La brillantez en las relaciones laborales de muchos profesionales se transforma en torpeza en las personales y sus increíbles dotes para comunicar los objetivos empresariales se convierten en incapacidad para afrontar sus propios problemas.

A veces la vida privada del directivo parece estar falta de la más mínima inteligencia. El tiburón empresarial acaba convirtiéndose al llegar a casa en un elefante que no da pie con bola. “Su brillantez en las relaciones laborales se transforma en torpeza en las personales; la seguridad, en preocupación; los éxitos, en frustración, y sus increíbles dotes para comunicar los objetivos empresariales se convierten en una apabullante incapacidad para afrontar sus problemas personales”, relata un experto. Lo expresaba perfectamente un chiste de El Roto: un directivo ostenta en su mesa de trabajo un rótulo que dice “traspaso alma por no poder atenderla”.

Estamos ante un momento especialmente indicado para realizar un análisis sosegado sobre el frecuente desencuentro entre éxito y felicidad. El desbordamiento emocional que genera el trabajo se proyecta también fuera de éste, en el ámbito de la vida privada. Y esto no es un problema exclusivo de los directivos, sino que impregna toda una cultura del trabajo

Algunos best-séllers sintetizan este reto con preguntas contundentes: ¿considera usted que recibe una satisfacción o recompensa proporcional a la energía vital gastada?; ¿concuerda este gasto de energía vital con los valores y el propósito de vida de usted, de su pareja y de su familia? Es frecuente oír confesiones sobre la ausencia de tiempo libre y de energía para acometer la vida privada, o sobre el sentimiento de culpabilidad ante una situación de desorden vital. Un buen número de esas quejas, sin embargo, pasa a almacenarse en el cajón del olvido. Porque una errónea interpretación sitúa esos problemas al margen del núcleo laboral. Pero sabemos que el mundo laboral y el mundo privado están mutuamente interconectados. Los efectos de un exceso de trabajo revierten negativamente en nuestra vida privada. La inestabilidad de la vida privada tiene efectos negativos sobre el rendimiento y las relaciones laborales.

Hoy estamos obligados a repensar cuál debe ser la distribución de tiempo entre nuestra vida personal (seamos solteros, casados o separados; con hijos o sin) y nuestra vida laboral. Los mismos cambios en la estructura familiar, la redefinición de papeles sociales y domésticos, la aparición de la mujer como individuo de pleno derecho, la acentuación de una moral individual de la autorrealización, son factores que obligan, tanto a los directivos y a sus organizaciones como a las escuelas de negocios, a rediseñar estrategias de mejora de cada una de las facetas fundamentales de nuestra vida. Frente a un desbordamiento emocional crónico, a menudo concentrado en un exceso de dedicación unidimensional, hemos de saber asumir hábitos de vida que nos procuren satisfacción en cada una de nuestras facetas sociales y personales. Pero la creación de estos hábitos no es sólo un problema personal, afecta también a las condiciones de trabajo.

Muchos profesionales, llevados por un exceso de responsabilidad con su empresa o por una superespecialización, han dejado de considerar su vida privada, simplemente, como un espacio vital. Han dejado de disfrutar de la familia, del ocio, del esfuerzo creativo, del trato afectivo con los hijos. En mitad de su vida descubren que han perdido algo esencial, algo que habría dado a sus vidas un significado profundo. La trayectoria profesional, el trabajo, los compañeros, resultan de repente insignificantes en comparación con lo que han perdido. Intentan desesperadamente dar marcha atrás, pero muy a menudo se encuentran con adultos o con niños casi adultos para los que se han convertido en extraños. Como se dice en la tradición zen, el tiempo y la marea no esperan a nadie. Algo parecido podríamos decir de la mujer. Megan Marshal relata cómo el “triunfo” en el trabajo de algunas mujeres tiene como precio la infidelidad, la carencia de afectos y un cierto correlato de amargura y soledad forzada. Rasgos del triunfo, por cierto, que también se aplican a algunos hombres.

Tal vez debamos asumir entre nuestras tareas la de reflexionar sobre cómo reeducamos la conciliación entre el tiempo profesional y el tiempo que se dedica a la vida personal y familiar. Y cometemos un grave error si consideramos esta cuestión como algo que sólo afecta a las mujeres o que sólo trata de la educación de los hijos. También hay que racionalizar la jornada laboral para compatibilizarla con otras prioridades: para relacionarse consigo mismo o con los demás, para expresar en otros ámbitos la creatividad, para poder colaborar cívicamente con la comunidad y el mundo, para poder perder el tiempo, para disponer de espacios para la paz interior, etcétera.

Estamos en condiciones de reformular nuestra vieja idea de bienestar. Hoy son diversos los colectivos que comienzan a manifestar su resistencia a sacrificar su vida personal y familiar por la dedicación a un empleo que está ocupando un lugar desmesurado. Los ciudadanos aspiramos a convertir nuestro bienestar en algo cualitativo, y hemos de mentalizarnos para la implantación de cambios también en nuestras empresas y en nuestras vidas.

Estamos obligados a reformular la participación del hombre y la mujer en las tareas domésticas y en las empresariales. Hoy una mujer ya no quiere ser un electrodoméstico, y un hombre, una máquina de ganar dinero. Ambos aspiran a más. A mucho más. Aspiran, sencillamente, a la felicidad. A pesar de que, como dijo la admirable Marguerite Yourcernar, a veces la felicidad no pueda construirse sino sobre unos cimientos de desesperación. Pero éste no es un cimiento imprescindible. Otros cimientos son –han de ser– posibles.

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