Pequeños empresarios y profesionales ven como su estatus social y económico pierde peso en un escenario cada vez más polarizado. El ascensor social se ha parado y esa idea de que los hijos iban a vivir mejor que sus padres ha desaparecido.

Durante las primarias del partido socialista francés, Ségolène Royal se dirigió a afiliados y simpatizantes en términos poco frecuentes. Siguiendo una estrategia similar a la que empleó Blair para llegar a Downing Street, habló insistentemente de confianza y estabilidad, se refirió en el inicio de sus intervenciones públicas a la inquietud de los franceses ante las mutaciones de un mundo que ya no entienden y exhortó a cambiar las cosas para encontrar de nuevo un sentido al trabajo diario.

Royal estaba utilizando un discurso cuya finalidad era conectar con las preocupaciones de las clases medias, el sector de donde debían salir sus votantes, por lo que además de incidir en mensajes de seguridad, como hacen habitualmente sus oponentes conservadores, quiso ofrecer comprensión, tranquilidad y eficacia: quiso mostrarse empática con un estrato social que se percibe en crisis.

Y no faltan bases materiales sobre las que apoyar esa percepción. Según Luis Enrique Alonso, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, las transformaciones en las capas medias "tienen que ver con que el ascensor social se ha parado. Esa idea de que los hijos iban a vivir mejor que sus padres en una ola de crecimiento permanente ha desaparecido. En un entorno en que el riesgo de las transiciones laborales es mucho mayor, mantener el estatus que tuvieron los padres es más costoso y difícil".

Los cambios, no obstante, no están siendo tan visiblemente duros cuanto que existe todavía el apoyo de "los ahorros de la gente de más edad de la clase media, que tuvo o tiene un trabajo estabilizado y que por eso puede ofrecer un colchón familiar que sufraga a los hijos parte de su propia vida". El problema llegará, pues, cuando esos recursos se agoten, ya que "las próximas generaciones no dispondrán de ese colchón y la crisis se hará mucho más evidente".

De esta forma, la estabilidad y la continuidad, características propias de la clase media, ya no parecen definir a la mayoría de sus integrantes. El trabajo de por vida proporcionado por las administraciones decae, las trayectorias profesionales se hacen más inestables y una buena formación ya no es garantía de éxito, a veces ni siquiera de supervivencia. Y tampoco los estratos más elevados pueden sentirse a salvo: incluso el cine contemporáneo se ha hecho eco de las dificultades de los altos ejecutivos para volver al mercado laboral tras perder su empleo.

Esas transformaciones estructurales, como ha señalado Richard Sennett en La corrosión del carácter y en La cultura del nuevo capitalismo han alterado profundamente las imágenes en las que se reflejan nuestros ciudadanos. No es extraño que los sociólogos norteamericanos y europeos hayan fijado su mirada sobre esta clase media que está dejando de ser la médula espinal de la sociedad. O que autores como J. G. Ballard prefieran utilizar para sus creaciones culturales a una nueva población media más descreída, con más frustración y más rabia, ya sin las características que la describieron, como la seguridad, la confianza en sus posibilidades y la moderación

Los cambios operados en la esfera económica han transformado esencialmente el sustrato en el que se asentaban las clases medias. En primer lugar, porque la pérdida de poder adquisitivo de los funcionarios y técnicos de nivel medio ha ido a la par de la externalización de servicios. De este modo, el trabajo ofertado por las administraciones disminuía sensiblemente y la remuneración del asalariado quedaba estancada. El informe hecho público esta semana por la empresa Adecco señala que en el tercer trimestre del 2006 hemos vivido el octavo descenso interanual consecutivo del salario medio real, que se sitúa ahora en 1.533 euros brutos. En los últimos nueve años, subraya el informe, los españoles no han disfrutado de una mejora en el poder de compra de sus remuneraciones. Tenemos el mismo sueldo real (descontando el incremento del IPC) que en 1997. En segundo lugar, las salidas usuales de los miembros de estas clases, las profesiones liberales y la pequeña empresa, tampoco están atravesando su mejor momento.

