Los inmigrantes musulmanes tienen pocos obstáculos para cumplir con su ayuno. El hecho de que la comunidad musulmana sea cada vez más numerosa multiplica los casos en los que hay que adaptar las exigencias del Ramadán a la educación, el trabajo o el ocio.

El mundo no se para en Ramadán. Pero cambia de ritmo. Los musulmanes residentes en Catalunya, originarios de países islámicos o convertidos al islam, hacen encaje de bolillos para cumplir con los preceptos de este mes sagrado en una sociedad de raíz católica, aunque cada vez más laica. Durante el noveno mes lunar del calendario islámico, el Ramadán, los creyentes tienen que abstenerse de comer, beber, fumar y mantener relaciones sexuales durante las horas de luz diurna. También tienen que consagrar más tiempo del habitual a la oración y a la lectura del Corán para completar así la purificación del cuerpo con la del alma. La cada vez más numerosa comunidad musulmana en Catalunya –unos 110.000 con residencia legal– empieza hoy su mes sagrado. Seguir el Ramadán en una sociedad no islámica es doblemente duro: las tentaciones acechan por todas partes, y no se sienten arropados por el entorno de recogimiento, familiar y festivo al mismo tiempo, que tiene esta época en sus países de origen. El orgullo de superar el reto de la abstinencia, la alegría de reunirse con la familia y los amigos y un cierto mal humor por estar en ayunas –y sin fumar– se mezclan en los creyentes, que moldean como pueden sus horarios al cumplimiento del que es uno de los cinco pilares del islam.

TRABAJO.

Algunos creyentes no cambian ninguna pauta porque las circunstancias no se lo permiten. La mayoría busca la manera de reducir el ritmo de trabajo o salir antes para romper el ayuno en comunidad. Mawa N 'Diae, de la Associació de Residents Senegalesos de Catalunya, confiesa que a quienes siguen la abstinencia del Ramadán se les nota más cansados que de costumbre, sobre todo las últimas semanas. Al principio es más llevadero estar sin comer ni beber durante el día, pero a medida que avanza el mes el cansancio hace mella en ellos porque se acuestan tarde y se levantan muy temprano para tomar el “shur”, la última comida permitida antes del alba.

En la construcción y otras áreas laborales los obreros acumulan el tiempo del almuerzo de media mañana y la pausa de la comida, que no emplean, para salir antes. Es lo que hace Abderramán, un marroquí que trabaja a destajo en la construcción. En las obras, por estas fechas, no es raro que los musulmanes lleven dátiles o incluso comidas elaboradas para compartir con sus compañeros no musulmanes. Como las madres, que llevan dulces a los profesores de sus hijos. Son excepcionales los casos de personas que han perdido el empleo por seguir el Ramadán. Para Mohamed Elías, de Amic-UGT, es más una falta de información o de comunicación entre empresario y trabajador que otra cosa. Muchos obreros, como Abderraman, llegan a acuerdos verbales con el empresario para que nadie salga perdiendo.

LA ADMINISTRACIÓN.

Los musulmanes que trabajan en la Administración (Ayuntamiento, Generalitat, delegaciones del Gobierno) no suelen cambiar de horario, pero las áreas de la Administración, como la secretaría para la Inmigración, de la Generalitat, que tienen que trabajar conjuntamente con asociaciones en las que todos o la mayoría de sus miembros son musulmanes, sí alteran su agenda. Las reuniones se convocan, normalmente, después del “iftar”, la comida con la que se rompe el ayuno. En ocasiones, se ha convertido el “iftar” en un ágape multirreligioso.

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