Mercé Sala asegura que los movimientos antihuelgas que están surgiendo en Francia ponen en evidencia el manifiesto debilitamiento de los sindicatos. Y eso se produce, entre otras cosas, por la descentralización productiva.

'Los tiempos están cambiando ', era la frase del estribillo de una canción de Bob Dylan, muy conocida entre los progres formados al albur del Mayo del 68. La frase, más allá de la obviedad del cambio permanente inherente a la vida en sí misma, contenía el mensaje de una nueva era en la que parecía emerger una generación dispuesta a rebelarse contra el sistema de poder establecido y a plantear nuevas alternativas para conseguir una sociedad más justa e igualitaria.

Muchos dirigentes políticos y sindicales, que aún viven bastante de las ideas de aquel momento, probablemente habrán quedado sorprendidos al leer las palabras de una de las líderes del movimiento antihuelgas francés cuando afirmaba: 'Nuestro problema es una generación que en el 68 creyó tener razón contra sus padres y ahora quiere tenerla contra sus hijos '. Precisamente los adversarios de ese movimiento son la izquierda sesentayochista y los sindicatos incrustados en las empresas estatales y en la función pública, a los que reprocha que no quieran dar pasos hacia una modernidad mucho más liberal porque los tiempos cambian.

Mientras muchos pensadores llevan tiempo insistiendo en que la izquierda necesita adaptarse a estos nuevos tiempos, la sociedad reacciona con iniciativas nuevas como la de la manifestación que tuvo lugar en París, un domingo de mediados de junio pasado, en defensa del 'derecho a trabajar ' y en contra de 'la dictadura sindical ' con un éxito de participación que sorprendió a la propia empresa. La preparación de la concentración se difundió básicamente a través de Internet precisamente en el momento álgido de las huelgas del sector público en contra de la reforma de las pensiones y de la descentralización de la enseñanza. Un grupo de pequeñas asociaciones logró movilizar a unas 50.000 personas en una concentración en la que se escucharon gritos nuevos de la guisa de 'ferroviarios, al curro ' o 'profesores al colegio '

La motivación principal es que, según este movimiento, Francia sufre unos sindicatos minoritarios que no representan ni al 20% de la población trabajadora, que están incrustados en el sector público, cuya táctica consiste en tomar como rehén al conjunto de la población impidiéndole ejercitar el legitimo derecho a trabajar y que no demuestran un verdadero interés por la defensa efectiva de los trabajadores.

Interés que, en estos momentos, pasaría por adaptarse para poder mantener la protección y el Estado del bienestar de forma posibilista sin empeñarse en soñar con un canto al sol totalmente inviable a largo plazo. Curiosamente, las reformas estructurales propuestas por el Gobierno francés de derechas no están nada lejos de las preconizadas en Alemania por un Gobierno de izquierdas.

Todo ello pone en evidencia el evidente debilitamiento de los sindicatos como consecuencia de la descentralización productiva que ha diseminado la fuerza de trabajo desde el punto de vista sectorial, a través de las políticas de outsourcing, y desde el punto de vista territorial a través de la deslocalización.

Una muestra de esa debilidad es que las huelgas de hoy en día tiendan a ser mucho más políticas que antes, ya que nacen con el propósito de extender sus efectos más allá de las fronteras empresariales. Buscan reforzar la postura de los huelguistas implicando a la ciudadanía y provocando la intervención de las Administraciones públicas, con lo que ese tipo de confrontación sindical pierde de alguna manera su razón de ser.

Casualmente a este tipo de debilidad manifiesta del movimiento sindical habría que añadir el evidente fracaso de la huelga de la metalurgia alemana que ha llevado a la crisis a la IG Metall, la gran federación de sindicatos en ese sector, al concluir sin lograr sus objetivos de extender la jornada de 35 horas semanales al metal de la antigua República Democrática Alemana. Sus consecuencias, que van más allá de la dimisión del presidente del sindicato, se reflejan en el abandono de casi 50.000 afiliados que se une al proceso de bajas masivas que ya viene dándose desde hace tiempo.

De alguna manera, las dos situaciones comentadas revelan una situación en la que dominan más las inercias del pasado que los impulsos de renovación necesarios para afrontar los retos del futuro.

Como bien indicaba Antonio Gutiérrez en un artículo reciente: 'Ni siquiera los más fuertes sindicatos de Europa se libran de pagar las consecuencias de su confortable parsimonia cuando urge renovarse para adelantarse a los cambios '. Y es que continúa siendo verdad que los tiempos están cambiando.

Artículo de opinión.

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