Prescindir de trabajadores que están en la madurez de su vida laboral, dotados de una experiencia notable, muy capaces de seguir generando nuevos conocimientos, no es sólo un problema social, sino que puede representar un alto riesgo para la compañías.

Hace menos de 50 años, D. Mc. Gregor, publicaba en el prestigioso The Management Review, un artículo en el que adelantaba que los acontecimientos más destacados en el próximo cuarto de siglo no se producirían en las ciencias físicas, sino en las sociales, decía además que la industria y la economía podía contar con los medios para utilizar la ciencia y la tecnología en beneficio de la humanidad, añadiendo que deberíamos aprender a usar las ciencias sociales para que el capital humano de las empresas fuera verdaderamente efectivo.

No podía imaginarse este prestigioso profesor de Cambridge (Massachussets) que su intuición se vería incluso desbordada porque los avances de la tecnología y especialmente los referidos a la comunicación, adquirirían la dimensión que hoy conocemos, aunque no le faltó razón al colocar a la persona, factor humano o bien social, como centro de toda el progreso, incluso Bill Gates, recordaba que sin personas, no hay conocimiento ni aplicaciones que valgan para nada.

Todo encaja y parece tan evidente, que incluso las estrategias de las empresas se dirigen a fomentar el cambio, se articulan regulaciones sociales, fusiones y operaciones de reajuste, o mejor dicho, dietas de adelgazamiento forzoso para que las estructuras empresariales puedan ser competitivas, provocando tensiones entre los trabajadores que suelen acabar en una simple transacción económica.

Asistimos al espectáculo de muchas empresas que se quieren rejuvenecer sólo a fuerza de talonario, buscando a menudo no sólo estrechar su plantilla, con una relativa hipótesis de eficacia para justificar el despido camuflado de aquella fuerza laboral que le permitió precisamente llegar hasta el punto de desarrollo que tienen en la actualidad, sacrificando con algunos “milloncejos”a los trabajadores que pertenecen al club de los cincuenta, aunque paradójicamente los que toman la decisión tengan la misma edad.

Esta realidad parece imparable y la prejubilación justificada teóricamente por razones estratégicas, es una constante que deben soportar todos aquellos profesionales que suman más de 30 años de vida laboral, por otra parte se ha puesto de moda el discurso del conocimiento, el capital intelectual y las ventajas de poseer mucha inteligencia emocional como garantía de mayor competitividad, pero reorganizar tomando como base la edad, es una paradigma difícil de explicar, aunque por el momento parece irreversible.

Dejar en la calle a trabajadores que están en la madurez de su vida laboral, dotados de una experiencia notable, muy capaces de seguir generando nuevos conocimientos, no es sólo un problema social, sino que puede representar un alto riesgo para aquellas compañías que acuden al pragmatismo de “poner en la calle” a los veteranos, para abrazarse a la búsqueda de jóvenes ejecutivos, cargados de teoría, con escasa experiencia y sobrados de ambición.

Sin embargo, la propia inercia de la globalización económica, empieza a revolverse contra lo que entendemos como tecnología pura, estamos asistiendo a un mundo económico convertido en un inmenso bazar, denominada mercado en el que la innovación, representa una simple oportunidad de un cortísimo plazo de tiempo que se agota en el momento en que es copiada por un competidor gracias al avance de la comunicación, esta supuesta ventaja competitiva queda obsoleta a los pocos días o incluso en horas.

Por otra parte la financiación, gracias a las enormes fuentes de crédito universales, deja de ser un problema para las empresas, pues los bancos viven, precisamente prestando dinero y la tecnología está ya al alcance de todo el mundo, por tanto, poco les queda a las empresas para ser más competitivos y convencer a más consumidores, más que su propio capital humano.

Nadie pone en duda que en el próximo milenio, veremos cosas que ni siquiera podemos imaginar, asistiremos a transformaciones que hoy ni siquiera intuimos, pero probablemente, si queremos seguir existiendo, deberemos recuperar o inventar valores humanos para que esta vorágine económica de mercado fácil, consumo desenfrenado y multicomunicación no acabe devorándonos a todos, pues la constante provocación al tercer mundo y a los gigantes orientales, puede repetirnos la historia de la invasión que cambió el mundo en el siglo V, sin olvidar que la guerras siempre se fundamentan en el agravio o sea la razón económica.

Es tan legítima la supervivencia como el derecho al trabajo de todos los que quieran realizarlo, es necesario que las empresas acudan a su propio conocimiento como elemento diferencial y así distinguirse de sus competidores y es conveniente que éste circule en cada organización de forma que constituya su mayor valor diferencial, pero puede representar un riesgo prescindir de las personas que las han construido.

Para los trabajadores mayores de 50 años, los avances tecnológicos a todo nivel deben representar ante todo la oportunidad de adaptarse a estos cambios sin prescindir de todo el aprendizaje tácito que poseen, de forma que se pueda sumar lo que saben, con lo que pueden aprender, pues al fin y al cabo un puesto de trabajo, no es más que una función a desarrollar, y ésta se mide por el resultado, pero nunca por la edad o el sexo de quien la desarrolla.

Trabajar en el dos mil dos e incluso obtener el éxito, no coincide necesariamente con esforzarse más sino en hacerlo con mayor ingenio, pues a menudo los jóvenes ejecutivos, desconocen la forma de administrar sus carreras e incluso malgastan años de universidad en estudios que no les satisfacen, desligados de su vocación y de sus habilidades naturales, llegan a empresas que no van a ninguna parte y finalmente fracasan.

La experiencia del trabajador, que ha sufrido los cambios originados por el dominio del marketing en los 60, la ventaja de la multidistribución de los 80, la automatización y todos los cambios en los sistemas productivos, puede resultar impagable ante los retos de un nuevo mercado que deberá construirse casi a diario y que depende de un consumidor absolutamente infiel y caprichoso, experto en zapping mental, saturado de oferta y únicamente sensible por su condición de persona, a los valores que sólo puede satisfacer otro ser humano.

Por ello, deberían extremarse las precauciones cuando se procede a sistemas de regulación laboral prescindiendo de buenos profesionales, aunque veteranos, no sea que tanto esfuerzo por la formación, muy necesaria y nunca suficiente, tanta obstinación por rejuvenecer las plantillas justificable en muchos casos pero a menudo excesivo, nos lleve en nuestro empeño por atrapar el conocimiento, dejemos a muchos hombres y mujeres, buenos profesionales de nuestras empresas, ya que parodiando al maestro Picasso el talento, como la inspiración solo aparece trabajando.

(Origen de la noticia: el propio autor)

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