Los beneficios de las grandes compañías crecen de forma vertiginosa. Y, mientras tanto, los periódicos dominicales hacen reportajes sobre las cohortes de los llamados mileuristas, gente que vive con 1.000 euros al mes y sin perspectivas de mejora.

Por primera vez una empresa española ha ganado más de 6.000 millones de euros, o un billón de las viejas pesetas. La cifra marea al economista más pintado, y no es para menos. Los beneficios de las grandes compañías crecen de forma vertiginosa, bien es cierto que en buena parte debido a la ampliación del perímetro empresarial. Y, mientras tanto, los periódicos dominicales hacen reportajes sobre las cohortes de los llamados mileuristas, gente que vive con 1.000 euros al mes y sin perspectivas de mejora.

Explicar en una columna este fenómeno sería un grave pecado de soberbia. Pero el último informe de Stephen Roach va por esa línea, al destacar cómo la globalización reduce la participación del factor trabajo en el PIB de los países desarrollados. A medida que las economías en desarrollo no sólo compiten en costes laborales, sino que su productividad aumenta, se da lo que Roach llama el arbitraje laboral. Un eufemismo para hablar de la deslocalización. Que tiene su parte positiva en la rentabilidad del factor capital, pues puede jugar sus cartas con más eficiencia sobre un tapete global, y de ahí el espectacular aumento de los beneficios empresariales.

Todo ello redunda en el citado descenso de la participación de los ingresos salariales en el PIB, dato que está en el 54,4%, el nivel más bajo de los últimos 15 años tomando cifras agregadas de Japón, Europa y Estados Unidos. En la recuperación económica de este último país, el aumento de la masa salarial ha sido del 12% cuando, según las estimaciones de Morgan Stanley, debería haber sido del 20% si hubiese seguido el patrón de anteriores recuperaciones.

Las consecuencias de estos cambios estructurales pueden ser negativas en la medida en que los países desarrollados no pueden mantener un modelo de crecimiento basado en el consumo si la masa salarial crece a trancas y barrancas. Y supone un desafío de proporciones históricas.

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