El empleo por cuenta propia era percibido, en las últimas décadas, como un paso adelante en la trayectoria profesional, en tanto poseía las características que la clase media más valoraba, la independencia y la autoafirmación. Sin embargo, hoy es visto más como una forma de encontrar una solución individual que como producto de una elección libre: ser autónomo tiene más que ver con un intento de forzar un mercado con escasas posibilidades, con una forma de sustituir la ausencia de un trabajo fijo por cuenta ajena, que con que una manera de avanzar profesionalmente.

Según Lorenzo Amor, presidente de la Federación Estatal de Trabajadores Autónomos (ATA), la situación ha cambiado sustancialmente en las dos últimas décadas. "El autónomo era entonces una persona bien situada, dedicada fundamentalmente al comercio, con un nivel de renta adecuado y cuya única preocupación era la jubilación", mientras que ahora muestra un perfil mucho más precarizado, "producto de las externalizaciones y de las nuevas formas de trabajo, que han convertido en relaciones mercantiles lo que antes era el trabajo por cuenta ajena".

Autónomos por necesidad El número de autónomos se ha duplicado en los últimos 20 años, y muchas de las nuevas altas proceden de la inmigración y de las subcontratas. También ha aumentado el número de falsos autónomos y el de autónomos dependientes (dedicados al transporte, seguros, periodismo, construcción, veterinaria, medicina y servicios profesionales), que ha pasado, según ATA, del 8,05% en el 2000 a un 13,4% en el 2005.

El proyecto de ley del autónomo, que el Consejo de Ministros del pasado 24 de noviembre acordó remitir a las Cortes, surge como un instrumento normativo, tardío, pero necesario, cuyo objetivo será otorgar algo de seguridad jurídica a un colectivo de 2.800.000 personas que, según Amor, "arriesgan su patrimonio y el de su familia y que, sin embargo, están desprotegidos; son ciudadanos de segunda. La ley ha de traer mayor protección social al colectivo, lo que permitirá que en poco tiempo aflore la economía sumergida y se genere empleo. No en vano, en los próximos cinco años aumentará en un millón el número de autónomos".

Tampoco el pequeño y mediano comercio, otro puntal básico de la clase media, parece estar mejor de salud con la llegada de las grandes superficies, la ampliación del área de influencia de las grandes empresas o la aparición de entidades de servicios de grandes dimensiones. No obstante, para Julio Carabaña, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, esta crisis sería relativa: "Hay pequeños negocios que han sufrido notablemente, mientras que otros, como la hostelería o como los relacionados con nuevas tecnologías, están funcionando bastante bien. No podemos decir que exista una desaparición del pequeño empresario, sino de que se trata de un sector muy móvil que está en fase de renovación".

En el mismo sentido apunta Ramon d´Alós-Moner, miembro del Grup d´Estudis Sociològics sobre la Vida Quotidiana i el Treball de la Universitat Autònoma de Barcelona. Si bien numerosos estudios estadounidenses señalan que "las políticas neoliberales han reducido de manera importante las clases medias durante los últimos 20 años, también es cierto que los cambios en la estructura productiva y empresarial en nuestro país son fruto de tendencias contrapuestas, en las que unas parecen contrarrestar a otras".

Es por eso que, según Julio Carabaña, el lugar donde la crisis se deja notar no es en el sector empresarial, sino en el trabajo que es producto de una titulación universitaria.

"Quienes obtuvieron una titulación superior en los 70 encontraron trabajo estable con cierta facilidad. Ahora hay muchas más dificultades: la demanda ha crecido, pero a un ritmo mucho más lento que el de los titulados, de manera que la inserción en el mercado laboral es más dura y la continuación mucho más lenta. Yno sabemos cómo será en el futuro".

Mayores diferencias salariales Además, el entorno laboral parece haberse dualizado. Según D´Alós-Modner, "se está acentuando la separación entre los trabajadores que reciben más atención y que consiguen salarios más elevados y aquellos que se sitúan en un puesto de trabajo mucho más inseguro". Así, señala Carabaña, "mientras que los salarios de los grandes directores siguen subiendo, contratar, formar y despedir a los cuadros intermedios es cada vez más sencillo". En consecuencia, conviven en la misma empresa trabajadores menos cualificados o de menor nivel con contratos precarios, cuadros medios altamente sobrecargados de funciones y ejecutivos de los estratos superiores con retribuciones crecientes. En ese entorno, "el talento tendrá validez para conseguir mayores ingresos en situaciones similares a las de los cantantes y actores: sólo los mejores pueden pedir más".

