Federico Durán: "Para lograr mayor crecimiento y más productividad, es necesario más trabajo. Frente a los que propugnan el reparto, hay que movilizar mayor cantidad de trabajo, aprovechando mejor todos los recursos hoy infrautilizados."

Hace años hizo fortuna, en los debates sindicales y sociales, la frase 'trabajar menos para trabajar todos ', que ha inspirado los planteamientos de reparto del trabajo y la idea de la disminución del tiempo de trabajo como vía para la creación de nuevas oportunidades de empleo.

Desde el primer momento, y fundamentalmente desde un punto de vista económico, se formularon críticas muy atinadas a estos planteamientos, sobre todo en lo que se refiere a la virtualidad de la disminución del tiempo de trabajo como vía para 'repartir ' el mismo y crear empleo: toda disminución del tiempo de trabajo se compensa, en parte, con aumentos de productividad, y, además, para que funcionase el 'reparto ' tendría que existir una cantidad fija de trabajo, que pudiese distribuirse entre más personas; pero si la existencia de una cantidad fija de trabajo puede ser cierta para una región, para una actividad o para un sector de producción, en un determinado momento, no lo es para la economía en su conjunto, y menos si se considera desde una perspectiva dinámica y no estática.

A pesar de ello, los defensores del reparto del trabajo a través de la disminución del tiempo de trabajo han seguido insistiendo en sus efectos positivos para el empleo, y, en todo caso, identificándolo con el progreso social. Menos trabajo se consideraba equivalente a mayor progreso social y, aunque ya con dudas, a más empleo (o mejor, a más empleos disponibles). Las estrategias negociadoras de los sindicatos se han articulado sobre la base de estas ideas, cuyo 'triunfo ' más significativo fue la ley francesa del año 2000 que impuso la jornada de 35 horas semanales.

Y, sin embargo, hoy la quiebra de estos planteamientos resulta innegable. El fracaso de la huelga promovida para la implantación de las 35 horas en Alemania del Este, supuso un punto de inflexión en la crisis del sindicalismo alemán. Y el propio Gobierno francés, reacio a tocar el icono de las 35 horas (cualquier conservador francés es más social que un socialista inglés), ha presentado un plan de reactivación económica, que sin abolir la jornada de 35 horas abre la vía para su flexibilización (El País, 11 de diciembre 2004, página 57).

En este contexto, el responsable de economía de la Comisión Europea, Joaquín Almunia, abogaba recientemente por el aumento del tiempo de trabajo para aumentar la productividad y el crecimiento en Europa, sobre la base de que nuestro diferencial al respecto con otras economías deriva de la menor cantidad de trabajo. El reciente Informe Camdessus, indica que, desde hace 20 años, la totalidad del diferencial de crecimiento de Francia en relación con EE UU y con el Reino Unido, corresponde a la diferencia del total de horas trabajadas: aunque un trabajador produzca en Francia un 5% más por hora trabajada que un americano, dice el Informe, produciría un 13% menos al año y un 36% menos en el conjunto de su vida activa.

Un mayor crecimiento y una mayor productividad, que implicarían más empleo, exigen, pues, más trabajo. La prioridad, no sólo económica sino también social, es la de movilizar una mayor cantidad de trabajo, aprovechando mejor todos los recursos actualmente infrautilizados. Ello exige aumentar la tasa de actividad y la de ocupación, actuando fundamentalmente sobre los extremos de la pirámide de población laboral (empleo juvenil, trabajadores de más edad), y frenar la tendencia a la reducción del tiempo de trabajo, aumentando incluso en algunos casos la duración de la semana laboral.

Es necesaria tanto una mayor participación laboral, para conseguir la cual hay, por una parte, que revisar las políticas de prejubilaciones y de abandono anticipado del mercado de trabajo, así como las de inserción de los jóvenes, y, por otra, que incentivar la cobertura de los puestos de trabajo de baja cualificación (en su caso con ayudas complementarias a las rentas obtenidas), como un mayor esfuerzo laboral, tanto a lo largo de la vida activa como en la duración semanal del trabajo.

Debemos, pues, ensayar la vía contraria a la del reparto del trabajo. Es necesario trabajar más para que todos puedan tener un empleo. Considerando la economía en su conjunto, el trabajo de unos crea trabajo para otros y, simétricamente, el menor trabajo de unos destruye empleos para el conjunto de la colectividad, como sostiene el Informe Camdessus, en el que, frente a la aparente ironía que supondría defender el trabajar más en momentos de elevado desempleo, de amenazas de deslocalización, etcétera, se defiende que sólo con más trabajo podremos tener más crecimiento económico y más progreso social.

Aunque interiorizar estas ideas exige un importante cambio cultural, el debate en torno a las mismas no debería hacerse esperar, tanto de cara a la negociación colectiva como a las políticas laborales de las Administraciones públicas.

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