Aumenta el número de jóvenes "nito",que ni trabajan ni estudian ni se forman y hasta desisten de buscar empleo. Cerca del 30% de nuevos universitarios japoneses no halló trabajo en el 2004, frente al 7% de hace diez años.

Mina, de 21 años, vive en Kawasaki, una ciudad satélite de Tokio. Terminó sus estudios hace apenas meses y desde entonces se pasa el día en casa ante la pantalla del PC o la televisión esperando que sus amigas terminen sus largas jornadas laborales. Su título universitario no le ha supuesto aún un trabajo y las opciones de lograr un contrato indefinido se reducen con el paso de los días. Como ella, cerca del 30% de nuevos universitarios no halló trabajo en el 2004, frente al 7% de hace diez años. Entre quienes dejan la enseñanza en secundaria el índice es mayor.

Es la última enfermedad que ha contagiado a la sociedad japonesa: el desempleo juvenil. Entre los menores de 24 años la tasa de paro es del 8,7%, frente a una media nacional del 4,3%. Hace quince años, el índice de jóvenes desocupados también era del 4,3%. Son cifras modestas comparadas con otros países desarrollados como España, donde el paro juvenil es del 19,7%. Pero el fenómeno constituye un cambio radical que ha puesto en duda algunas de las bases del sistema.

En las estadísticas Mina figura clasificada como nito, versión japonesa del acrónimo en inglés NEET, acuñado en los noventa por el gobierno laborista británico para referirse a los jóvenes que ni trabajan ni estudian ni se forman.En Japón la cifra de nito oscila de 600.000 a 850.000. De ellos, algo más de la mitad se han apartado del mercado de trabajo y no buscan empleo. Los sociólogos apuntan la falta de vocación, la alta competitividad, la baja autoestima y, también, el conformismo de algunos. El futuro de estos jóvenes no es alentador: el sistema facilita la salida a los que lo deseen, pero no la reentrada.

En los setenta se creó un sólido vínculo entre los centros de formación y la patronal nipona. En un sistema educativo poco vocacional, los empresarios se encargaban de acoger a los recién titulados, darles formación práctica y permitirles especializarse y ascender en la compañía. Durante quince años, el número de ofertas de trabajo para nuevos graduados fue superior a la demanda y alcanzó su pico en 1988 con 2.2 ofertas por persona. La crisis de los noventa rompió la tendencia: las empresas comenzaron a ser más selectivas en sus políticas de contratación y no sólo limitaron los nuevos contratos, sino que empezaron campañas de despidos masivos. Japón importó el término reestructuración de plantilla. En 1995 la ratio de oferta y demanda de puestos de trabajo era de medio punto.

"El mayor problema es una falta de inversión en capital humano", explica el profesor Atsushi Seike, de la universidad de Keio. Para Kosugi Reigo, del Instituto Japonés de Política de Empleo y Formación, los nito se convertirán en un problema generacional, debido a que los empresarios se limitan a reclutar a sus trabajadores entre los recién licenciados y en muy raras ocasiones contratan a personas que no lo son. De aquí que los que perdieron el tren del primer empleo no puedan mirar al futuro con euforia. Esta misma generación, ahora sin trabajo y dependiente de los ingresos de los padres, no sólo no cotizará a la seguridad social, sino que en unos años necesitará ayudas gubernamentales.

Takashi se ha pasado una década encerrado en su habitación. Problemas familiares hicieron que dejara la escuela un tiempo; cuando regresó y obtuvo un título se encontró sin ninguna oferta de trabajo. Ahora, con treinta años, no aspira a un contrato indefinido y su única oportunidad es un trabajo por horas, solución a la que se ven empujados miles de jóvenes. En 1982 eran medio millón los empleados a tiempo parcial, sobre todo mujeres. Ahora son más de dos millones. En Japón se les conoce como freeters,una mezcla del inglés free (libre) y del alemán arbeiter (trabajador). Cuando a finales de los años ochenta comenzó el fenómeno freeter,algunos lo catalogaron como rebelión contra el sistema. Jóvenes que se negaban a ingresar en la rutina empresarial, con largas jornadas, pocas vacaciones y un sistema muy jerarquizado. Lo que antes era una opción ahora es la única alternativa para algunos.

El sueldo medio de un trabajador fijo menor de 34 años es de 3.950.000 yenes anuales (más de 27.000 euros) y el de un empleado a tiempo parcial, 1.020.000 (unos 8.000 euros). El índice de pobreza basado en el diferencial de rentas, según la OCDE, otorga a Japón un valor tres veces superior al de Dinamarca y sólo por debajo de EE. UU. y México. Estos datos prueban la emergencia de una clase baja que afecta a los jóvenes. Tal es la opinión de Atsushi Miura, autor del libro de éxito Karyu Shakai (Clase baja). Hace sólo dos décadas, el 90% de los japoneses se consideraba parte de las clases medias.

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