Una característica clave de las organizaciones de comienzos de este siglo es y será la progresiva incorporación de la mujer a tareas directivas y de liderazgo. Su impacto a todos los niveles es un fenómeno todavía en sus albores.

A fines de 1997 McKinsey publicó un impactante estudio: La guerra por el talento. Concluía que, en los próximos años, la principal diferenciación estratégica de las organizaciones residirá en el talento humano y que éste será un recurso cada vez más solicitado y escaso. Los hechos han confirmado de sobra la primera conclusión y, a nuestro juicio, no tanto la segunda.

El talento sigue siendo lo que diferencia a las empresas excelentes de las medianas, y es el recurso más solicitado por las compañías líderes de cada sector. Pero, con todo respeto, no es tan escaso, sino más abundante de lo que pensamos, si lo sabemos buscar e identificar con criterio y sensibilidad en cada momento y en el lugar certero.

En 2001, el estallido de la burbuja tecnológica generó, no sin dolor, un importante potencial de profesionales muy cualificados que, poco a poco, se fueron reubicando eficazmente en las empresas, cubriendo la aparente escasez de talento. Y también desde los comienzos de siglo, pero como un fenómeno social más amplio y profundo, está emergiendo un formidable potencial de talento que se manifiesta en la rápida y creciente incorporación de la mujer a puestos directivos en las organizaciones, a ritmo muy superior al de años anteriores.

'Me acaban de nombrar consejera del grupo. Por si viajaba poco, ahora tendré que volar dos veces más a la central cada mes. Comenté que, si se debía al cupo femenino del consejo podían nombrar a otra, pero el presidente contestó que me necesitaba. No sé qué voy a hacer con mi marido y mis hijos. Mi papel en casa y mi familia son tan importantes como mi trabajo ', nos decía una española, vicepresidenta de Europa en una gran multinacional, seleccionada como directora general de España y con una excelente proyección posterior en el grupo.

Una característica clave de las organizaciones de comienzos de este siglo es y será la progresiva incorporación de la mujer a tareas directivas y de liderazgo. Su impacto en las diferentes instituciones y en los ámbitos político, económico y social es un fenómeno todavía en sus albores.

Para funcionar eficazmente y con éxito, las organizaciones deben tener estructuras flexibles, planas y adaptables a las demandas de un mundo cada vez más globalizado, complejo y cambiante. Las instituciones que sobrevivirán serán menos jerarquizadas, piramidales y burocráticas, y basarán sus relaciones en objetivos comunes y compartidos más que en relaciones de dependencia y de reportar a. Deberán ser capaces de integrarse en alianzas, fusiones y todo tipo de transformaciones y cambios, y entender distintas prácticas de negocio, clientes, culturas y valores.

Para todo ello, las organizaciones necesitan profesionales de calidad, bien formados, hábiles y adaptables a situaciones diversas, que puedan desarrollar simultáneamente varios cometidos y funciones; más preocupados por que las cosas funcionen y salgan adelante que por el título de su tarjeta de visita o su despacho; más interesados en persuadir e influir que en su estatus o poder formal. Personas con sentido común, que valoren intuición y olfato tanto como el análisis y la racionalidad; fuertes y perseverantes, pero también sensibles; orientadas a objetivos y comprometidas con ellos, pero al mismo tiempo afables y con mano izquierda.

Son las mujeres quienes con más frecuencia responden a estas características. También los hombres las poseen, pero tanto en el trabajo como en el hogar han estado condicionados a insistir en la autoridad formal, en la fuerza, racionalidad y poca tolerancia a lo ambiguo. Han respondido a las expectativas de la cultura de la competitividad y del éxito profesional dentro de un corsé etiquetado de masculino.

Ha quedado para la mujer el conseguir que las cosas funcionen con o sin autoridad formal, desarrollar habilidades diplomáticas de mediación, negociación, cooperación y compromiso, así como reconocimiento de necesidades de otros, expresión de emociones, criar y nutrir, dar cariño, etcétera. Paradójicamente, las mujeres se adaptan mejor al caos y a la confusión que genera el cambio continuo, y sus necesidades de control son menores que en los hombres. Es cierto que no todas las mujeres hacen estas cosas bien. Pero los hombres han desarrollado poca experiencia en ellas.

El liderazgo del siglo XXI demandará capacidades comúnmente más asociadas a las mujeres que a los hombres. Como hoy llamamos guerra a tantas cosas que afortunadamente no lo son, la guerra por la escasez de talento no será tanta, a medida que se incorpore y se aproveche en las organizaciones el potencial de talento directivo y liderazgo que la mujer puede aportar, en beneficio de las instituciones y de toda la sociedad.

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