Aunque los gurús de la gestión insistan en que se trata de un perfil casi jurásico, basta una charla entre amigos o un vistazo a la propia empresa para confirmar que el modelo de jefe que dirige a golpe de garganta goza todavía de una salud envidiable.

Al menos en España, muchas empresas tienen entre sus cuadros de mando algún que otro ejemplo de lo que los expertos denominan el modelo de dirección de los años 50 y 60. Un estilo caracterizado por el autoritarismo, la inflexibilidad y las malas formas verbales. Se trata de jefes temidos, pero poco apreciados. Hay quien considera, además, que constituyen un modelo destinado a desaparecer. 'En España dirigir a gritos es cada vez más excepcional. Son viejos comportamientos, una especie de directivo en extinción ', explica Enrique de Mulder, presidente de la consultora Hay Group.

Los psicólogos diferencian entre dos modelos de jefe colérico. El primero es el individuo iracundo por naturaleza que eleva la voz porque es incapaz de controlarse; el segundo, por el contrario, utiliza conscientemente la violencia verbal como un modo de someter y controlar a quienes están bajo su mando. 'Son dos casos muy diferentes. Hay personas que son incapaces de controlarse y que gritan de forma espontánea. Pero también existe el modelo de directivo que cree sinceramente que los gritos son la mejor estrategia para controlar ', explica el psicólogo Enrique García Huete. Este experto diferencia entre distintos escenarios. 'No se puede decir como norma que los gritos no funcionen a la hora de dirigir. Hay estamentos como el ejército en los que la jerarquía y el no discutir las órdenes resulta fundamental ', señala el psicólogo.

La empresa, sin embargo, no es uno de ellos. 'Los gritos son un arma de control. El problema es que para que funcionen hay que mantenerlos en el tiempo y eso supone un gran desgaste ', advierte. Los psicólogos consideran que en la mayoría de las ocasiones el jefe que grita revela falta de recursos de comunicación, como saber hacer críticas y recibirlas o decir no sin perder las formas.

Las consecuencias del comportamiento colérico, además, afectan tanto al equipo como al propio directivo. Así, la violencia verbal genera alteraciones emocionales y mantenida en el tiempo puede llegar a convertirse en un problema de salud. 'La ira supone una descarga muy fuerte de adrenalina que provoca vasodilatación y taquicardias. No es sólo de un problema de educación, sino de salud ', advierte García Huete.

En la consulta de los psicólogos se enseña a los ejecutivos con este problema técnicas de autocontrol que les permitan valorar las situaciones lo más objetivamente posible. A continuación se les ayuda a identificar y analizar sus fuentes de estrés, es decir, aquellas situaciones que se repiten con cierta frecuencia y que dan lugar a la pérdida de control. 'Una vez hecho esto se enseñan habilidades de comunicación, como hacer críticas de forma serena y constructiva, por ejemplo ', explica García Huete. Con constancia y seriedad, en un plazo de dos meses se puede dejar de ser un jefe de los años sesenta y convertirse en un directivo del siglo XXI.

De las malas formas al acoso moral

Si es usted el prototipo de jefe déspota al que no le importa ser odiado por sus subordinados ni tener problemas de salud, tal vez deba considerar una tercera consecuencia negativa de su comportamiento.

De unos años a esta parte, los juzgados se han inundado de demandas de trabajadores sometidos a lo que se denomina como acoso moral, es decir, comportamientos de maltrato psicológico sostenidos en el tiempo y que terminan provocando un daño en el trabajador. A menudo las víctimas del acoso son subordinados que han padecido durante meses o años la presión y las malas formas de un jefe déspota y colérico.

Las sentencias de los jueces en estas demandas, tímidas al principio, han terminado amparando sin reservas la posición del trabajador y fijando indemnizaciones sustanciosas. Para las empresas afectadas las condenas han supuesto una pérdida de imagen importante. En 2003 se presentaron 150.000 demandas como éstas en los tribunales españoles. Tal vez la próxima sea contra usted.

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