La fuerte caída del empleo industrial en Francia es un síntoma incontestable del fenómeno de deslocalización que registra el país en las últimas dos décadas.

La fuerte caída del empleo industrial en Francia es un síntoma incontestable del fenómeno de deslocalización que registra el país en las últimas dos décadas. El proceso coincide con una larga y convulsa secuencia de quiebras y cierres salvajes que han erosionado el tejido industrial y provocado grandes conflictos sociales, con especial incidencia en zonas de fuerte tradición industrial como la región de Lille (Norte-Paso de Calais), donde el paro llega al 12,2%, con una población total 4 millones de personas.

La crisis más reciente que ha vuelto a sacudir la economía de la región la ha protagonizado la fundición Metaleurop, del grupo suizo Glencore, que hace un año se deshizo de su filial en la localidad de Noyelles-Godault (Calais) y dejó en la calle a 830 empleados, lo que ahondó un poco más el foso del desempleo en una zona muy castigada por las crisis empresariales. El propio Estado se vio forzado a intervenir con un plan de acompañamiento social de 38 millones que apenas ha servido para enmascarar el drama.

Otros episodios de gran impacto social, como el protagonizado por el grupo coreano Daewoo-Orion, que en la misma época liquidó sus tres centros en Francia, esta vez en la región de Metz (Lorena), han puesto a prueba el papel de “apagafuegos” del Estado ante la deserción de algunos jefes empresariales y la dinámica de las deslocalizaciones. En este caso, que generó algunos brotes de violencia social, 550 personas pasaron a engrosar las estadísticas s del paro (9,8% de la población activa) con vagas esperanzas de recolocación.

Según la Misión Interministerial sobre las Mutaciones Económicas (Mime), creada hace un año por el Gobierno Raffarin para prevenir las crisis industriales, las deslocalizaciones representarían globalmente el 10% de la inversión directa en el exterior, que supone una suma de 305 millones de euros sólo entre 1998 y el 2002.

En los últimos dos años la tendencia se ha agravado al ritmo de la crisis económica. Los principales sectores afectados son el textil, metalurgia, electrodomésticos, automóvil y el de la electrónica, sin olvidar las actividades del sector terciario como la informática y los servicios de telefonía. China, India, Turquía, los países del Magreb y de Europa del este son los principales beneficiarios del trasvase de producción a terceros países, con el fin de mejorar la rentabilidad empresarial y acercarse a los nuevos mercados emergentes.

Otros episodios muy recientes como los de Altadis, JVC, Continental, Alcatel, ST Microelectronics o Alstom ilustran la dinámica que amenaza a algunas de las regiones industriales. Uno de los más sonoros fue el que protagonizó el gigante francés de equipos de telecomunicaciones Alcatel, que en el 2001 aplicó un plan de externalización que afectó a una cincuentena del centenar de fábricas repartidas por el globo y a 13.500 de sus 131.000 asalariados. Actualmente, el Gobierno Raffarin intenta hacer frente a esta situación con reformas estructurales y fiscales y con una política de estímulo a la actividad empresarial, con objeto de reforzar el poder de atracción del país.

Más allá de los corsés de la economía francesa y la desproporción de los costes de producción con respecto a los países emergentes, la evolución del euro parece agravar el fenómeno. Philipe Camus, presidente ejecutivo del consorcio EADS, líder mundial del sector aeroespacial y buque insignia de la industria europea de alta tecnología, ha reconocido que no excluye localizar fuera de la zona euro algunos de sus futuros proyectos. Aunque Camus niega planear la deslocalización de producciones ya existentes y encuadra esta hipótesis en una “estrategia de conquista del mercado”, admite que la depreciación del dólar frente al euro podría desequilibrar gravemente la competitividad del grupo. En los últimos meses, Francia multiplica las señales de alarma ante los efectos del desajuste monetario sobre la economía europea y la amenaza de desindustrialización en la UE.

Aunque no hay estadísticas públicas precisas sobre la deslocalización en Francia, la evolución del empleo industrial acredita el impacto del proceso. Según datos del Ministerio de Trabajo, sólo en el tercer trimestre del 2003 desaparecieron 33.000 empleos industriales (-0,8%), que no se compensaron con la creación de 10.000 puestos de trabajo en el sector servicios, convertido en los últimos años en la locomotora de la renqueante economía francesa. El número de quiebras aumentó un espectacular 7% el 2003, en una dinámica desconocida desde mediados de la década anterior. Jean-Pierre Aubert, jefe del Mime, ha pronosticado que “no hay razones para que cesen las reestructuraciones”, muchas de ellas asociadas al abandono o reducción de la producción en Francia en beneficio de otros mercados más rentables.

Sólo en el sector de los componentes, que el 2001 llegó a contar hasta 82.000 empleos, los efectivos han sido diezmados por las deslocalizaciones a los países del Este y China hasta quedar reducidos a menos de 60.000 trabajadores en activo. La erosión del empleo industrial se ceba sobre todo en el sector metalúrgico, con una pérdida de casi 10.000 empleos, y en el textil (15.000), en un proceso de degradación que en los últimos años ha hecho desaparecer 155.200 puestos de trabajo. Por vez primera en la historia, el número de trabajadores franceses del sector industrial queda por debajo de los 4 millones, frente a los 15 millones del sector comercial.

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