El 28,6% de los residentes extranjeros tiene estudios superiores, frente al 22,2% de los nativos, lo que podría evitar incidentes como los de Francia. ¿Hasta qué punto están relacionados el éxito escolar y la conflictividad?

Cientos de coches quemados, tiendas arrasadas y destrozos en el mobiliario público es el bagaje que han dejado las últimas dos semanas de revueltas en Francia. El caos llevaba la firma de jóvenes inmigrantes de entre 16 y 25 años sin estudios.

¿Podrían repetirse unos acontecimientos similares en España? ¿Hasta qué punto están relacionados el éxito escolar y la conflictividad? CAMPUS ha trasladado estas preguntas a diversos expertos universitarios en materia de inmigración.

Uno de ellos, el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona, Josep Oliver, plantea un buen augurio para el futuro de la integración en España partiendo de una tendencia y un porcentaje. La tendencia es que «la estadística internacional demuestra que existe una conexión directa entre el nivel cultural de los padres y las posibilidades de acceso a la educación superior de sus hijos».

El porcentaje, recogido en el informe La inmigración en España: presente, pasado y futuro, que Oliver realizó para la empresa Manpower con datos de 2002, dicen que entre los inmigrantes residentes en España hay un 28,6% que ha realizado estudios superiores, ya sean universitarios o no universitarios.

Paradójicamente, frente a la creencia general de que los inmigrantes son personas con escasa formación, las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) en que está basado el mencionado informe apuntan a que sólo un 22,2% de la población nacida en España ha llegado hasta el escalón superior de nuestro sistema educativo. «Teniendo en cuenta que el nivel cultural de los inmigrantes de primera generación es alto, podemos esperar que sus hijos también lo alcancen», concluye Oliver. Aunque esta comparativa está elaborada con cifras de población, se pueden considerar representativas del conjunto de la inmigración ya que, según Oliver, «la tasa de ocupación es muy alta en estos colectivos».

La superioridad formativa de los inmigrantes podría ser aún mayor de no ser porque los africanos hacen bajar la media. En concreto, sólo el 11,9% de los originarios del norte de África había cursado estudios superiores, aunque la cifra se elevaba al 24,3% para el resto del continente.

En el otro extremo de esta estadística se encuentran los inmigrantes iberoamericanos, aunque con diferencias. Entre los de América Central y el Caribe, un 39,4% había pasado por la Universidad o cursado otros estudios de grado superior, pero la cifra baja al 28% para los suramericanos.

La estadística deja otra sorpresa, el nivel formativo de la Europa de los 15 (en 2002 aún no se había producido la ampliación). Sólo un 34% de sus ciudadanos que trabajaba en España había llegado al peldaño superior del sistema educativo, mientras que la proporción era del 24% en los 10 nuevos miembros de la UE y del 36% en el resto del continente.

Aunque alentadoras, estas cifras de formación no dan como para echar las campanas al vuelo. Principalmente, porque la verdadera integración se producirá cuando los hijos de los inmigrantes se formen en las universidades españolas después de haber superado las fases anteriores del sistema educativo. Los datos que aporta el Consejo de Coordinación Universitaria (CCU) son claros al respecto.

En el curso 2002-2003, el último del que existen cifras, sólo había 16.275 alumnos extranjeros matriculados en primer y segundo ciclo en las universidades españolas, un 1% del total. A ese número hay que restarle los 6.300 procedentes de la Europa de los 25, muchos de ellos con becas Erasmus, que no se pueden considerar propiamente como inmigrantes.

INMIGRANTES DE LUJO. Sensiblemente superior es la proporción de alumnos extranjeros de tercer ciclo, ya que los 11.745 matriculados suponen un 17,2% de los 67.983 totales. Permeable para los estudiantes extranjeros que disponen de recursos para pagarse un posgrado fuera de su país de origen, pero impermeable para los que emigran por razones socioeconómicas o políticas. Ése es uno de los perfiles de la Universidad española.

Muchos de esos inmigrantes de alto nivel socioeconómico que cursan posgrados se encuetran actitudes xenófobas que desconocen en su país. «Una alumna hispanoamericana que acababa de presentar una tesis fue al médico porque le dolía la espalda y le dijeron que era de agacharse para limpiar», denuncia Tomás Calvo, catedrático de Antropología de la Complutense y director del Centro de Estudios Sobre Migraciones y Racismo (CEMIRA).

Además de para denunciar que España aún no está preparada para asociar la diversidad étnica con un alto nivel educativo y económico, esa avanzadilla de estudiantes de posgrado es fundamental en el ámbito de la cooperación, como afirma Patricia Onieva, coordinadora de información académica y legal de la Oficina de Estudiantes Extracomunitarios (OEX) de la Complutense. «Se debería prestar más atención a los extranjeros que vienen a hacer posgrados, porque regresan a sus países convertidos en herramientas para el desarrollo», expone.

