Joaquín Moya Angeler, presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Públicas Españolas: "Aún no tenemos una universidad "excelente", que democratice la meritocracia, que dé el salto de calidad, de excelencia y de especialización."

El futuro del país, aunque nadie lo diga, pasa por las universidades. Hace apenas unos días, Marcos Peña, Presidente del Consejo Económico y Social, realizaba esta afirmación en las jornadas que la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Públicas de España celebramos en Sevilla. Unas jornadas de intensos y fructíferos debates que han vuelto a poner de manifiesto el papel trascendente que las universidades deben desempeñar en la construcción de la nueva Sociedad del Conocimiento. Quizá en ningún otro momento de la historia las Universidades han jugado un papel tan relevante para el futuro de una sociedad y, precisamente por ello, quizá tampoco nunca haya sido tanta la exigencia social a las mismas. Una exigencia de cambios en nuestro sistema universitario que requiere un análisis trasversal de nuestra realidad como país. Un análisis que parta del reconocimiento a los avances alcanzados. Tener la tentación de separar la Universidad de la sociedad, de hacerle un examen en exclusiva y de foto fija, sería un ejercicio viciado que sólo conduciría a la melancolía.

Nuestro país ha conseguido un progreso espectacular en los últimos 30 años. Nuestra Universidad también. A nuestro país le queda mucho camino aún que recorrer para situarse entre las sociedades más avanzadas de nuestro entorno. A nuestra Universidad también. Ambas realidades han estado y están estrechamente relacionadas. Hemos democratizado el acceso a la formación superior. Y lo hemos hecho desde la equidad y el equilibrio territorial. Hoy tenemos una universidad "popular", una universidad "abundante", pero aún no tenemos una universidad "excelente", que democratice la meritocracia, que dé el salto de calidad, de excelencia y de especialización que necesitamos. No es cierto que nuestra Universidad sea mala, pero tampoco lo es que las necesidades de cambio en sus estructuras supongan un riesgo para su independencia o su autonomía. Si convergemos con las universidades de nuestro entorno en materia de docencia y aprendizaje a través del espacio Europeo de Educación Superior, si tenemos universidades cada vez más productivas y convergentes en materia de investigación a través del Espacio Europeo de Investigación, y si tenemos universidades que empiezan a dejar atrás complejos arcaicos e intensifican su colaboración con las empresas para la transferencia de conocimiento como ocurre en los países más avanzados, ¿por qué no podemos converger igualmente en modelos de financiación y gobernanza que aseguren una gestión más eficiente de los recursos?

No podemos dejarnos distraer por mensajes falaces y debates baldíos sobre mercantilización o deshumanización. Es obligación de todos conocer la realidad de la Universidad de hoy para poder defenderla con responsabilidad, sin caer en permanentes y absurdas flagelaciones o atrincherarse en posturas inmovilistas o corporativistas. Sin duda, la mejor defensa que todos debemos hacer de la Universidad es abordar con decisión, y desde el máximo consenso posible, los problemas reales que aún limitan su capacidad de actuar como motor de progreso de nuestra sociedad. Ya no se trata de evitar que la Universidad sea un freno al avance que nuestro país necesita, sino de procurar que sea quien lo impulse y lo lidere. Es imposible construir una sociedad avanzada y competitiva sin universidades avanzadas y competitivas. De ahí que la exigencia social hacia las universidades sea cada vez más alta y la necesidad de generar cambios en sus estructuras sea apremiante. Pero esa exigencia representa la mejor oportunidad que la Universidad tiene para alcanzar el más alto grado de legitimación social posible y que nuestro país tenga la Universidad que se merece.

El futuro dibuja claramente que las nuevas fragmentaciones sociales y económicas se producirán entre quienes creen y compartan conocimiento y quienes no lo hagan. La fortaleza de los nuevos sistemas productivos se basará en la capacidad intelectual de su capital humano. La educación será por tanto la primera política económica y de empleo. Aprovechemos esta oportunidad para dialogar con la generosidad intelectual que nos permita alcanzar los consensos necesarios desde el respeto a los valores sobre los que la Universidad se sustenta, con autonomía, independencia y espíritu crítico. Pero, sobre todo, hagámoslo con urgencia.

El Gobierno ha abierto un proceso de diálogo y participación. La estrategia Universidad 2015, el Pacto por la Educación, la Ley de la Ciencia, los documentos sobre Financiación y Gobernanza, son excelentes puntos de partida que han puesto sobre la mesa temas trascendentes para el futuro de la Universidad y del país. Temas que están en la mente de todos los que pensamos que la mejor forma de adaptarse a los cambios es anticiparlos y liderarlos. Los Consejos Sociales, como órganos de participación de la Sociedad en la Universidad, exigimos a todos los agentes implicados que aborden este debate con ambición, valentía y voluntad real de avance, y nos ofrecemos como interlocutores necesarios y aliados para generar los cambios que nos permita contar con universidades más eficientes, excelentes, competitivas e internacionales.

Joaquín Moya Angeler es presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Públicas Españolas

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.