Al menos, así lo consideran los partidarios del decrecimiento, una teoría económica que ha cobrado vigor con la crisis y que ha celebrado recientemente en Barcelona su segunda conferencia mundial.

Trabajar menos contribuiría a proteger el planeta. Unas jornadas laborales excesivamente largas agravan el impacto ambiental, en una sociedad que ya está basada en el consumismo, el crédito para sostenerlo y el despilfarro de recursos. Todo ello socava las bases de la naturaleza, principal capital de la economía. Por eso, la reducción de la jornada laboral para ser sustituida por un modo de vida basado en la simplicidad voluntaria aliviaría la presión sobre los ecosistemas y mejoraría el bienestar general. Al menos, así lo consideran los partidarios del decrecimiento, una teoría económica que ha cobrado vigor con la crisis y que celebra este fin de semana en Barcelona su segunda conferencia mundial. El encuentro reúne a algunos de los más importantes especialistas mundiales en esta rama de la economía y a sus redes de apoyo social.

La economía de mercado ha exacerbado la productividad, pero no ha destinado, en general, sus beneficios a reducir las horas de trabajo. Mientras tanto, la prolongación de estas jornadas suele ir asociada al logro de un mayor crecimiento de la producción y del consumo, lo que significa mayor agotamiento de los recursos y una mayor degradación ambiental, según opina Giorgos Kallis, investigador de ciencias ambientales del Institut de Ciència i Tecnología Ambiental de la UAB Icrea.

Algunos estudios sobre decrecimiento concluyen que a medida que aumenta la jornada laboral se agravan los efectos ambientales y la huella ecológica sobre el planeta. "Las personas escasas de tiempo, aquellas que trabajan muchas horas, tienden a optar por estilos de vida que comportan un uso más intensivo de los recursos. Además, sus desplazamientos también son más intensivos en carbono. Comen fuera de casa con mayor frecuencia. Y tienen casas más grandes, por lo que a su vez consumen más energía", sostiene Juliet Shor en en el último informe sobre La situación del mundo (Icària Editorial).

La falta de tiempo –por trabajar demasiado– hace que la gente se dedique menos horas a actividades de bajo impacto ambiental (pasear, estar con la familia, cuidar una huerta, relajarse...). Desde esta óptica, trabajar menos no sólo ayudaría a conservar las bases naturales sobre las que se asienta la economía (agua, aire, recursos energéticos y naturales), sino que también reportaría numerosos beneficios personales. "Las jornadas laborales prolongadas generan estrés, minan el buen funcionamiento de la familia y de las relaciones sociales y provocan enfermedades físicas y emocionales. Unos empleados con exceso de trabajo son más propensos a experimentar el estrés y sufrir depresiones, y menos proclives a cuidar su salud", dice la investigadora.

Demostrados los efectos perjudiciales de las jornadas demasiado largas, los partidarios del decrecimiento apuestan por reducir las horas de trabajo. Así, una importante proporción de la población norteamericana, australiana o canadiense ha asumido cambios voluntarios de estilo de vida para disfrutar de más tiempo fuera del trabajo. Trabajo a tiempo parcial, búsqueda de empleos con horario menos exigente o el abandono de empleos remunerados ensanchan la base social laboral de los partidarios del decrecimiento.

"La mejora de la tecnología ha hecho que se necesiten menos personas para hacer el mismo trabajo. Por eso, el tiempo ganado debería repartirse; no hay que dedicarlo a producir más y a degradar el planeta, sino que lo que hay que hacer es trabajar menos para que todos tengamos más tiempo y emplearlo en otras cosas, como estar con la familia o desarrollar otras actividades por las que ahora pagamos dinero, ya sea el jardinero o el canguro de los niños, u otras similares", dice Giorgos Kallis, experto en ciencias ambientales. Convencido de los impactos negativos que todo esto puede tener, Kallis matiza que es necesario introducir cambios en la Seguridad Social y nuevas garantías de seguridad en el trabajo con la mirada puesta en "producir menos".

Siguiendo este pensamiento, muchas personas han abrazado la idea de simplicidad voluntaria, una tendencia que puede ser considerada "un regreso a la frugalidad; es decir, consumir lo justo y lo necesario para vivir bien", según explica Miquel Valencia Mulkay, de la Red Ecologista de Trabajar menos protege el planeta Los partidarios del decrecimiento abogan por reducir la jornada laboral Consumo. Miles de compradores, en Oxford Street (Londres) en las Navidades del 2008 México. "Mucha gente adulta abandona el deseo de ganar dinero y, en Australia o EE.UU., muchos ejecutivos se retiran a su casa a hacer una vida sencilla y tranquila para tener más tiempo para ellos y su familia", dice el químico mexicano, que no usa ni coche ni móvil. "Tenemos que disminuir el uso de la energía y materiales que emplea la economía; hay que recortar las emisiones de CO2 para controlar el efecto invernadero y parar la destrucción de la biodiversidad", abunda el profesor Joan Martínez Alier, uno de los promotores de la conferencia.

El imperativo del crecimiento hace que, para mantener el empleo y no reducir el número de horas trabajadas, se tienda a aumentar la producción y el consumo. Pero en el futuro, "la necesidad de limitar el consumo en los niveles actuales (o incluso más bajos) hará necesario despedir a una parte de los trabajadores o bien reducir la jornada laboral en todo el mundo", explica John de Graaf, director de la campaña Recupera tu tiempo. Esta iniciativa persigue que los países ricos empiecen a canjear las mejoras de productividad laboral por tiempo libre, en vez de poder adquisitivo adicional.

Los partidarios del decrecimiento se sienten más fuertes con la crisis. Sostienen que el crecimiento ilimitado es una falsa creencia en un planeta finito. "La humanidad consume ya cerca del 30% más de la capacidad de regeneración de la biosfera", recuerda Serge Latouche en El pequeño tratado del decrecimiento sereno (Icària).

La conferencia de Barcelona elaborará respuestas a los interrogantes y vacíos que suscita la idea del decrecimiento, que pone el acento en la producción local frente al comercio internacional (despilfarrador de energía en el transporte). Ellie Perkins, de la Universidad de York (Canadá), apuntó en el paraninfo de la UB algunas de esas preocupaciones. Sugirió que en la nueva economía se deben eliminar las subvenciones a actividades contaminantes (el carbón) y dar ayudas a las familias por educar a sus hijos dentro de la redefinición del trabajo asalariado (amas de casa, voluntarios). Y tras enseñar su mercado en Toronto, puso otro dedo en la llaga. "¿Podré seguir comprando las clementinas españolas en Canadá?". Los ideales del decrecimiento entroncan conmovimientos que cuestionaron la Ilustración (la bondad del progreso) y el liberalismo económico al margen del marxismo, convencidos de que no sólo la escasez y el interés activan la economía. "Hay culturas ancestrales que prestigian a los más generosos", recuerda Miguel Valencia. Nicholas Georgescu-Roegen fue su gran embajador y Latouche su principal figura actual.

Acceso a página web sobre la Conferencia: http://www.degrowth.eu

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