ESTADIO TEMPRANO. No obstante, esta «inmigración de lujo», como la denomina Tomás Calvo, está a años luz del reto que representará la llegada o no a los campus de los hijos y nietos de los inmigrantes que han venido a España, porque son esas segundas y terceras generaciones las que están provocando disturbios en Francia. Según los expertos, aún falta una década para que esa otra inmigración arribe a la Universidad desde los institutos de secundaria.

«Aún estamos en un estadio muy temprano en lo que se refiere a la integración, porque los niños y jóvenes que entraron en España en los últimos años no tienen muchas opciones de acceder a la Universidad», afirma Joaquín Arango, catedrático de Sociología de la Complutense y director del Centro de Estudios sobre Ciudadanía y Migraciones del Instituto Universitario Ortega y Gasset.

En su opinión, el ejemplo francés debe servir «para que tomemos conciencia de lo importante que es el gasto social en temas como la vivienda, la educación...». Arango coincide con Calvo y Oliver en vincular los incidentes con las cifras de desempleo que han venido sufriendo en Francia en la última década.

En el país galo se dan un 11% de paro en general y un 40% de paro juvenil que han sufrido especialmente en los guetos donde residen las familias de bajo nivel socioeconómico y los inmigrantes. «Ha fracasado el modelo francés de la escuela laica, la eliminación de los símbolos religiosos y el reconocimiento de la ciudadanía», denuncia Tomás Calvo, «porque la verdadera integración se produce cuando participas de la tarta, cuando tienes el mismo acceso al trabajo y a la educación que cualquier otro francés».

Trasladando estos parámetros a España, no parece que el paro vaya a ser un desencadenante de violencia. Nuestro mercado laboral «lleva años absorbiendo inmigrantes a gran escala y, por tanto, se les abren posibilidades de ascenso en la escala social», como apunta Oliver.

DESIGUALDADES. En cambio, sí podríamos estar creando «un caldo de cultivo» para la violencia al favorecer la aparición de guetos de inmigración y pobreza, como alerta Ferrán Ferrer, catedrático de Educación Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona. La semana pasada, Ferrer presentó en la Fundación Jaume Bofill un estudio en el que se demuestra que, de los 1.516 alumnos catalanes de secundaria encuestados, el 50% de clase social más baja mostraba unos conocimientos propios de analfabetos.

«No vamos en la buena dirección», indica Ferrer, «porque tenemos jóvenes fuera del sistema educativo, con competencias intelectuales muy básicas y con poco futuro en el mercado laboral». A su juicio, «las diferencias de nivel entre los resultados académicos de los jóvenes inmigrantes y los españoles se explican por sus diferentes contextos socioeconómicos». Por tanto, propone a las administraciones públicas hacer «una apuesta muy fuerte por la educación, y no sólo dirigida a los inmigrantes».

Tomás Calvo, por contra, sí se muestra a favor de la discriminación positiva. «Fomentaría el acceso a la Universidad de los inmigrantes con unas becas dirigidas exclusivamente a ellos, porque sería bueno para sus beneficiarios directos y para el resto, que los verían como un modelo». La realidad actual refleja una total desincentivación del estudio frente a la obtención de ingresos, como refleja una encuesta realizada por el Instituto de Estudios sobre Migraciones de la Pontificia Comillas entre jóvenes marroquíes, dominicanos y chinos y de la que sólo se ha presentado un avance.

«Nos preocupa que dejen los estudios con 16 años, porque no cuentan con el capital humano suficiente para integrarse en el mundo laboral», plantea María Rosa Blanco, coautora del estudio junto a Jesús Labrador.


UNA SEMANA CONTRA EL RACISMO

Estos días se celebra en la Universidad Complutense de Madrid la IX edición de su Semana contra el racismo, que organiza el Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo (CEMIRA). Según su director, Tomás Calvo Buezas, esta iniciativa pretende «sensibilizar a la juventud universitaria sobre los temas racismo y xenofobia, para lo cual es necesario un análisis académico del fenómeno en sus diferentes vertientes».

En este sentido, la semana comenzó con sendas conferencias sobre la inmigración desde el punto de vista de la salud y la educación, y continuará los próximos días con otras sobre los temas ¿Choque, alianza o nueva civilziación? El desafío del siglo XXI y 4 millones de inmigrantes: los nuevos conciudadanos y el reto de la convivencia. Además, tendrán lugar exposiciones sobre los temas La lucha de las minorías étnicas en Estados Unidos, La globalización y sus efectos en los países del sur y, por último, África escucha su voz.

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