"La cultura de Google", como la definen sus empleados, está más relacionada con "hacer lo que te gusta y que te paguen por ello" que por llenarse los bolsillos. La salida a bolsa no les ha cambiado la vida.

El párking de Google todavía no se ha llenado de coches de lujo, ni las ofertas inmobiliarias en las áreas lujosas del Silicon Valley han recibido nuevos interesados. Nada, aseguran, ha cambiado en la compañía después de que sus acciones se hayan revalorizado un 75% tras su salida a bolsa hace tres meses, aunque eso sí, el pasado día 11, víspera del Columbus Day, muchos empleados se habían tomado puente, un lujo en una empresa donde hay 10 días de vacaciones.

"Nadie ha vendido las acciones. No es parte de la cultura de Google", asegura Christopher, del departamento de infraestructuras. "La cultura de Google", como la definen sus empleados, está más relacionada con "hacer lo que te gusta y que te paguen por ello" que por llenarse los bolsillos, explican. Pero también hay un trasfondo más prosaico. "La gente ha visto lo que pasó con las empresas del boom de internet, y son cautos", añade Mark, otro empleado.

Y es que la empresa del buscador ha crecido muy rápido. Hace seis años estaban en un piso buscando una mejor oficina para alojar a sus ocho empleados. Hoy, cuatro traslados y mucha inversión ajena más tarde, están en una imponente sede de paredes blancas y cristal, en Mountain View, a pocas millas de su rival Yahoo y aún más cerca del centro de investigación de Microsoft, tienen 2.400 trabajadores y publican sus exámenes de ingreso en la prensa para buscar más gente.

"Queremos contratar a los mejores. Aquí hay gente muy diversa, desde ingenieros de la Nasa a matemáticos y programadores de todas partes del mundo", explica un portavoz de la compañía. Sin embargo, en la cafetería --el recinto donde cada viernes los fundadores, Larry Page y Sergey Brin, se dirigen a sus empleados para explicarles cómo va la empresa--, la muestra es bastante homogénea, aunque los menús satisfacen la variedad: desde burritos y enchiladas a currys vegetarianos, o pavo del día de Acción de Gracias canadiense. Nada, por otra parte, lejos del menú de las cafeterías de Pixar, al norte de San Francisco, o de Microsoft en Redmond, cerca de Seattle. Pero aquí no se paga.

Detalles para relajar

En Google no hay horarios. Los empleados fichan con una tarjeta magnética que llevan colgada del cuello y que abre las puertas. "Funcionan por objetivos; el tiempo no importa", explica el portavoz. Debe de ser bastante, porque no han descuidado detalles clásicos de las puntocom, como una mesa de billar en la planta de los ingenieros más senior, o una pista de voleyplaya, con arena incluida, en mitad del patio, que se ocupa pronto a la hora de comer. Y hay una cocina para que cada uno se prepare la cena, y neveras con cereales, refrescos, agua y snacks por todas partes.

"No, creo que no hemos descubierto a nadie que viva realmente aquí", aseguran. La mayoría es vecinos. Hay mucho coche, pero también bicicletas y algunos Segway, vehículos eléctricos que se desplazan según la inclinación del cuerpo humano. Y aunque no hay guarderías --el grueso de la plantilla son hombres y muy jóvenes--, los viernes, se pueden llevar los niños al trabajo. Pero eso, cuentan, es una costumbre californiana.

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