Francesc Reguant, professor de la Universitat Pompeu Fabra: "El desarrollo del e-business desfiguran totalmente el concepto físico de oficina, donde la reunión virtual alcanzará pronto el nivel de lo cotidiano y el teletrabajo irá ganando terreno."

La deslocalización industrial se percibe como la válvula traidora por la que desagua nuestro bienestar. Las mejores conquistas sociales pueden convertirse en humo si no podemos asegurar la base laboral que las ha alcanzado, un peligro que aparentemente nos viene de fuera a partir de unas reglas del juego que no estamos en condiciones de modificar. Este poderoso usurpador, al que hemos denominado globalización, ha ido abriendo puertas donde antes había barreras. Sin embargo, mientras observamos fábricas que cierran, apenas damos importancia a un actor silencioso pero mucho más efectivo, el que procede del espectacular desarrollo de la tecnologías de la información y la comunicación (TIC); se trata de la deslocalización digital.

Las autopistas de la información son en buena parte una realidad. Hemos aprendido a estandarizar e integrar nuestras herramientas electrónicas y tenemos las tecnologías precisas para poner en relación telemática a todo el mundo con todo el mundo. El lenguaje digital, este lenguaje universal que ha logrado que hable el mismo idioma una cinta de vídeo, una máquina de escribir y el robot de una fábrica, está permitiendo que esta revolución espectacular sea posible. Efectivamente, los desarrollos del e-business desfiguran totalmente el concepto físico de oficina, con operadores distribuidos por todo el mundo, donde la reunión virtual alcanzará pronto el nivel de lo cotidiano y el teletrabajo irá ganando terreno. Hoy podemos contratar las vacaciones a un operador alemán, obtener asesoramiento fiscal de un consultor chileno, un médico norteamericano puede revisar con la misma garantía los resultados de un escáner y así un largo etcétera. La firma electrónica, a su vez, es la clave para la desubicación de la documentación administrativa, contable y comercial en una sociedad en la que el papel se irá haciendo más prescindible. Abusando del lenguaje podríamos decir que hemos llegado al futuro, estamos en el siglo XXI con una realidad que hasta ahora sólo habíamos imaginado como ficción, como fantasía.

La revolución digital ha abierto muchas puertas y ha encogido el mundo hasta ponerlo a la distancia de un clic de nuestro ordenador personal, pero a veces se pasa por alto que las puertas sirven para salir pero también para entrar, en este caso en forma de nuevas oportunidades. Hacer frente a la deslocalización digital implica poner el acento en la investigación y desarrollo tecnológico, en el fomento de empresas innovadoras de alto valor añadido, en potenciar la formación y capacitación adecuadas de nuestros técnicos, en avanzar posiciones en la mejora de la productividad y la eficiencia en la divulgación del uso de las TIC.

Ahora bien, la deslocalización digital tiene aspectos singulares que pueden desfigurar las conclusiones de un análisis clásico de este fenómeno. La ubicación física de los recursos humanos deja de ser un factor limitativo para la integración en red de múltiples funciones empresariales y servicios. Es decir, del mismo modo que ganamos grados de libertad para seleccionar al personal en cualquier punto del entorno global, la persona obtiene esta misma libertad para escoger su residencia. Dicho de otro modo, aun siendo el factor de productividad y capacidad tecnológica muy importante, gana posiciones evidentes el factor de atractivo residencial como nueva variable a incorporar a los modelos de análisis regional. Si en un enfoque clásico de deslocalización trasladamos activos materiales e infraestructuras empresariales, en esta nueva versión debemos considerar las posibles migraciones de capital humano altamente cualificado hacia entornos geográficos valorados desde el punto de vista de calidad de vida.

"La Tierra es plana", afirma Tomas Friedman al referirse a la globalización. Extrapolando la metáfora podríamos decir que el clima, el paisaje, el patrimonio artístico, la vitalidad social, los servicios asistenciales, las infraestructuras culturales son montañas sobre el llano de la globalización. Recientemente EL PAÍS publicaba que Cataluña es la quinta región de la Unión Europea donde las empresas de media y alta tecnología emplean a más trabajadores. Es muy posible que parte de esta realidad se deba al descubrimiento de Cataluña como país montañoso en el sentido de que lo acabamos de expresar, frente a la realidad plana de la globalización. En otras palabras, alguien está descubriendo que en Cataluña se vive bien.

Este mismo proceso tiene una dimensión local. La libertad residencial que ofrecen las nuevas tecnologías está iniciando un proceso de diseminación urbana que puede verse acelerado a partir de los próximos años. La ciudad como concentración necesaria pierde peso en pro de los valores residenciales fuera de ella. Ello nos acerca a una nueva realidad donde lo urbano y lo rural se solapan, aunque quizá en muchos casos sobre dos planos distintos no suficientemente articulados. Los cambios que se están produciendo exigen repensar las bases teóricas sobre las que estamos planificando nuestro desarrollo territorial. Se trata de imaginar otras maneras de organizar la localización residencial y con ella los servicios correspondientes.

En otro sentido, si la tierra es plana y eso significa uniformidad fruto de la máxima integración, es evidente que nos enfrentamos a nuevas fragilidades que sitúan en primera línea la necesidad de decidir acerca de costes hipotéticos en pérdida de identidad. El mestizaje global acelerado puede ser fuente de nuevos colores, pero también puede disolverlos todos en un gris a su vez global. Quizá, las montañas de las que hablábamos puedan establecer las barreras culturales precisas para que los beneficios de la globalización puedan obtenerse sin retroceder en aspectos esenciales que nos enriquecen y nos diferencian.

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