Las opiniones sobre la extensión de la jornada laboral están divididas entre quienes consideran que los hábitos del horario forman parte del código genético del país y los que lo ven como la prueba de una falta de adaptación social a los nuevos tiempos.

El debate sobre la jornada laboral, más exactamente sobre su extensión, se está abriendo paso poco a poco. Las opiniones están divididas entre quienes consideran que los hábitos del horario extensivo forman parte del código genético del país y que abandonarlos equivaldría poco más o menos a una pérdida cultural y los que lo ven como la prueba de una falta de adaptación social a los nuevos tiempos.

Probablemente ni una cosa ni la otra. Según los especialistas en el tema, los horarios laborales españoles eran al comenzar el pasado siglo bastante más parecidos a los de los vecinos europeos que en la actualidad. Según esa tesis, la Dictadura franquista vino, también en este terreno, a cambiar los hábitos más avanzados de la sociedad española. En sentido contrario, avances como la generalización de la iluminación artificial deben haber contribuido lo suyo, en un país climáticamente benigno como este, a alargar los horarios sociales hasta bien entrada la noche.

Pero, al margen de esas consideraciones costumbristas, la sociedad española, por la vía de las largas pausas y la desconsideración hacia la importancia del tiempo ha acabado consagrando su vida al ámbito laboral. Una parte muy significativa de la población activa se dedica al monocultivo. Sólo trabajo durante los días laborables; tiempo libre degradado a simple descanso reconstituyente durante el fin de semana.

Contra el viejo prejuicio que asociaba estas latitudes con la alergia al trabajo y el amor a los largos puentes vacacionales, las estadísticas y estudios más variados no dejan lugar para las dudas: en España se trabaja más que en la mayoría de las economías desarrolladas del planeta.

Si la riqueza fuera una consecuencia directa del número de horas deberíamos tener una de las rentas per cápita más altas del planeta, cosa que no ocurre. Y es que en muchos casos la relación no es directa sino inversa. Si la economía dispone de una oferta de horas de trabajo abundante, casi ilimitada, y a bajo precio (si la jornada dura más allá de lo estipulado legalmente el coste medio de cada hora cae en proporción) la productividad tenderá a caer y, con ello, la riqueza social. Esta es probablemente una parte importante de la historia de los hábitos laborales, y pornde sociales, de los últimos años.

El problema es que ya no es sostenible, por despilfarrador y por inaceptable para capas crecientes de la población, desde los niños a las mujeres obligadas a reducciones de jornada para atender a los hijos que acaban laminando su capacidad económica, su independencia y su proyección profesional. Al fin y al cabo, con un uso más racional del tiempo todos saldremos ganando.

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