Antonio Cancelo: "Si cada factor contribuye en muy distinta medida a explicar las razones que hicieron posible el éxito alcanzado, tengo que decir que, desde mi punto de vista, los elementos determinantes fueron el liderazgo y la cultura."

Siempre he contemplado con admiración la capacidad de los grupos humanos para asumir su destino responsablemente y alcanzar grados de desarrollo que, transcurrido el tiempo necesario, sorprender por su magnitud y por su calidad. Son grupos que frente a cualquier expectativa razonable, rompen con las tendencias previsibles y a base de compromiso, preparación y esfuerzo construyen su propio futuro. Cuando cualquier acontecimiento transformador alcanza una significación notable, en comparación con otras realidades próximas, son muchas las personas que se acercan con ánimo de comprender las razones que explican el porqué de su desarrollo y la posibilidad de reproducir en otros territorios experiencias similares. Indagan así sobre las condiciones preexistentes, cultura, infraestructuras, apoyos de las administraciones, estado de necesidad y liderazgo. Los citados, y otros muchos más, son factores que contribuyeron, aunque en muy distinta medida, al desarrollo de proyectos que fueron capaces de cambiar las condiciones de vida a poblaciones que de otro modo se hubieran convertido en meros proveedores de mano de obra barata a territorios más avanzados.

Si cada factor contribuye en muy distinta medida a explicar las razones que hicieron posible el éxito alcanzado, tengo que decir que, desde mi punto de vista, en tanto que actor privilegiado partícipe de algunos proyectos de cierta envergadura, los elementos determinantes fueron el liderazgo y la cultura. Liderazgo basado en la decisión consciente de quienes participan en el proyecto, que confían en alguien a quien consideran capaz de interpretar sus aspiraciones más profundas e intentar concretarlas en realidades tangibles. Esta concepción del liderazgo aúna las voluntades en pos de objetivos ambiciosos, genera confianza y vuelca todos los esfuerzos en la dirección deseada, sin desviacionismos esterilizantes.

La cultura que favorece el desarrollo de los proyectos no procede de la historia, aunque pueda apoyarse en ella si tiene rasgos potenciadores, pero fundamentalmente se genera a partir de las creencias compartidas, fortaleciendo rasgos como la asunción de responsabilidades, la fe en la capacidad del grupo, el orgullo de pertenencia, el afán de búsqueda, la capacidad de sacrificio presente en aras del futuro, el placer del reto, el gusto por las cosas bien hechas, etc. Como se ve, los elementos que conforman la manera de ser y de actuar no están basados en la comodidad y, a pesar de ello, producen importantes satisfacciones.

Cuando empapado por esta mezcla de recuerdos y de emociones me acerco, como he tenido la suerte de hacer en estos últimos días, a grupos que están reflexionando actualmente sobre el futuro de sus respectivos proyectos, lo hago con la sana intención de responder lo mejor que sepa a sus demandas, pero también, he de confesarlo, con el deseo de analizar con la mayor objetividad posible el comportamiento de quienes con una responsabilidad directa se hallan inmersos en el juego creativo de definir donde quieren estar dentro de unos años.

Lo primero que observo en estos grupos de directivos enfrentados al futuro que desean construir, es que poseen unas herramientas técnicas poderosas que manejan con una gran soltura intelectual, fruto de su estupenda formación académica, que son capaces de diseñar con precisión los posicionamientos estratégicos de sus respectivos negocios, apuntar con claridad las líneas de futuro, conseguir espacios de acuerdo con sus colegas y consolidar lazos afectivos y relacionales dentro del equipo. Son buenas bases para desarrollar proyectos de envergadura, a condición de que se esté dispuesto a establecer objetivos retantes, faltos de lo cual el análisis, a pesar de su validez, parecerá más fruto de unos buenos consultores que de unos directivos responsables.

Lo de los objetivos retantes es una cuestión clave, ya que a partir de los mismos análisis, de la misma valoración, coincidiendo en diagnósticos y tendencias y hasta en aspiraciones expresadas con terminologías equivalentes, lo cierto es que algunos consideran muy ambicioso llegar hasta un punto que otros considerarán mera traslación de la tendencia. Hay aquí una especie de misterio lleno de sugerencias, ya que mientras unos directivos observan el reto como un obstáculo que se interpone en el camino por el que saben transitar y ante el cual se sienten inermes, ya que las herramientas utilizadas hasta ahora son insuficientes para superarlo, otros se sienten estimulados ante una dificultad que ellos han decidido asumir libremente y que no es si no la expresión de sus esperanzas.

Lo bello, lo entusiasmante de cualquier proyecto radica precisamente en su dificultad, porque aquello que es de dominio común, que está al alcance de cualquiera poco estímulo puede ofrecer a quien posea un auténtico espíritu directivo, aunque conforme a tantos administradores que ocupan puestos de dirección. Todos los proyectos empresariales, estén en el sector que estén, son susceptibles de convertirse en realidades punteras, siempre que se establezcan objetivos suficientemente ambiciosos, lo que solo está al alcance do los directivos.

A partir de elementos objetivos comunes perfectamente identificables, oferta, demanda, tecnología, comunicación, formación, etc., lo que diferenciará a unos proyectos de otros es algo aparentemente menos objetivable, el compromiso de los directivos para plantear objetivos que a los más prudentes les parezcan irrealizables. Los directivos para quienes el reto suponga un aliciente, que se sientan bien sufriendo el vértigo que produce el vacío que separa el lugar de partida y el de llegada, son los que se podrán sentir satisfechos con lo realizado.

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