¿Cómo tratará la vida a los malos estudiantes como Bart Simpson? ¿Cómo les irá cuando crezcan y deban enfrentarse al mercado laboral? ¿Es verdad que un título ya no sirve para nada y que gana mejor sueldo un fontanero que un licenciado?

Los guionistas de la serie de dibujos que protagoniza Bart Simpson aventuraron en un episodio cómo sería Bart en el año 2030. Lo imaginaron como un trabajador manual, que todavía se mantenía soltero y era razonablemente feliz. La peripecia de este simpático personaje viene al caso porque se ha constituido en un icono que encarna el desinterés y la falta de motivación de muchos de los estudiantes de primaria y secundaria actuales.

Pero son las bajas calificaciones obtenidas por el sistema educativo en la última encuesta PISA, la más importante en el ámbito de la educación y en la que se comparan los niveles de distintos países, las que invitan a reflexionar sobre hasta qué punto las calificaciones escolares son un espejo fiable a la hora de atisbar el futuro profesional de los chavales. Por que si esto es así, los deficientes niveles en matemáticas, ciencias y compresión lectora reflejadas en la encuesta de la OCDE, deberían disparar todas las alarmas.

Diez de cada cien

"Bart es listo, ágil, creativo e intuitivo. Quizás por ello, a pesar de que su adaptación escolar no sea satisfactoria, se situaría en ese 10% de alumnos que logran integrarse bien en el mercado laboral. Algo que no sucedería con el otro 90% de malos alumnos". El diagnóstico lo emite Álvaro Marchesi, catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

"Hoy, si te va mal en la escuela, tienes un alto riesgo de toparte con más dificultades de adaptación en el mundo laboral", añade el profesor Marchesi, que acaba de publicar un ensayo titulado Qué será de nosotros, los malos alumnos. "Pues, aunque un joven pueda ver a su hermano que ha acabado la carrera repartiendo pizzas, las titulaciones siguen siendo un referente importante en el mundo laboral que reflejan no sólo la competencia académica del estudiante, sino también su capacidad de seguir progresando vitalmente y como persona".

Para Marchesi, el fracaso escolar te torna más indefenso ante el reto profesional y aunque el panorama actual abona el pesimismo, él prefiere romper una lanza a favor de un futuro más abierto: "El contrapunto es la constatación de que alumnos con currículos tan poco brillantes como el de Bart, logran sin embargo recuperar el tiempo perdido y obtener niveles académicos elevados. Eso sin contar con su capacidad para desarrollar iniciativas brillantes en la vida comercial y empresarial".

La realidad está llena de rutilantes ejemplos de malos estudiantes que han creado imperios, aunque Marchesi vuelve a poner peros para conjurar el riesgo de que el atractivo ejemplo de Bart pueda hacerse extensivo a todos los que sacan malas notas. "La peripecia del chaval que comienza de conserje y llega a la presidencia de un banco existe, pero para que salga uno, hay 999 que se quedan de conserjes".

Pero una cuestión es la vida profesional y otra la capacidad de disfrutar de la vida. Lo que hay que procurar es que los alumnos tengan el máximo de formación para disfrutar de la lectura o el arte, apunta el profesor. "Aunque un buen fontanero vivirá mejor si su habilidad va acompañada de una buena formación humana y social".

Los jóvenes, de forma todavía intuitiva, perciben además que la satisfacción profesional no es lo único que hay en la vida, ni siquiera lo más importante. Algo con lo que coinciden los resultados de un sondeo reciente realizado por The Economist en todo el territorio europeo. Así, cuando se les pregunta la importancia de diferentes factores en la felicidad personal, las alegrías laborales no ocupan más que la cuarta posición, detrás de la salud, las relaciones familiares y las libertades políticas y civiles del país en el que viven.

¿Tendrá razón Sabina cuando canta "El más capullo de mi clase ¡qué elemento! llegó hasta el Parlamento?". O cuando, unas estrofas después, remata: "El superclase de mi clase ¡que pardillo! se pudre en el banquillo". El creciente desencuentro entre las titulaciones obtenidas y el trabajo que se acaba realizando, junto con una mayor precariedad del mercado laboral, hace que este tipo de discursos gocen de muy buena salud. Pero las estadísticas de inserción laboral que manejan las universidades, desmontan esa imagen.

"El tópico de que una carrera no asegura un puesto de trabajo no funciona aquí", asegura Angels Serrat, técnica de ocupación de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y que trata directamente con los recién titulados en busca de empleo. "Es cierto que antes se colocaba en menos tiempo un porcentaje superior, pero en la actualidad el 70% de esta universidad encuentra trabajo en menos de tres meses".

