1/3 de las empresas ha sido víctima de delito en los 2 últimos años. Retrato robot de quien delinque: hombre, entre 41 y 50 años y con formación superior. En el 50% de los casos, los autores del delito son empleados de la compañía, y 2/3 son directivos.

¿Quién no conoce a algún directivo que se vanagloria de usar sin reparos la tarjeta de crédito de la empresa para sus gastos particulares? Aprovecha los galones de su cargo para imponerse a un contable que no se atreve a pedirle los justificantes . porque intuye que se juega el puesto. Por supuesto, no se trata de un delito con mayúsculas, pero sí de una irregularidad reprobable, sobre todo por el efecto ejemplarizante que tiene entre la plantilla. Sin menoscabo de la merma que supone para el resultado final y afecta a los accionistas. En el otro lado del espectro están los más sofisticados, los que pensamos que sólo aparecen en las películas y que se aprovechan de sus conocimientos informáticos y de las lagunas de control para beneficio personal. La primera, la de los caraduras, es una especie que, al menos en teoría (por el aumento de controles etc.), debería ir a menos, la segunda, en cambio, va a más.

"El fraude económico se ha convertido en un importante y creciente reto a nivel mundial con el que debe enfrentarse a diario la clase empresarial". Así empieza el Informe sobre el delito económico que PricewaterhouseCoopers publica cada dos años y en el que analiza este aspecto concreto en todo el mundo. "Del total de las empresas encuestadas a nivel mundial, un 45% ha sido víctima de algún tipo de delito económico en los dos últimos años, reduciéndose esta cifra al 32% en España", según la encuesta realizada.

Son muchas empresas las afectadas. Pero en el informe se recuerda que las tendencias actuales en criminología estudian no tanto el porqué uno se decide a delinquir, sino porque hay tantos -la gran mayoría, afortunadamente-que no lo hace. Tentaciones, desde luego no faltan, ni tampoco sentimientos encontrados dentro de la empresa, en una época en que el abanico salarial entre los de abajo y los de arriba se está ensanchando de forma peligrosa, para mantener cohesionada la plantilla. "Si el de arriba con lo que ya cobra, encima usa la tarjeta de forma fraudulenta, ¿cómo no puedo hacer yo algo?". La tentación y la mala uva se juntan de forma explosiva. En realidad, basta con mirar los motivos de los delitos económicos que cita el informe: el mantenimiento de un ritmo de vida superior al que posibilita el sueldo, estar de uñas con la compañía o enfadado por el puesto que le obligan a ocupar. El enfrentamiento personal con la empresa, pues, es un factor de riesgo adicional. No en vano la mitad de defraudadores los tiene la empresa en nómina.

"En realidad, hay actos que antes se hacían con cierta normalidad, pero el nivel de tolerancia ha cambiado muchísimo. Un directivo que tuviera su bonus ligado a las ventas del trimestre, por ejemplo, podía muy bien adelantar la fecha de una factura para tener derecho al mismo. Hoy es más difícil, aunque hay sectores en los que la permisividad sigue siendo alta", explica José E. Rovira, director responsable del departamento de apoyo en litigios e investigaciones de PwC. Señala como aspecto positivo para luchar contra esta lacra, que "la legislación está avanzando en paralelo a la UE. Con la nueva ley concursal si hoy se califica de fraudulenta una actuación, los administradores tienen responsabilidades y los consejeros también las tienen mucho mayores". También comenta que está cambiando el tipo de delito. "Cada vez hay más ciberdelincuencia, es la cara oculta de la informática...".

Por ello, el retrato robot del delincuente en la empresa en España corresponde en un 89% de los casos a hombres con edades comprendidas entre 41 y 50 años y con una formación académica superior. En la mitad de los casos, los autores del delito eran empleados de la compañía defraudada y dos terceras partes ocupaban puestos directivos. Como medida disciplinaria, el 35% de las empresas despidieron a los autores del delito. El informe también destaca que el 76% de las empresas españolas que fueron víctimas contrataron la ayuda de investigadores ajenos, aunque sólo el 45% de ellas informaron a las autoridades competentes... ¿por qué? Probablemente para evitar que la publicidad que se hubiera suscitado dañara su imagen. Está comprobado que el mayor daño se produce cuando en el delito entra la manipulación delictiva de los estados financieros. Este motivo -los daños colaterales-se esgrime también para explicar porqué se despide con más facilidad a los empleados y mandos intermedios que a los directivos que han defraudado.

Uno de los aspectos que sorprenden es la distancia que hay entre la percepción de las empresas y la realidad. Así, mientras los delitos crecen cada año y proliferan los escándalos en los medios de comunicación, sólo el 18% de las empresas encuestadas a nivel global considera probable que su compañía sea víctima de un delito en los próximos 5 años. Aunque, eso sí, este porcentaje aumenta hasta el 33% en aquellas empresas que ya han sido víctimas. ¿Tan seguras están las empresas de su gente?... ¿o de sus controles? probablemente, según el informe, hay un "exceso de confianza en los sistemas de prevención contra el delito económico".

Por lo que respecta a los delitos, en nuestro país manda la falsificación -piratería del producto, espionaje industrial...-que, junto al fraude en general, van muy por delante del resto, seguidos por los abusos provinentes de la información privilegiada y de la apropiación indebida de activos. Curiosamente, en Europa, esta última va en primer lugar, seguida del fraude, la falsificación y la manipulación de estados financieros, que en España existe (o se detecta), en cambio, en muy pocos casos.


¿Cuánto cree que ha perdido con esa clase de delitos?

El perjuicio medio causado a las compañías españolas encuestadas por PwC, que fueron víctimas de algún delito económico, se situó alrededor de los 360.000 euros en los dos últimos años. Asimismo, un 46% de las empresas encuestadas sufrieron "daños colaterales" de difícil cuantificación, aunque no por ello menos importantes, como la pérdida de clientes significativos o la caída de la reputación.

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