La inteligencia emocional, el saber convivir con los demás y sacar lo mejor de ellos, se impone en las relaciones laborales. Que este concepto está de moda en el campo de los Recursos Humanos, no es ninguna novedad.

La inteligencia emocional, el saber convivir con los demás y sacar lo mejor de ellos, se impone en las relaciones laborales.

El director de Recursos Humanos ojea los dos últimos currículos de la jornada. Ya lleva 24, y está cansado, aburrido, quizá, de pasear su vista por dos docenas de perfiles académicos prácticamente semejantes, décima arriba, décima abajo en la nota media, siempre alta, obtenida en su licenciatura.

Salvo en la edad (24 años) y en el título (ingeniero superior informático), los dos últimos folios a penas coinciden en ningún aspecto. El primero plasma con orgullo en negrita y en mayúsculas el 130 alcanzado en el último test de Cociente Intelectual. El segundo pasa por alto el tamaño de su cerebro, pero incide en su afán por integrarse en el equipo de la empresa, en formar parte de una piña, y manifiesta, quizá sin quererlo, un firme espíritu de liderazgo.

Cinco días más tarde, suena el teléfono de casa. Y el primer candidato no sale de su asombro cuando le anuncian que su rival, y no él, ha sido elegido para ocupar el puesto de trabajo ofertado, - y eso que aquel chaval era mucho menos inteligente», piensa, sin dejar de preguntarse: - ¿Acaso ya no importa la inteligencia?»

Sí, claro que importa. Y mucho. Pero ser inteligente, a secas, no basta para alcanzar el éxito profesional. Para triunfar es necesario poseer una pizca, cuanto más grande mejor, de la llamada inteligencia emocional.

Que este concepto está de moda en el campo de los Recursos Humanos, no es ninguna novedad. Pero no es menos cierto que las teorías de un gurú llamado Daniel Goleman están revolucionando los métodos de selección de personal y, por extensión, la manera de entender las relaciones entre la empresa y sus empleados. Incluso, aunque parezca exagerado, la inteligencia emocional puede determinar la actitud diaria de una persona ante su puesto de trabajo y, por qué no, frente a la propia vida.

Los libros de Daniel Goleman se venden como rosquillas en medio mundo, justo la misma porción del planeta que se ha recorrido este psicólogo norteamericano dando conferencias e impartiendo su singular teoría en las empresas más ilustres. ¿Qué cuenta este psicólogo cuyo caché puede rondar los 25 millones de pesetas?

El secreto de Goleman está encerrado en la simple definición del concepto que le ha hecho famoso: - El término inteligencia emocional se refiere a la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar las relaciones que sostenemos con los demás y con nosotros mismos», señala en el epílogo de su best-seller La práctica de la inteligencia emocional.

Humanizar las relaciones.

Parece un sencillo juego de palabras, un trabalenguas recién extraído del argot de los psicólogos, pero, en una sola frase, el autor describe, o al menos, así lo pretende, la llave del éxito de una persona en su vida, como trabajador y como ser humano.

Goleman pretende humanizar al máximo las relaciones de una persona con los demás y consigo misma. Y, a menudo, estas relaciones tienen como escenario el lugar de trabajo de cada día. Por esta vía, la teoría de Goleman es aplicable al mundo laboral mediante un razonamiento cargado de sentido común: si un empleado trabaja a gusto, rinde más y mejor.

Según Goleman, el término está compuesto de habilidades personales muy distintas, aunque complementarias, de la inteligencia académica, entendida ésta como la capacidad exclusivamente cognitiva que mide el cociente intelectual.

Entre la inteligencia emocional y la académica (ambas expresan la actividad de diferentes regiones del cerebro humano) existe una diferencia fundamental. La primera viene determinada genéticamente, según la mayoría de los estudiosos, y su desarrollo culmina en torno a los 10 años.

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