Francesc Adam, fundador de Cosmética Cosbar, con sede y fábrica en El Prat, es un ejemplo de emprendedor y diversificación del negocio para adaptarse a las demandas de un mercado en el que las marcas extranjeras han ganado mucho terreno.

En septiembre pasado, un tornado dio un revolcón al Baix Llobregat. Dejó secuelas. Coches con las ruedas saludando al cielo. Tejados fuera de sitio. Y esa mirada alucinada de unos vecinos novatos en la calamidad natural en cuestión. No se libró del desastre material el moderno centro logístico en Sant Boi de Cosmética Cosbar, que atiende a 18.000 peluquerías y cabinas de belleza de toda España. Sus 10.000 metros cuadrados y cuatro plantas sirven tintes para el cabello, tratamientos capilares, faciales y corporales y muchos otros productos profesionales. Las marcas comerciales son Montibel.lo (peluquería) y Montibello (belleza).

"Igual suena rancio, pero todos los trabajadores de la fábrica se ofrecieron y trabajaron día y noche --llovía y todos iban con su chubasquero-- para que el almacén siguiese funcionando. Conozco a cada uno de los 300 empleados y creo que hay un orgullo de formar parte de la empresa", dice el fundador y gerente, Francesc Adam. Habla desde el corazón, a riesgo de ser considerado paternalista. O de gatillo fácil para esos tópicos que, con tanta soltura y apatía, manejan los jefes de recursos humanos: "Lo importante son las personas" y otras socorridas frases selladas con ese cuño.

Sin embargo, esa honra que percibe el jefe tampoco debe ser tan difícil de entender: Cosmética Cosbar, con sede y fábrica en El Prat, es el primer grupo de capital autóctono de productos para salones de peluquería y de belleza. "Nuestra cuota en el mercado doméstico ronda el 8%-10%. Y en tintes, controlamos el 12%". El año pasado facturaron más de 30 millones de euros, una cantidad muy notable si se tiene en cuenta los fortísimos dispendios publicitarios de las multinacionales.

"Cuando monté la empresa, en 1967, te podías permitir el lujo de crear un negocio con una inversión modesta. Las multinacionales aún no estaban afincadas en el país", recuerda Adam de sus inicios, cuando un químico con mucha vocación, infundida en los años escolares en los jesuitas, descubrió que tenía más de emprendedor que de científico. "Hace 15 años que no me pongo la bata, pero sigo siendo el director técnico. En nuestro oficio hay tanto de ciencia como de arte. Todos disponemos de los mismos ingredientes; de lo que se trata es de saber encontrar el gusto".

Su espíritu aventurero --el próximo proyecto, para Navidad, es recorrer Mauritania, Bali y Burkina Faso a bordo de su jeep-- le inspira metáforas, con las que suele adornar su discurso. Así, argumenta la buena penetración de su empresa en un mercado en que las marcas extranjeras cortan mucho bacalao. "Si te propones responsablemente subir el Everest, lo subes. Te preguntas qué es lo que hace falta para el ascenso. Y te pones a ello. Y si quieres atravesar el Atlántico en vela, ¿qué haces? Pues pertrechas bien el barco. Por eso siempre he pensado más en la empresa --es un bien superior, no la puedes exprimir, debe ser extremadamente solvente-- que en el negocio, en el futuro que en el presente".

Adam puso la primera piedra de su grupo de tintes y cosméticos el día en que decidió compatibilizar las aulas, sus estudios de peritaje químico, con las horas robadas al sueño en un taller industrial que alquilaba con un colega --con quien se turnaba-- de seis de la tarde a seis de la mañana. Eran las horas en las que el arrendatario estaba descansando. "Nos llegaba aceite de almendra en malas condiciones, que nos encargábamos de refinar para venderlo a un distribuidor, que a su vez lo comercializaba en el extranjero para usos farmacéuticos".

Tres millones de pesetas

Trabajó como asalariado en un laboratorio --"supe que aquello no era lo mío"-- y se formó en la Escola d 'Oleicultura. "Allí me llegó la voz de que un fabricante de secadores de pelo de Badalona quería lanzar productos consumibles, como champús y lacas. Emprendí esa diversificación pero, al cabo de cinco años, la compañía acabó cerrando. Había personal desamparado y yo tenía claro que quería montar mi propia empresa. Varios familiares confiaron en mí y conseguí reunir tres millones de pesetas".

Una curiosa estadística contribuye a la exégesis del fenómeno Montibel.lo: "En España hay más de 50.000 peluquerías; solo los bares tienen más presencia". Adam pegó primero, y por eso pegó dos veces, en un mercado tradicionalmente vigoroso. Siempre han habido muchas peluquerías y cada vez se gasta más. "Hoy en la UE solo consumen más peluquería y belleza per cápita los franceses", dice este emprendedor, que es a la vez el presidente de Stanpa (Asociación Española de Perfumería, Cosmética y Afines). Según Adam, son quienes tienen más comerciales en la calle en plantilla: 120 para peluquería y 60 para centros de belleza. "Cada año --dice--, hacemos de 150 a 200 actos de formación para peluqueras por toda la geografía".

Acceso a Montibel·lo: http://www.montibello.com

Articles relacionats / Artículos relacionados

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.