se responsabiliza a Rosell por no informar bien a la organización de la hoja de ruta apalabrada con González. Del recelo a perder privilegios y prebendas locales prefieren olvidarse.

Claudicación

Ante este estado de cosas, Rosell y su secretario general, Joan Pujol, se ven obligados a claudicar y aplazan, sine die, un acuerdo que debía haberse cerrado en septiembre. La razón oficial, la crisis. El mismo argumento que en julio justificaba el pacto.

«Solo tenía la salida de llevar la organización al límite. Juan Rosell pudo forzar la reunión cuando alguien incluso pidió una votación, y decir que o se continuaba adelante con el proceso o sería Foment quien seguiría sin él», explica un representante de la base territorial. «No era posible –responde Rosell–, no puedo pedir más debate, más democracia y la renovación de la CEOE, en Madrid, y luego cuando mi organización me la pide internamente actuar como en tiempos de José María Cuevas». Rosell prefirió dinamitar su palabra ante González y secundar a las bases. Sobre todo, sabedor de que algunos de los miembros de la junta directiva y del comité de Foment no le harían ascos a relevarle en el cargo. No es un riesgo claro, pero sí un engorro que prefiere ladear. La sombra de Antoni Abad, presidente de Cecot, planea desde hace unos años sobre Rosell, aunque su marcado perfil político convergente es un handicap que deja sus posibilidades en una mera aspiración personal. Foment disfruta de un gran reconocimiento social, pero su transparencia interna no cumple los requerimientos de una empresa cotizada. De ahí que después de la tempestuosa reunión, elaborara una escueta y singular nota de prensa. Y, justo una hora después de informar a la opinión pública, el presidente de Foment tuvo que comunicar su fracaso a la contraparte. «Fue una llamada casi ofensiva. Me hablaba de la crisis, de la situación económica… una frivolidad», relata Josep González. Aquella conversación abrió la espita de los reproches. Y de las represalias: Pimec abrirá delegaciones en aquellos territorios en los que tenía previsto hacerlo. Aunque no tiene el cuerpo para batallas, Rosell pondrá en marcha Fepyme, aletargada desde que se creó en el anterior intento de fusión, con Eusebi Cima al frente, para proyectarla en Catalunya y recomponer Cepyme en Madrid.

Serán solo algunos fuegos de artificios. La guerra empresarial volverá de verdad al comercio, sector al que Pimec no perdonará el bloqueo de la fusión. O al metal, donde los mismos que ahora se oponen al pacto luego se quejarán cuando algún empresario de Pimec se cuele en las negociaciones de los convenios. Curiosamente, ambos bandos destacan los problemas económicos del otro y su excesiva dependencia de las subvenciones públicas.

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