La UPC es ejemplo diáfano de que la excelencia académica tiene su correlato en una salida laboral envidiable. Muestra también el abismoq ue separa en este aspecto las carreras de humanidades de las técnicas. Aquí hasta no hace mucho venían las empresas a fichar a los estudiantes de los últimos cursos.

"Bart ya no hubiese logrado entrar", considera Serrat. "Un niño que no funciona en la escuela ya no consigue matricularse en la UPC. Y si bien es cierto que quien logra acabar la carrera aquí tiene grandes facilidades para incorporarse al mundo laboral, también lo es que que está es una universidad muy exigente en la muchos alumnos de primero cambian de especialidad".

En resumen, de la UPC sales con una titulación envidiable en el mercado laboral pero aquí no regalan nada y el éxito sólo se consigue a través de un esfuerzo continuado. Por eso, a la hora de elegir las metas, los jóvenes se encuentran, según escribe José Antonio Marina en su última obra, La inteligencia fracasada:"Nos enfrentamos continuamente con tres problemas. No sé que hacer. Sé lo que quiero hacer, pero no sé cómo. Sé cómo pero no me atrevo. Todos tenemos un proyecto inevitable e inevitablemente vago: ser felices. Lo que no sabemos es mediante qué proyectos podemos concretar esa aspiración difusa".

Más oportunidades

La elección de metas es una de las más delicadas operaciones de la inteligencia. Sin embargo, Bart Simpson y los malos estudiantes con él tendrían más oportunidades en un sistema educativo que no fuese tan lineal. Lo explica Francisco Marcellán, director de la Agencia Nacional de Calidad y Acreditación (Aneca), que se encarga de evaluar para Educación la inserción laboral de los universitarios españoles: "Lo que no puede ser es que la frontera del fracaso se establezca a los 16 años", se lamenta Marcellán. "Bart debería tener también su oportunidad.Ysi ésta pasa por hacer Formación Profesional, comenzar a trabajar y luego lograr una ingeniería técnica, el sistema tiene que facilitarlo. Por ello concebir la educación reglada como finalista es un error, hoy ya sabemos que el proceso de aprendizaje en las sociedades contemporáneas es permanente y que dura toda la vida. Por eso ¿en qué medida un chico que fracasa en Secundaria le podemos transmitir el mensaje que jamás podrá ir a la universidad".

La cifras que ofrece anualmente Aneca muestran que el 70% de los licenciados encuentran trabajo durante el primer año (de ellos, el 24% lo logran gracias al concurso de padres y amigos). Son cifras meramente cuantitativas en las que no se refleja la idoneidad de los puestos ocupados respecto a la formación realizada. Marcellán sueña con un sistema que propicie que un enfermero comience a estudiar Medicina a los 35 años, cuando su motivación y recursos pueden ser más adecuados. "Antes era muy poco frecuente. Y, sin embargo, es un lastre que la universidad siga limitada a determinados segmentos de edad".

Resulta evidente que sí que debemos preocuparnos por los malos resultados escolares de los alumnos de este país: la calidad de la enseñanza actual conformará nuestro futuro.

Así que recogemos la propuesta de Marchesi a la hora de buscar soluciones: "En España existe un escaso compromiso social con la educación, lo que se traduce en menos recursos que en otros países, una escasa dedicación y exigencia de las familias y, por último, un sector del profesorado que no asume su implicación en la motivación de los alumnos".

Hay quien no está completamente de acuerdo con este análisis. Como un padre escribía no hace mucho en la sección de "Cartas al director" de este diario: "Después de los malos resultados obtenidos por los alumnos españoles en comprensión lectora, matemáticas y cultura científica, sorprende oír en muchos medios de comunicación -en especial tertulias radiofónicasque los culpables somos los padres por hacer dejación de la educación de los hijos en las escuelas.

"No pretendo decir que los padres lo hacemos todo bien (ni de lejos), pero sospecho que nuestros errores son más por exceso que por defecto. Nunca ha habido un nivel mayor de implicación de lo padres en la educación de los hijos como ahora. Los niños se han convertido -para bien o para mal- en el centro del universo. Además de buscar mil formas para que se diviertan, se realicen y mantengan alta su autoestima, y hacemos cada día los deberes con ellos. Así que se nos puede culpar de muchas cosas, pero no de que ellos no sepan matemáticas".

Instituciones y profesorado también apuntan hacia otro lado ¿tendrá sólo Bart la culpa de lo que le pasa?

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