A pesar de todo, en opinión de Julio Carabaña, la clase media estaría todavía protegida frente a los cambios en la demanda del mercado de trabajo a través de su capacidad para conseguir una mejor formación, aunque, eso sí, sin esperar ya salarios elevados. De una parte, porque, "como cada vez hay más gente que tiene acceso a los estudios superiores, aumentan las profesiones (pedagogía, ciencias sociales...) en las que capacidad de ganar dinero es cada vez más limitada". Además, porque no habrá diferencias en cuanto a retribución con las profesiones manuales. "La gran mayoría de los trabajadores intelectuales, que además está ahí por vocación, no ganará más que los trabajadores manuales. Y es lógico, porque lo que no se puede pretender es que se igualen las oportunidades y se mantengan las diferencias".

Sin embargo, puede estar aconteciendo la situación inversa, equiparándose entre clases no las oportunidades, sino los riesgos. Los cambios en la estructura social española cada vez nos acercan más a situaciones europeas, donde se fragilizan sin contraprestación las redes de seguridad construidas por la sociabilidad del sur de Europa. Manuel Muñoz, profesor de psicología de la Universidad Complutense de Madrid, asegura que nuestra sociedad, "mediterránea, católica, que ha tenido una tradición muy familiar, está perdiendo esa condición y virando hacia una red muy poco tupida. De la familia extensa hemos pasado a familias de padres e hijo y en muchos casos de madre e hijo. Y así, los factores de vulnerabilidad aumentan, ya que si falla esa familia mínima, no hay una trama social que permita sostener al desprotegido. Estamos avanzando hacia otro tipo de estructura, como la francesa, donde un elevado número de sus ciudadanos viven solos".

El fantasma de la exclusión Además, los riesgos de quedar fuera aumentan en la medida en que España carece de los servicios sociales con que pueden contar los países con un Estado del bienestar desarrollado. "El 80% de los enfermos mentales vive aquí con sus familiares, mientras que en el norte de Europa el porcentaje es justo el inverso. Aquí, en lugar de pagar servicios sociales, estamos pagando a las madres, pero ya veremos lo que pasa cuando las madres no estén. Y eso que comparativamente no estamos mal, si nos fijamos en Grecia o Portugal", concluye Muñoz.

En sus estudios sobre las causas que llevaban a la exclusión a los sin hogar se detectaba que el lugar social de procedencia no era decisivo: había situaciones, como la pérdida de los padres, las rupturas sentimentales, la enfermedad mental o el abuso de alcohol o drogas que podían conducir a vivir en la calle a cualquiera de cualquier clase social. "Mucha gente piensa que los sin techo son de un estrato social muy pobre, y no es así; también proceden de las clases medias, incluso de las altas. Estamos ante un proceso de exclusión en el que los factores de riesgo no quedan cubiertos por un nivel socioeconómico. Por esa misma razón, la situación de los sin hogar puede ser un buen indicador de una situación social más amplia".

Estas transformaciones tienen su correspondencia en los discursos políticos. Las clases medias en crisis, precarizadas, de autónomos y microempresarios, suelen ser territorios que han aprovechado Le Pen y Sarkozy en Francia o Bush en Estados Unidos. Como ha señalado Thomas Frank en What´s the matter with Kansas,las capas medias bajas, que poseían mayores inclinaciones hacia los partidos de izquierda moderada, son ahora espacios marcados por la ideología conservadora o populista.

