Manuel Pimentel: "En 1998 se aprobó en Francia la ley que fijaba la jornada laboral en 35 horas a la semana. Se consideraba el trabajo como una tarta fija. Si las porciones en las que se repartía eran más delgadas, pues más cabrían a probar el pastel."

En el año 1998 se aprobó en Francia la controvertida Ley Aubry, que fijaba la jornada laboral en 35 horas a la semana. Apoyada entusiásticamente por los sindicatos franceses, la nueva norma se vendió como una medida de reparto del trabajo para crear empleo. La ley preveía su entrada en vigor de una forma progresiva, concediendo diversas subvenciones y apoyos públicos a las empresas que la adoptaran con prontitud. La idea defendida por Aubry era bien sencilla: consideraba el trabajo como una tarta fija. Si las porciones en las que se repartía eran más delgadas, pues más cabrían a probar el pastel.

Esa tesis se demostró errónea, como veremos más adelante, pero sirvió de excusa para un amplio debate europeo. Ni que decir tiene que la nueva legislación no gustó ni un pelo a los empresarios, que argumentaron que les haría perder competitividad y por tanto empleo.

Por aquel entonces me tocó compartir mesa del Consejo de Ministros Europeo con la ministra francesa, hija de Jacques Delors. Éramos mayoría los que afirmábamos que trabajar menos cobrando lo mismo, y todo ello por ley, era una mejora evidente para los trabajadores beneficiados, pero que no era una medida para crear empleo, sino que, por el contrario, terminaría destruyéndolo, por pérdida de competitividad global.

¿Y mientras? ¿Qué pasó en España? Ni siquiera el PSOE, que por aquel entonces estaba en la oposición, apoyó la medida. Los sindicatos la defendieron, pero sin demasiado convencimiento. Para ellos era más prioritaria la creación de empleo y la calidad del mismo que la reducción de la jornada por ley. De hecho, jamás plantearon un conflicto por esta materia.

La tesis que prosperó en nuestro país fue bien razonable. Que la duración de la jornada laboral se determinase en cada convenio y que el máximo legal siguiera en las 40 horas. ¿Qué esperábamos? Pues que en algunos sectores se produjera un moderado descenso de jornada siempre que la productividad por trabajador fuese creciente.

Y al principio así fue. Si el máximo legal de horas anuales de trabajo estipulado por el Estatuto de los Trabajadores superaba las 1.800 horas anuales, en 1997 la media ya era inferior, de unas 1.767,9 horas. Esta cantidad fue rebajándose en los convenios de años sucesivos hasta llegar a un mínimo de 1.752,8 en 2003. Y entonces se produjo la sorpresa. El empleo en Europa comenzó a ir francamente mal, con fuertes crecimientos del desempleo en Alemania y en menos medida Francia. Las deslocalizaciones industriales golpearon con fuerza a la actividad productiva, y cundió el pánico entre empresarios y trabajadores.

A partir de ese momento desapareció todo el debate sobre las 35 horas. Europa, que perdía competitividad a marchas forzadas, no podía permitirse la fiesta de disminuir el tiempo de trabajo en sus empresas. El nuevo Gobierno francés enterró la famosa ley de las 35 horas, y en el seno de la negociación colectiva comenzó a plantearse seriamente el asunto de la jornada laboral. Pero no para trabajar menos, como parecía que ocurriría, sino al revés, para trabajar algunas horas más. Unos años antes nadie hubiera creído que tal situación pudiera producirse, pero así es la vida y la economía. Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas, que diría la canción. Y el resultado salta a la vista. Las horas acordadas en convenio se han incrementado por vez primera para pasar a 1.756 durante el pasado año. Algunas estimaciones apuntan a que durante el año 2005 esta tendencia continuará y que se rondará las 1.760 horas.

Ante estos datos, podríamos realizar algunas reflexiones. La primera es que los convenios colectivos están más vivos de lo que muchas veces creemos. Han sabido recoger la necesidad de mayor competitividad global de nuestra economía.

Reducir el tiempo de trabajo por ley fue una mala medida. El tiempo de trabajo debe regularse en los convenios, más ajustados a cada realidad sectorial o de empresa. Está bien que así sea. Pero aunque ayude, este aumento de jornada no es la panacea de nuestra competitividad. Competencia, formación, valor añadido, I+D, organización flexible del trabajo, productividad y un largo etcétera son cuestiones del mismo calado que el del extinto debate sobre las 35 horas. Que descanse en paz.

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