La capacidad adquisitiva de los trabajadores de los países favorecidos por la globalización no crece, o lo hace mucho menos que los beneficios empresariales. Aumenta la percepción de vencedores y perdedores estructurales.

EL MERCADO LABORAL es uno de los campos de batalla preferentes de la globalización. Sus efectos negativos se manifiestan en el paro, el empleo de baja calidad, la deslocalización y la escasa subida de los salarios reales de los trabajadores. Con motivo de la última cumbre de Davos, el director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Juan Somavía, describía la situación como de crecimiento sin empleo. La economía global, que creció como media en 2005 un 4,3%, no consiguió crear un número suficiente de empleos. Hay en el mundo casi 200 millones de personas sin trabajo, pertenecientes a la población activa, de los cuales 86 millones son jóvenes entre los 15 y 24 años.

Vivimos un ciclo largo de alto desempleo, fenómeno al que hay que unir el empleo temporal o a tiempo parcial. Si en España sumásemos esos tres conceptos, resulta que casi el 50% de la población activa estaría dentro de lo que se podría considerar precariedad. Hay una cierta novedad en el problema: esta situación ya no se identifica -como se decía en los manuales clásicos sobre la globalización- sólo con los trabajadores sin cualificar, sino que entre los perdedores estructurales se empiezan a multiplicar los trabajadores de cuello blanco. Véase lo que está ocurriendo con la desloca-lización de los servicios. El economista francés Daniel Cohen escribía hace unos meses que de la noche a la mañana hay oficios que se creían protegidos y que se encuentran con la competencia mundial, para mal o para bien: "Siempre hará falta un médico sobre el terreno para que ponga el oído sobre el pecho de un paciente, pero ya no necesariamente para examinar sus radiografías. Un radiólogo indio puede ofrecer un análisis útil y más barato, o al revés, si el caso es difícil, la opinión del mayor especialista podrá solicitarse a través de la Red... El médico de cabecera encuentra un apoyo técnico que incrementa su productividad: sale ganando con la globalización. Su colega radiólogo, al igual que las regiones industriales, deberá luchar duro para hacerse un hueco en el segmento más elevado del mercado".

La deslocalización incluye entre los afectados, pues, a trabajadores de cualificación media o alta, que ven perder su empleo o tienen que aceptar una reducción de salarios para mantenerlos. Con una diferencia respecto de los de baja cualificación: que los primeros forman parte de las clases influyentes de la sociedad, tienen su propia opinión pública, por lo que generan más ruido y más polémica. Lo recordaba en estas mismas páginas hace una semana José Juan Ruiz (¿Quien teme a la globalización? EL PAÍS de 11 de febrero): "Pese al interés mediático en los adalides de la antiglobaliza-ción de los países emergentes, tengo para mí que quienes realmente están en posición de revertir la interdependencia son los profesionales del sector servicios de los países desarrollados". Ruiz explicaba la percepción creciente de que la globalización reparte asimétricamente los costes y los beneficios.

Otro factor de desestabilización es el estancamiento medio del salario real en los países mejor situados y, por tanto, favorecidos por el proceso de globalización realmente existente. Desde hace años, amplias capas medias de la población observan cómo su capacidad adquisitiva decrece, crece poco o, en cualquier caso, aumenta mucho menos que los beneficios empresariales. Según datos del economista jefe de Morgan Stanley, Stephen Roach, la participación de los salarios en el conjunto de la renta nacional en Estados Unidos, Europa y Japón cayó a finales de 2005 hasta el 54,4%, el nivel mínimo desde que se inició la serie en 1991.

La armonización de los costes laborales en la globalización tira de ellos hacia abajo en relación con otros sectores. Ello da lugar a manifestaciones de proteccionismo y de resistencia, como la negativa a asimilar la liberalización de los servicios en Europa (directiva Bolkenstein) en condiciones de dumping social: las condiciones laborales del país de origen.

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