El Congreso da un paso al frente. A unos 200 metros del hemiciclo, donde hablan las señorías, se escuchan vocecitas, canciones infantiles y algún que otro lloro. Proceden de la guardería recién estrenada en las dependencias de la Cámara.

Pañales y plenos. Cunas y escaños. O de la prédica al trigo. El Congreso, donde un grupo de diputados estudia desde hace meses las dificultades para conciliar el trabajo con la vida personal y familiar, da un paso al frente. A unos 200 metros del hemiciclo, donde hablan -y a veces abuchean- las señorías, se escuchan vocecitas, canciones infantiles y algún que otro lloro. Proceden de la guardería recién estrenada en las dependencias de la Cámara.

Del timbre insistente que llama al pleno a la caja de música con una melodía infantil. El sonido cambia tras recorrer el subterráneo que, bajo la Carrera de San Jerónimo, une las partes más veteranas del Congreso con las dependencias recién estrenadas en la antigua sede del Banco Exterior. Allí, en una planta baja antaño destinada a archivo y vestuario, los dibujos de muñecos adornan cuatro salas. Sillas diminutas, cunas, colchonetas y juguetes. En el patio, tobogán, casita, arenero y suelo de caucho. Una escuela infantil como cualquier otra, pero, a diferencia de la mayoría, situada en el centro de trabajo de los padres y adaptada a sus horarios incluso cuando se prolongan más allá de las ocho o las nueve de la noche.

Los 13 pequeños que acoge ahora esta escuela infantil son hijos de empleados a sueldo del Congreso. Otros que ejercen allí, como los trabajadores contratados por los grupos políticos, los periodistas parlamentarios o los policías que custodian la sede de la soberanía nacional, carecen de derecho a este servicio, lo que ha provocado quejas.

En las próximas semanas se incorporarán otros 12 niños, pero aún queda sitio libre: la guardería dispone de 42 plazas para menores de tres años. Ninguno es hijo de diputado. "La mayoría los tiene crecidos", apuntan la directora, Carolina Meco, y Claudia Caso, una de las responsables de la empresa que ganó en concurso público la gestión de la guardería, Workandlife.

"Casi no me lo creo. ¡Es todo tan fácil!". Gemma ha sido una de las pioneras en utilizar el servicio de la escuela infantil, en marcha desde comienzos de septiembre. Cada mañana, minutos antes de las ocho, esta ujier que pide silenciar su apellido llega al trabajo con su hijo Fernando, de 21 meses. Deja al pequeño en la guardería y va a ponerse el uniforme azul marino. A las tres de la tarde, se viste nuevamente de calle, recoge al niño y pone rumbo a casa, que además le queda cerca. "Si esto hubiera existido el año pasado habría sido el cielo, porque mi hijo mayor también estaba en edad de guardería. Se me iba buena parte del sueldo en pagarla y además tenía que llevarlos en un taxi, porque no tenía plazas por esta zona", detalla la ujier. La diferencia para el bolsillo es grande. Antes Gemma pagaba 400 euros mensuales por una plaza de guardería, una tarifa frecuente en Madrid. Ahora abona menos de la mitad: 150 euros. El Congreso, que decidió crear este servicio por iniciativa de un grupo de diputadas, lo subvenciona. Está adjudicado por 190.000 euros al año, detalla Claudia Caso. "También ofrecemos un servicio de ludoteca, previsto para cuando falla la persona que cuida habitualmente al niño en casa. Cuesta 30 euros diarios", añade.

Aunque el puesto de trabajo y la guardería queden a pocos metros, son mundos separados. Los padres no pueden ir a ver a sus hijos durante su estancia en la escuela infantil, entre otras cosas porque esa conducta sería un obstáculo para ese "aprendizaje desde la rutina" que ofrecen las cinco educadoras, explica la directora del centro. "Lo que sí hacen algunos es asomarse por la ventana para ver a los niños en el patio".

Ainhoa lloriquea en la cuna. Logra que la cojan en brazos para dormir. Tiene cuatro meses y es uno de sus primeros días en la guardería. De las dos bebés, ella es la benjamina. En la sala contigua, los mayorcitos cantan. Se llevan la mano donde manda la letra: "Con los ojos veo todo, con la nariz, atchís, y con la boquita como palomitas de maíz". Al acabar, se aplauden. Dentro de unos meses, según el programa educativo previsto, irán de excursión por las dependencias del Congreso, hemiciclo incluido. "Forma parte del conocimiento del entorno", afirma la directora, Carolina Meco.

Corre el reloj. En un rato, Gemma volverá a vestirse de calle y buscará a Fernando, en una rutina que aún se le antoja rara. El niño se despedirá de los compañeros cuyos padres tienen jornada partida. "Esto es tan natural y tan cómodo que se hace extraño", reflexiona la ujier.

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