Luis Enrique Alonso ve en el caso francés un buen ejemplo de la recomposición política de estas capas en declive. "Como pudimos ver en los movimientos contra el CPE (contrato de primer empleo), estaba muy presente el miedo a quedar excluidos de los jóvenes de clase media. Y mientras que el discurso que reciben por parte de los partidos mayoritarios es el de ´vas a estar sometido al riesgo toda tu viPromesas frustradas En realidad, estas nuevas reacciones políticas tienen que ver con la ausencia de sentido que trae el incumplimiento de las promesas. Mientras existía una oferta de integración para los menos favorecidos y de continuidad para los incluidos,cuya contrapartida eran el esfuerzo y la formación, los mensajes políticos podían dirigirse a segmentos muy claros. Ahora, cuando se cree mucho más en las redes de influencia y en los contactos personales que en la dedicación y en el sacrificio, toda esa suerte de sentimientos contradictorios y difusos, fruto de familias que con dos ingresos ganan menos que las de un solo ingreso en los años 60, deben ser reconducido a parámetros comprensibles.

Lo que hizo Ségolène Royal fue asegurar que el talento sería recompensado, compatibilizando esa política con la mano dura necesaria para reorientar a quien va por el camino erróneo. Puso juntos el esfuerzo y la autoridad, un mensaje que nada tenía que ver con lo usual en los socialdemócratas, mucho más bregados en cuestiones materiales, y el discurso le funcionó. da´, Le Pen les ofrece una salvaguarda a través de la identidad nacional diciéndoles: ´Francia siempre ha tenido empleo para sus jóvenes´". Y es que, en esos contextos frágiles, "funciona muy bien el recurso al miedo, lo que favorece a los partidos de la derecha, ya sea populista o conservadora".


Con oficio y sin beneficio

Las manifestaciones que han promovido en estas semanas los abogados de oficio de Madrid contra su propio colegio profesional y contra la Consejería de Justicia de la Comunidad han sido altamente inusuales. Desde luego, porque iniciativas de ese orden, propias del viejo sindicalismo, no resultan frecuentes en el desestructurado entorno de las profesiones liberales. Mientras que en el pasado la fábrica o la oficina terminaban por construir relaciones de amistad u odio con aquellos con quienes se compartía el espacio cotidiano, en estos sectores los lugares de coincidencia son escasos y están hechos de una sociabilidad fría, ya que los profesionales muestran enorme desconfianza ante todo aquello que tienda a sustituir su individualidad por la voluntad del grupo.

Las concentraciones sirvieron también para resaltar algunas paradojas, ya que el abogado está habituado a mostrarse combativo a la hora de defender los derechos ajenos, pero se muestra mucho más desorientado cuando debe luchar por los propios. Y, en buena medida, esa timidez a la hora de hacer frente colectivamente a las nuevas condiciones laborales define los profesionales liberales.

En algunos sectores podría ofrecerse una explicación histórica. Según Francisco Sierra, Decano de la Facultad de Comunicación de la Universdad de Sevilla, que los periodistas sean el grupo profesional más atomizado es comprensible si se tiene en cuenta que "el oficio informativo en nuestro país ha estado muy controlado, de un lado por la dictadura y de otro por grandes grupos de poder". Pero el factor decisivo para la desagregación tiene que ver con "la imagen que de sí tiene el periodista, que le hace ser muy individualista".

El problema es que hoy esa imagen que otorgaba identidad y prestigio social está sometida a demasiados vaivenes. Para Maurilio de Miguel, periodista y escritor, autor de El enigma de Picasso,"en este oficio, un día eres imprescindible y al otro la gente no te conoce. Y la autoestima se resiente mucho". Y más aún cuando la estabilidad desaparece. "La precariedad está creando dramas personales de todo tipo. Hay gente de más de 40 años que se está buscando la vida como puede, porque entró a trabajar como becario y nunca ha alcanzado una seguridad profesional. Otros han montado un bar o una agencia de comunicación, pero todos estamos trazando estrategias de supervivencia".

La guionista y directora Ángeles González-Sinde, candidata a la Presidencia de la Academia de Cine, incide en el carácter aleatorio del éxito profesional. "En todo trabajo artístico y en todo trabajo autónomo hay inestabilidad. Puedes tener épocas estupendas en que eres el guionista de moda y de pronto encontrarte con que el año siguiente no tienes ni para pagar el cole de los niños".

Y es que las últimas generaciones, que se incorporaron al trabajo en época de precariedad y que no han abandonado ese estatus, están acostumbradas ya a transitar por las crisis de identidad. Según Pablo Sánchez León, trabajador en otra fábrica de precariedad - es profesor de ciencias políticas en la Complutense de Madrid-, "cuando estás en esta situación, los golpes que te dan, que son muchos, te obligan a redefinirte a través de sucesivas crisis de identidad. Y lo peor es que es imposible anticipar la siguiente. Porque ya veremos lo que pasa con la generación que tiene ahora 40 años y que no ha podido conseguir una mínima cobertura, cuando tengan que hacer frente a mayores gastos o lleguen las enfermedades".

Aunque estas crisis también pueden ser positivas. En gran medida, estas generaciones tienden a percibir la inestabilidad como el precio a pagar por hacer lo que han elegido. Así lo señala Pablo Sánchez, y lo ratifica Maurilio de Miguel, un cuarentañero que dice vivir como cuando tenía 20 años porque "prefiero ser independiente en mi trabajo, aunque eso me lleve a ganar menos".

Yes que, mucho más allá de las reivindicaciones materiales, los profesionales liberales privilegian la demanda de condiciones que les permitan realizar un mejor trabajo, principalmente la autonomía. Quizá porque su forma de combatir esas crisis de identidad es concediéndose una, la del resistente.

Luis Felipe García-Mauriño, abogado, vicepresidente de Altodo, asociación madrileña de abogados de oficio, se niega a que el turno de oficio actual sea sustituido por un cuerpo de funcionarios o mediante la provisión por concurso público. Desde luego, "por las repercusiones negativas que tendría para la profesión, pero también porque supondría el fin de la independencia de los abogados". En términos similares se pronuncia Vanesa González, letrada de Barcelona: "Un abogado sin independencia no puede ejercitar la defensa. Y creo que a quienes integramos los pequeños despachos nos costará más buscarnos la vida, porque somos la parte débil de la profesión, pero representamos también la independencia del profesional. Por eso somos un incordio para los grandes gabinetes jurídicos: somos los abogados que tocamos las narices".

Muchos profesionales podrían compartir esa definición: son quienes tratan de labrarse un camino autónomo, de afirmarse a sí mismos no sometiéndose a otras reglas que las propias de la profesión. Y son esas opciones las que, en la actualidad, están absolutamente limitadas. Según Marisa Montejano, trabajadora social en la treintena, "aunque este tipo de carreras sean muy vocacionales, mucha gente ha tenido que desistir. Cuando alguien lleva muchos años buscando una salida en la profesión para la que te preparaste y te haces mayor y quieres formar una familia no tienes muchas opciones. Es realmente complicado sobrevivir en mi sector si no se trabaja, de un modo u otro, para las administraciones".

Pero lo peculiar es que esta dependencia de lo institucional conduce, como en las imágenes habituales de los trabajadores manuales de décadas anteriores, al pluriempleo. La psicóloga clínica M. A., con más de dos décadas de experiencia, asegura que "en mi sector raro es el profesional que tiene un solo empleo: todo el mundo, salvo limitadas excepciones, está en varias cosas, consulta privada, consultorías, clases en la universidad... Nuestras agendas están siempre saturadas, lo que crea mucho estrés. Y eso no ocurriría si se ganase lo suficiente con un solo trabajo".

Aunque los cambios también han producido oportunidades. Como asegura el consultor en servicios sociales Fernando Fontova, "en mercados menos maduros, donde no hay una implantación de grandes empresas, la demanda de agentes externos y las nuevas tecnologías han facilitado el funcionamiento de gente independiente. Lo que trae nuevos elementos positivos, ya que permite tener mayor visibilidad, reconocimiento y libertad".

En todo caso, no se puede ignorar la insatisfacción entre los profesionales liberales, producto de las menores oportunidades, pero también de condiciones laborales que no garantizan un trabajo de calidad y de contextos sociales que no permiten atribuirse una identidad satisfactoria. Como señala Pablo Sánchez León, el problema reside en que "debemos dejar de llamar mala suerte a lo que nos ocurre y llamarlo necesidad. Deberíamos comenzar a verlo como algo político".

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